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¿Inseguridad?: Canción de amor a los distintos de vos

¿Hasta cuándo vamos a seguir confortados en nuestro papel de víctimas? ¿Qué nos impide convertirnos en protagonistas de la construcción de seguridad y justicia social comunitarias?
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"No aguardes la embestida del toro que es un hombre y cuya extraña forma plural da horror a la maraña de interminable piedra entretejida", Laberinto, Jorge Luis Borges.


Durante 2500 años, cientos y cientos de miles de niños del mundo fueron educados y entretenidos con la imagen de un feroz monstruo que se devoraba a niñas adolescentes vírgenes y niños adolescentes mancebos, quienes huían de él por interminables galerías de un interminable laberinto, complejo, encantador e interminable, como todos los laberintos. 

El feroz y ominoso Asterión -así se llamaba el minotaturo, según Apolodoro- aguardaba en los pasillos a la infausta delegación y, luego, con preciso desboque, los perseguía y penetraba sus geometrías con su rojo poder enardecido. Uno a uno, los devoraba, hasta esperar a los próximos castigados.

Así fue contada esta historia, durante 2500 años. Sin embargo, en el siglo XX, un poeta y narrador demostró, otra vez, que es posible ser distinto y que los distintos son aquellos que cuentan de otro modo las mismas cosas, porque no hay temas nuevos, nunca los hubo; la única novedad fue el descubrimiento del verbo. Aquel escritor, Jorge Luis Borges se llamó, nos presentó un Asterión diferente: un ser solitario, divino por linaje, cansado, salvaje, sí, pero profundamente humano. Borges, al fin y al cabo, estaba hablando de nosotros mismos, de cada uno de nosotros mismos, pidiéndonos que nos hiciéramos cargo de nuestras naturalezas. 

A través, sobre todo, de un par de inolvidables sonetos y de un par de inolvidables cuentos, consiguió el milagro de hacernos ver que aquel distinto a todos es igual a todos, precisamente, por diferenciarse; Borges delató que todos somos minotauros en este laberinto que es el mundo, todos distintos y todos iguales, negros y blancos, salvajes y leídas, altos y bajos, gordas y flacas, rubios y morochos, opulentos y sin un mango, creyentes e incrédulos, aburridos y divertidos, exquisitos o populares, k y anti k, víctimas y victimarios, rockeros y cumbiancheros, inocentes y culpables. Y que existe la posibilidad de que otros, al desconocernos, al resultarles ajenos, nos teman y, por tanto, quieran dañarnos o castigarnos. 

Vivimos y convivimos frente a la inseguridad como posibilidad cierta: todos y cada uno, directa o indirectamente, hemos vivido episodios vinculados al tema. Dentro del abanico de los delitos que nuestro sistema elige condenar, quien más, quien menos, ha sido choreado o agredido y a otros les ha ido peor, pues han padecido horrorosos ataques a sus integridades sexuales y a sus propias vidas.

Esta posibilidad de ser víctima es tan ambiciosa que supera todas las barreras de las clases y hasta de los juicios y prejuicios: víctimas hay en todas las clases sociales y en todas, también, hay delincuentes, aunque nosotros encerremos solamente a los pobres (de cada 100 presos, 99 son pobres y 96 han abandonado sus estudios).

Hay inseguridad, en mayor o en menos medida padecida, la hay. El tema a resolver es de qué manera nos paramos con nuestras dobles naturalezas, ante el océano de incertidumbres y temores en que puede transformarse la vida: nos quedamos en el espacio de las víctimas o usamos todas las miserias y maravillas que nos han constituido para convertirnos en personas distintas de las que somos, cobrando protagonismo en la construcción social de la seguridad. Y acá es cuando nos enfrentamos al hecho de tener que considerar al distinto (ya sea pobre, viejo, joven, mujer, discapacitado, adicto, indigente, artista, conservador, progresista, ) como un igual, pues uno de los grandes males sociales que nos dividen es el de condenar a los distintos. Asociar al pobre con el delincuente, por ejemplo, es una de las habitualidades más abominables y comunes que ejercemos los mendocinos. Ver cómo gentes de unos barrios y estilos sociales cargan contra gentes de otros, alimenta, nutre profundamente nuestra vivencia de la inseguridad. Querer volver a encerrar al minotauro en la soledad de una villa miseria o la soledad de un barrio privado, nos hará cada día más inseguros y, además, más indolentes.

