A quemarropa: el amor incondicional a los hijos y estos 22 años sin pensar en mí
Encaminado el asunto del amor, no hay nada en la existencia que merezca ser tomado particularmente en serio, nada merece veneración o sacrificio.
La paternidad, para el autor, es la única experiencia de la incondicionalidad del amor. Imagen IA Midjourney
ArchivoSucedió de un día para otro. El tiempo me pasó por encima y hace 22 años que no pienso en mí. Bueno, sí, pienso en mí, no me jodan con chicanas obvias. Además, esto no es un diálogo, sino un monólogo. Cállense. Si no tienen nada interesante para decir, el silencio es la mejor respuesta.
Hace 22 años que no pienso en mí. Dejé de pensar en mí el día que supe que iba a ser padre de Eliseo, tal el nombre que, desde siempre, tenía guardado para mi primer hijo. De un momento a otro, todo cambió: yo era Luca Prodan y me convertí en Banana Pueyrredón. Mi vida salvaje quedó atrás con la velocidad de un cachetazo de Flash, ya saben, ese tarado vestido de rojo cuyo encanto reside en la carencia de procesos, escalas, caricias y matices.
Lo primero fue decidir renunciar a las experiencias peligrosas e inútiles como volar en aviones acrobáticos, aceptar peleas callejeras o en discotecas o canchas de fútbol, remontar paredes de montaña, nadar lejos de la costa, consumir drogas y retacear el alcohol y, en lo posible, la estupidez intrínseca del ser humano. Lo segundo fue incrementar mis corridas solitarias, cada vez más extensas, por el campo, entre jarillas y chañares. Lo tercero, construir la promesa de que, ahora sí, ante la inminencia de inicio de la única experiencia del amor incondicional, la de tener hijos, debía vivir muchos años, todos los que fuera posible para estar a disposición de las crianzas, aunque ellas no recurrieran a mí.
Así, pues, ya no volví a trasuntar del mismo modo la angustia existencial y la rebeldía anticapitalista, que tornaron en ajedrez de la subsistencia, sujeción al sistema y adquisición de electrodomésticos. El microondas, la tarjeta de crédito y la televisión satelital reemplazaron en esos días a las percepciones sensoriales provocadas, los delitos menores y las novelas rusas.
Desde entonces, cada pensamiento que he tenido ha sido interpelado por el hecho de que no hay una, sino dos personas, pues hace once años nació mi niña Galilea, que son más importantes para mi latido que mi propio corazón abstruso y mis supervivenciales veleidades metabólicas.
Desde que tengo hijos, nunca más volví a dormir tranquilo, nunca volví a apagar el teléfono, nunca volví a servirme la mejor tajada, nunca volví a andar en moto ni a pensar en un viaje en solitario, que no fuera, a lo sumo, ir a subir el Aconcagua algún enero. Por cierto, condicionado ferozmente por la paternidad viví mi mayor orgullo montañero: en una expedición casi solitaria en ese cerro, sintiéndome fuerte, involucrado y poderoso, a una hora de la cumbre y bajo temporal, renuncié a la cima, porque podía ser peligroso el descenso con pesto helado y tenía crianza que me esperaba. Sentí miedo. Sin hijos, hubiera seguido adelante para sentir ese límite entre lo vivo y su amenaza; con hijos, di media vuelta, bajé hasta la carpa, derretí nieve y preparé un té caliente y una sopa instantánea. Tengo en claro que no soy bueno fijándome límites, pero esa vez lo hice y me gustó hacerlo, porque había aceptado el más grande: ser padre, rechazar la inmortalidad y aceptar el coqueteo con la indefensión que acarrea poseer descendencia. De las veces que fui a ese cerro, esa es la que más recuerdo y la que más me inspira.
Insisto: no soy bueno fijándome límites y entonces no hay manera de que separe el hombre solitario con sus anhelos y contiendas, del padre dedicado en que, con mis vastos errores e intensidades, me he convertido. Habrá quienes piensen y se reafirmen en los tonos intermedios de darse tiempo para unas y otras cosas. No es mi caso. Está claro que no renuncio a vivir mi vida, ser feliz a distancia de ellos y llevarme bárbaro con mi soledad y hasta a imaginar que habrá días futuros compartidos con una alguien que sepa de plantas de interior, lemon pies, armonías cromáticas y vuelos a baja altura, sin embargo, los hijos seguirán siendo los propietarios de la incondicionalidad.
Por ellos, acepto mi normalidad uniformada, compro bifes, huevos, bananas y tomates, limpio la casa con esmeros y detergentes, cuido a los gatos atorrantes, incorporo recetas, restauro muebles, pago los impuestos, doy de beber al mundo vegetal, mantengo la pileta, corto el pasto y enciendo inciensos kamikazes. Lo hago también por mí, pero lo hago por ellos. Soy el amo de la casa.
No obstante, tengo también presente que los hijos un día se van y que es maravilloso que suceda. Cuando así sea, los acompañaré descalzo hasta la puerta, volveré a la página del libro que esté leyendo y quedaré disponible si me solicitan. Si así ocurriera, me pondré mi traje rojo y llegaré en segundos hasta el fin del mundo y me plantaré por ellos ante los monstruos con los puños apretados, aunque mi fortaleza sea fingida, amparado en el poder de la teatralidad y bajo el convencimiento de que apelar al ridículo es una estrategia de batalla y, en el fondo, un acto de fidelidad ante la vida, que sabe de sobra ser ridícula. No estaré allí para salvarlos de todos los males del mundo, sino para hacerles compañía con mi patética apariencia de superhéroe jubilado.
La gente no necesita ser salvada, sino abrazada. Y yo ya sé que no vine a este mundo para ser admirado corriendo calle abajo envuelto en llamas hasta morir de sobredosis, sino para buscar utilidad en la belleza, modos de supervivencia social, construir fidelidad, pagar al contado y apoyar a los míos en sus batallas.
Así es, mírenme: me corrí a un costado, me puse un absurdo delantal y preparo la cena para mis hijos, mis únicos héroes en el río embravecido de los días, mientras desafino canciones hermosas, tomo vino blanco, hago coreos con espasmos y suelto chistes pésimos que nadie festeja. Sé por qué lo hago: encaminado el asunto del amor, no hay nada en la existencia que merezca ser tomado particularmente en serio, nada merece nuestra veneración o nuestro sacrificio y el sórdido respeto es un disfraz del temor a la novedad y sus campanas.
Por eso, si renunciaste a ser el héroe, intentá ser buen cocinero, cortate las uñas, moderá grasas y azúcares, poné la alarma a las seis y desafiná baladas de amor. Yo era Luca Prodan y ahora soy Banana Pueyrredón. Hace 22 años que no pienso en mí y ya no creo que vuelva a hacerlo.