A quemarropa: ¿en serio te perdiste de conocer al amor de tu vida?
Tuve un amor de mi vida. A veces, por las noches, me sirvo un vino tinto y me adormezco en la tibieza de aquel amor perfecto, porque fue un amor perdido.
El amor de tu vida, según el autor de la columna, es una experiencia de lo perdido.
Midjourney IAEl amor de tu vida no puede ser otro que un amor perdido. El sentido profundo de lo amado se completa y alcanza su punto luminoso, su clímax, cuando se acaricia su ausencia. Los mejores finales jamás son los finales felices: los mejores finales son las despedidas, una llaga abierta latiendo como una cría de dragón, ese nacimiento de una ausencia, ese alumbramiento inicial de la nostalgia.
El amor de tu vida, repitamos, así te enfada, no puede ser otro que un amor perdido. Sólo lo perdido permanece intacto, lozano, conserva su perfume, no envejece ni gana vileza, esquiva la muerte. El amor que se conserva, en cambio, se transforma en un cobertizo ante la tormenta, deuda en cuotas, mientras que el amor perdido es desnudez bajo la tormenta, belleza bajo cero, naufragio sin madero. Los amores exitosos, con boda de blanco, compra de electrodomésticos, hijos sin duda adorables, vacaciones soñadas, pantallas planas, mascotas traviesas, milanesas con puré y cercos eléctricos, son amores convenientes, sin embargo, el amor de tu vida, para alcanzar tal categoría, está destinado a ser inconveniente, aciago, espina de pescado atravesada en tu esófago emocional. El amor de tu vida no puede ir más allá de ser un dulce recuerdo en el que se permanece guapo y joven para siempre.
Te Podría Interesar
A aquellos espíritus razonables, precavidos, que conservaron sus parejas por décadas y exhiben tal andrajosa evidencia como si de un trofeo de guerra se tratase, esta vez los dejaremos pasar rápidamente, felicitándolos por el tesón si es necesario o, en todo caso, condolidos por sus magros destinos tras permanecer junto a alguien por costumbre, temor o sencillo desinterés por la aventura de vivir. Cuidado: esa gente hará grandes esfuerzos para mostrarse satisfecha y usará la existencia de sus hijos como escudo, pero no le creas, pues apenas tiene experiencia al respecto del amor y sus vicisitudes y, cada noche, para que no desmoronen sus días, trabajará en convencerse de que aquello que eligieron, lo que lograron construir, fue lo mejor que podía pasar. De otro modo, debería aceptar que el amor tal como lo concibieron, fue un negocio adecuado, una de las formas de la apatía.
Tuve un amor de mi vida. Casi no hay día en que no recuerde a aquella hermosa muchacha y vuelva a sentir el vértigo al que te somete lo perdido. No daré detalles al respecto por respeto y porque tuvo el tino de establecerse con un caballero, a todas luces, bastante mejor que yo, pero me permitiré confesar que aquella estupenda vivencia sobre la incondicionalidad del amor sólo fue superada por otra, mi paternidad, y que aquel amor, el amor de mi vida, se consolidó como eterno a partir de que lo perdí.
No me puse de la nada a escribir sobre el tema. Hace unas horas revolvía cajas con recuerdos y aparecieron fotografías con ella que ahora parecen provenir de otra vida: viajes, salidas con amigos y familiares, fiestas, recitales, cenas ligeras, castigadas por la pegajosa resaca del amor. Recuerdo bien lo que sentía: una especie de desesperación por vivir, una imposibilidad de morir y una necesidad de residencia fija en besos largos y lentos como aquel viaje en tren al sur de Chile. Fue intenso y hermoso, porque al morir joven no hubo ocasión de decadencia. Aquel amor será siempre espléndido, como las tristes sonrisas de Jimi Hendrix, Jim Morrison, Kurt Cobain o Amy Winehouse, que siempre tendrán 27 años en nuestras memorias.
Luego la vida, generosa, me trajo estupendas historias de amor, pero nunca aquellos ahogos en el pecho. ¿Qué hubiera sido de mí, de haber persistido en aquel amor? Me hubiese perdido de transitar capítulos imprescindibles de mi existencia: vivir solo y también con amigos atorrantes, tener miles de amores y romances, correr estúpidos peligros, disfrutar de abandonarme, nadar de noche, emborracharme y drogarme durante días, sostener peleas callejeras, perderme en campos y ciudades, mudarme, volver a mudarme, acumular heridas de guerras, malgastar salarios, escribir poemas sobre la soledad y cuentos sobre la búsqueda de compañía.
Jamás me arrepentí de mi decisión de huida. Renuncié al amor de mi vida para saber del mundo y nunca más me enfrenté a una decisión tan difícil. Nunca volví a sentirme tan triste, vacío, valiente y liberado. La pareja estable era un viaje demasiado largo, celoso, excluyente. No estaba listo para envejecer con nadie, ni siquiera conmigo. Hacer posada en el abismo es una vivencia necesaria para los osados, requisito inaugural para obtener el certificado de hidalguía.
Ahora, mientras repaso viejas fotografías, el viento de la vida vuelve a traerme al puerto y no hay nadie esperando por mí: me lo he ganado. Tengo cicatrices, arrugas, canas, implantes, astigmatismo y he perdido masa muscular, pero tengo el corazón en calma y la soledad, esa yegua hermosa, es mi compañera. Creo que nuestro paso por la vida no guarda propósito alguno. A veces, por las noches, me sirvo un vino tinto y me adormezco en la tibieza de aquel amor perdido. Entonces, enciendo la computadora y comienzo a escribir: “¿en serio te perdiste de conocer al amor de tu vida?”.