El otro día, fui a llevar a una escuela de chicas y chicos pobres de Luján de Cuyo mi documental sobre la vida en las cárceles, actividad laboral que, sabrán algunos, llevo a cabo desde hace unos cuatro años y seguiré tejiendo, mientras haya aulas, comedores, uniones vecinales y cines dispuestos para hacerlo. Como ya he visto incontables veces la cinta, suelo apretar play y salir al patio, desde donde espío las reacciones de los chicos. Pues bien, el otro día, en el Cebja 3-014, de Luján, que ahí fue, de pronto uno de los alumnos, se levantó y salió al patio a llorar.

Charlamos un rato bajo las estrellas y me contó que había tenido problemas con drogas varias, que había robado, estado encerrado y que luego de enormes esfuerzos, había conseguido salir; ahora tenía trabajo y estaba terminando la secundaria, incluso siendo escolta de la bandera. El documental le había sacado a flor de piel todo aquel sufrimiento, aquella etapa de víctima y verdugo; le pregunté si se animaba a dar su testimonio y, con suma valentía, y hasta con alegría, lo hizo. Mirá este video: 

Este muchacho, del que lamento no recordar el nombre, es nuestro héroe, nuestro Asterión: fue de la soledad inabordable y el castigo del consumo y la viviencia del robo, a ser un ejemplo para su comunidad, que lo reconoce y alienta, porque allí también el día a día con la inseguridad, es día a día. 

Los barrios carenciados, tan demonizados por las clases favorecidas, están repletos de historias como estas y de otras, protagonizadas por gente discreta y humilde, que sólo reconoce una vida de trabajo y carencias, desde los pañales hasta la mortaja. Sin embargo, deben cargar con el estigma del temor ajeno de los favorecidos, de la consideración de muchos que los tildan de delincuentes sólo porque son pobres y del olvido permanente y consuetudinario de todas las gestiones políticas y no políticas de nuestra historia.

Así, condenados por ser distintos, unos y otros van tejiendo sus versiones de la seguridad y la inseguridad. Seguridad como una responsabilidad que siempre es ajena; inseguridad como tema top en las preocupaciones ciudadanas.

Así será, hasta que no nos animemos a construir seguridad entre todos. ¿Cómo? Pasando de ser víctimas a ser parte de la obra: participando social y pluralmente, en clubes, plazas, partidos políticos, iglesias, espacios públicos y también privados, dando cabida a los distintos, escuchando a los distintos, compartiendo actividades con los distintos, edificando con los distintos, pensando distinto con los distintos, siendo iguales con los distintos, cada uno desde su distinción.

Mientras tanto, la única salida posible seguirá siendo la entrada: al encierro, a la clasificación y la jerarquía, al derecho de admisión, al muro y el sistema de alarmas, al ghetto y los paraísos.

Y así y asá: la culpa siempre, siempre, la tendrá otro y el tiempo nos pasará por encima, mirando las estrellas por la tronera del horno y pidiendo seguridad, en el pecho mismo del incendio. You may say I'm a dreamer, ponele, pero lo que vivimos cada día no es ningún sueño. Si seguimos buscando diferenciarnos, separarnos, alejarnos y condenar a los que no son como nosotros, por no ser como nosotros, pues cada día viviremos peor en este laberinto al pie de los cerros, plagado de ciegos minotauros. 

Ulises Naranjo

PD: Dedicado a los hermosos niños y adultos del club "Los Cerros" o "Los Cerrillos", del oeste Godoy Cruz, adonde fuimos con mi hijo el lunes feriado a jugar al fútbol, a pesar de las advertencias de que el sitio es "una cueva de malvivientes". Por cierto, ellos nos ganaron con justicia, 2 a 0, pero igual la pasamos de maravilla...