A quemarropa: tu miedo a la soledad y la dictadura de las pantallas
Hace un tiempo que estoy solo. Todos estamos solos, pero nadie anda solo. El mérito de la soledad es la última utopía y la compañía se disfraza de castigo.
La soledad se padece, pero no se vive, considera Ulises Naranjo, autor de la columna. Imagen IA Midjourney
Hace un tiempo que estoy en soledad, nada del otro mundo. Se debe a situaciones que no vienen al caso y que no escapan a las peripecias existenciales que todos atravesamos en algún momento: se te muere gente amada, te separás de tu pareja, trabajás aislado, te vas a vivir a otro sitio, desconocés a tu familia, te traicionan o traicionás a tus amigos, te ahoga la estúpida rutina de los días, te hartás de la hipocresía social o todo eso junto y de un saque.
Estar solo en la época de la hiperconexión equivale no tener deudas con nadie, pero también no tener socios con quienes desperdiciar este tiempo prestado, porque todos los idiotas, todos, están mirando sus pantallas y más que vivir aventuras, ahora prefieren ver farsas de aventuras digitalizadas. En estos días, la superficie de Marte está siendo más acariciada que la piel de millones personas que se perfuman a diario para nadie, cual Penélope, la de Itaca y la de Serrat, que son la misma fulana, por cierto.
Te puede interesar
Chaparrones aislados complican el tiempo en el AMBA: cómo estará este jueves
Ahora, la soledad es un bien de cambio virtual, un tema de conversación en chats, un aburrido lugar común de los estribillos de las canciones y también una dictamen que padecen los escasos espíritus angélicos. La soledad se padece, pero no se vive. Nunca se habló tanto de la soledad y nunca hemos estado tan cerca uno de los otros, hacinados hasta lo obsceno, pero recluidos y atormentados. Dado que han dejado de tener sentido cuestiones como los procesos, la valentía y la nobleza y de que somos demasiados, desde los últimos siglos, la soledad se debe ejercer junto otros seres, tanto o más estúpidos que nosotros: irremediables familiares, insanos compañeros de trabajo, amigos pasmados que ya nada tienen que ver con nosotros, hijos a quienes francamente no les interesamos porque somos reales y vecinos exitosamente escolarizados en la vanidad, la acumulación, los sistemas de seguridad y las frustraciones diversas.
La soledad, siglos atrás, vivía sola: era un fantasma sin velo, un plato vacío, un barco abandonado en la tiniebla, la ausencia total de esperanza y, sobre todo, la experiencia personal de la carencia de un grupo social de contención, porque antes el sentido de lo comunitario era un bien preciado. En Grecia, la sentencia de ostracismo (ese viaje en soledad hacia la soledad) era una medida dura, pero cautelar, una herramienta estatal para librarse de un posible peligro: el marginado debía irse de la ciudad unos años, ejercer el destierro sin perder derecho alguno, unas vacaciones forzadas para que la ciudad descansara del revoltoso: un encierro a cielo abierto, lejano, desconocido. Ya en Roma, antecedente de las cárceles modernas, el ostracismo tuvo el carácter pena privativa, de castigo: el marginado debía sufrir, perder derechos y, en algunos casos, como el del poeta Ovidio, no regresar jamás. El tipo fue castigado por escribir un estupendo poema, Arte de amar, que molestó al emperador Augusto. Por ello, Ovidio fue castigado con el ejercicio de la soledad en un distante lugar, oscuro y frío, junto al mar Negro, donde murió.
Antes, la cancelación cancelaba la vida en comunidad; ahora, en el mundo de la virtualidad, hasta puede incluso representar aire puro y fresco, dependiendo del imbécil que te cancele. Ser condenado a la soledad tal vez sea lo mejor que pueda pasarte, pero nadie quiere aceptar ese castigo, porque se corre el riesgo de encontrarse con uno mismo y no tener nada para decirse. “No descubras, que puede no haber nada. Y nada no se vuelve a cubrir”, dice al respecto un luminoso aforismo de Antonio Porchia.
Ahora que, porque soy noble y valiente, he vuelto a cultivar una franca soledad y los días me han premiado con perfumes perdidos y han traído de regreso esa metáfora de lo propio que son los recuerdos de la infancia, ocultos en las aventuras de la madurez. Luzco un tanto ridículo y osado por momentos, es cierto, pero lo necesitaba: vivir lejos de mi centro de confort ha relajado mis formas, afinado mi silueta y traído relaciones más honestas.
Al fin, crecer consiste en aprender a estar solo y madurar, en no dudar en desdeñar las compañías si no son las adecuadas y hacer recuento de provisiones para el invierno, que siempre es largo, pero también una saludable alegoría de la limpieza, el despojo y el porvenir.
Es de noche y la soledad llena dos copas y se sienta a mi lado fingiendo desinterés, pero sé que sabe que valoro su apego. Tal vez Ovidio sintió algo semejante en su exilio al borde del mar Negro. Tal vez Roma no lo merecía y tuvo que acostumbrarse a la presencia de su ausencia. Quién sabe. Empezar de nuevo tiene su encanto: mientras todos se atontan en sus pantallas, mis gatos me miran con desprecio y se los retribuyo. Camino descalzo por el patio. El cielo está hermoso esta noche, la luna es un escándalo y la respiración reposa poderosa, como una duna sin viento. Nada hay que deba conseguir, la esperanza es el opio de los pueblos. No persigo anhelo alguno, apenas me hundo en el silencio y bebo otro sorbo de la noche, mientras la soledad apoya su cabeza en mi hombro y se queda dormida como un bebé de viuda negra.



