Todo lo que amabas se ha muerto para siempre
"Y ahora miro atrás un poco. Y hace tanto que pasó.
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Y todo lo que yo amaba, ya no es mío y se escapó".
"Dime quién me lo robó", Sui Generis.
Hicimos todo lo posible para permanecer eternos: nacimos y nos desarrollamos con una voracidad inusitada. Diligentemente, aprendimos de todo: a erguirnos sobre dos patas como simios petulantes, a conjugar verbos en primera persona y a ser ocurrentes e imaginativos para solaz de nuestros mayores. De hecho hicimos de nuestra infancia un imperio en expansión, en el que no hubo límites.

Jamás fuimos conscientes de nuestra tremenda indefensión, de nuestra labilidad constitutiva, de nuestros límites a mano, de nuestra energía derrochada en pos de cualquier épica lúdica, hasta llegar a la noche exhaustos y así entrar al sueño como quien, bajo angélica condición, atraviesa el portal de otro imperio igualmente fecundo.
Creíamos que viviríamos para siempre y así fuimos dejando de ser niños para convertirnos en un híbrido insostenible, una mezcla de purezas y torpezas encontradas, de la que algunos no lograron escapar. Ser jóvenes no fue más que otro escalón, otro capítulo en nuestra versión de la eternidad, en la que los únicos paraísos y dioses posibles eran los perdidos y los despreciados.
Teníamos la impresión de que esta cantinela permanecería en el tiempo y quisimos dejar por sentado algunas cosas imprescindibles que dieran cuenta de nuestro paso por la vida: transitar el amor y leer libros, hacernos un tatuaje, aprender rudimentos musicales, vivir solos y con amigos, drogarnos como corresponde, viajar como corresponde, desnudar a fulanos y fulanas, y volver a enamorarnos y a leer y tatuarnos y drogarnos y vivir solos y a desnudar y desnudarnos, porque, si no lo hacíamos, la vida, sin estas mínimas pruebas de eternidad, nos transformaría en marionetas aburridas, con fecha de caducidad y una hipoteca, un sistema de alarmas y un seguro contra incendios.
Y así vivimos nuestra juventud: como si la muerte nos persiguiera en un mano a mano en cien metros libres, porque la muerte en persona sólo se ocupa de los locos, los héroes, los artistas y los niños; los demás son atendidos por franquicias diversas, disfrazadas sin mayor esmero. Y como la muerte nos perseguía, forzamos toda forma de vida que nos aconteciera: el músculo, el nervio, la percepción, el orgasmo y el latido, el hermoso latido que supo entonces de músicas diversas y silencios bajo cielos estrellados, con sus lunas, a veces.
Todo fue hermoso e inusitado hasta que tuvimos hijos. Con ellos, arribamos a dos formas de la sabiduría: la ternura de los finales y la incondicionalidad del amor.
De pronto, en el reconocimiento de otro latido como propio, aprendimos que moriríamos, pero que daríamos nuestra mejor batalla, y sólo por amor, porque nuestros hijos nos hicieron ver que al fin había un algo que tenía más sentido que nuestra ceguera y nuestra belleza: ese afán en ellos de empezar a ser eternos, con la avidez de un ácido y la convicción de un verdugo con auriculares.
En tales cosas pensaba, habrán de creerme y así se los ruego, mientras recorría el Mendotaku, el domingo por la noche. Resulta que fui a buscar a mi hijo y, bueno, verán, terminé escribiendo este pasquín.
Fui presa de tal estúpida fascinación respecto del pasado que, teléfono en mano, saqué incluso algunas fotos para dar testimonio de mi viaje a un futuro en pasado: cientos de adolescentes y niños y varias decenas de jóvenes iban, de aquí para allá, con esa irrefutable actitud de cosa eterna y juzgada, que sólo brinda la tersura y la creencia. Así: tan convencidos y débiles, tan preciosos y ridículos, tan desplegados y breves. 
No es mi intención es explicar aquí de qué se trata ese asunto, apenas diré que el Mendotaku es una cita de amantes del animé japonés y que nosotros, los agónicos, vivimos lo mismo, aunque con menos recursos, pero igual fascinación, en nuestras infancias y adolescencias.
Quien más, quien menos, de nosotros, los que vamos a morir, crecimos con épicas semejantes, creadas en USA, cuando éramos eternos: Batman, El Zorro, Kung Fu, Daniel Boone, El Agente de CIPOL, El Santo y Superagente 86. Y revistas Anteojito o Billiken o Sarah Kay, que luego fueron Nippur de Lagash, D'artagnan, o El Tony y que después fueron la Pelo, Mordisco, Expreso Imaginario, La Mano, Cantarock o The Rolling Stones.
Y, claro, el rock, siempre el rock: esa banda sonora epiléptica, tiritando al compás de nuestro escozor existencial.
Pues bien, ahora que todo aquello es pasto del olvido, ahora que el rock es un cadáver exquisito en manos de las compañías, ahora que nuestros músculos comienzan a parecer pasas de uva, melescas pendiendo de este invierno lento, ahora que vamos camino a ser el fantasma que seremos, pues recorro el Mendotaku como Odiseo y sus harapos luego de veinte años sin pisar su Ítaca.
Por más que sin esmero encuentre los hilos conducentes entre aquello que fui y esto que ellos son, es más que evidente que -dentro de un puñado de siglos- nadie en el mundo sabrá quiénes fuimos, qué hicimos ni por qué ejercimos con tanta malicia, imbecilidad, despropósito y daño probado nuestra administración del mundo.
Ojalá aquellos que nos sucedan -aunque nos olviden debidamente- no pierdan el sentido de lo eterno como nosotros, en pos del sueldo y la calefacción, de fotos en alguna playa y heladeras llenas, de tracciones en las cuatro ruedas, tarjetas de crédito con créditos en el Edén, controles remotos de las emociones, depósitos en dólares y ubres sostenidas con implantes de silicona.
Conduzco a casa: mi hijo Eliseo y su amigo Santino me cuentan sucesos con metalenguajes incompresibles que mezclan el japonés, el inglés y el castellano, mientras yo verifico que tengan colocados los cinturones de seguridad.
Claramente, he dejado de ser el protagonista del mundo: yo era Batman, El Zorro, Mick Jagger, Nippur de Lagash y Kwai Chang Caine; ahora soy solamente el chofer. Y me digo: todo lo que amabas se ha muerto para siempre. Y es justo y necesario.
Ulises Naranjo.



