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La historia de amor más grande del mundo es de Mendoza

¿Qué dejarás como herencia simbólica antes de convertirte en nada? ¿Qué dirán de vos los herederos de tu sangre? Aquí, la dulce leyenda de Marcia y de Germán. Una solitaria malargüina y un muchacho en silla de ruedas se conocen en la Plaza Independencia, bajo una tormenta. Viven aquí, a minutos de tu casa; sin embargo, sus empeños tienen el tamaño del planeta.
Foto: Ulises Naranjo / MDZ.
Foto: Ulises Naranjo / MDZ.

Esta es la historia de amor más hermosa que jamás habrán de contarte. Y si así no sucede en los ánimos de tu consideración, habrás de achacarlo, tal vez, a la ineficacia de este escriba, más que a la belleza que emana de los acontecimientos.

Sucedió allá por el Tercer Milenio de la Era Cristiana, en una lejana tierra llamada Valle de Huentota, al pie de la cordillera de Los Andes, que supo ser fatigada por los duros empeños de Marcia y de Germán.

Ellos fueron, sin bien lo miramos, la consagración de lo divino, la victoria del hombre sobre el hombre, el único instante sabio de toda la historia humana.

Vamos, entonces, a los hechos y confíe el lector en que cada verbo, cada sustantivo y cada silencio de la presente brotaron de labios de los héroes, conforme a la observación dedicada del cronista, en Mendoza, a comienzos de noviembre del año 2010, poco antes de que este planeta se consumiera de furia como un remolino en el mar.



Las historias de amor



Noche de noviazgo.

Ya sabemos que todas las historias son historias de amor; sin embargo, sólo algunas historias se convierten en talismán contra lo imposible, contra los tigres en celo que caen desde el cielo, contra la gota de alquitrán que ensucia los pezones de las vírgenes cuando duermen y las cuerdas de los violines cuando callan.

Todas las historias son historias de amor, ya lo sabemos, pero algunas –apoyadas en sí mismas, como la curva del cielo– sortean el destino de ser pasto del olvido.

Escóndanse aquí, detrás de este árbol de la Plaza Independencia, para otear la maravilla. En minutos, habrán de unirse los destinos de Marcia y de Germán. Es una tarde mendocina con un cielo cerrado y poderoso. La oscuridad de las nubes contrasta con el pecho enrojecido de Germán y con el pecho delicado, como de ángel, de Marcia, la malargüina solitaria.

No ha querido Germán que nadie lo acompañe hasta el encuentro con su destino. Puesto al costado de la calle, junto a su silla de ruedas con motor, él solo se dirigió hasta el corazón de la plaza, como un soldado que luego del infierno regresa al útero.

No ha tenido Marcia nadie que la acompañe. Solita mi alma desde Malargüe llegó en un micro a este tártaro sin olores familiares. Alguien le dijo que había que estudiar y lo hizo. Oyó hablar de la Fonoaudiología y lo hizo. En sus tardes de ostracismo, dio en Internet con Germán, para sentirse menos sola.

Dos cosas le impresionaron: sus ojos verdes, transparentes, y su empeño ante la vida. Marcia no se amilanó, ante la distrofia muscular de nacimiento de ese breve hombre en silla de ruedas. Marcia tiene, de hecho, una hermana con parálisis cerebral y también la convicción de que lo esencial, ya saben, no pasa por los ojos.

Supieron del otro a través de Internet y tan solos estaban en el mundo que quisieron hacerse amigos. Lo hicieron: fueron amigos durante tres días, pero ya saben ustedes: el amor fue más fuerte.

Esa charla en la plaza se encontró con una repentina y furiosa tormenta. Mientras se empapaba, Germán comprobó que –puta suerte– se le había acabado la batería de su silla eléctrica. Se sintió un estúpido, más estúpido que nunca, avergonzado, impotente.

Tal vez este incidente empujó a Marcia al amor. Ella ni lo pensó: tomó la silla y lo empujó. Entonces, tal vez, los dos sintieron que tenían al otro.

Bajo la tormenta infinita y, tremendamente felices los dos, bajaron por la Peatonal, empapados, sí, pero jubilosos, amparados por la curva de la tarde más hermosa que recuerden. Era el amor: debían ocultarse o huir, pero ellos eligieron quedarse sonriendo bajo la tormenta de la tormenta.



El lado positivo



Mañana calurosa en Guaymallén. Germán y Marcia fueron felices, comieron perdices y se hicieron una casita interna en el patio de la casa de la madre del muchacho, en el barrio Santa Ana, en Guaymallén. Ahora, son una familia, junto a Máximo (4 años) y Ania (uno). Tienen un perro de mascota, una pecera, juguetes por el piso, ropa tendida, fotos de viajes y macetas con malvones. Muchas cosas pasaron desde aquel encuentro e intentaremos aquí que las resuman.

“Cuando me hiciste aquella nota, conseguí al otro día mi primer trabajo como contador, pero la crisis del 2001 tiró abajo ese proyecto. Empecé a trabajar después como gerente de Recursos Humanos del hospital Central, por cuatro años. Ahí, en el hospital, me agarré una neumonía y estuvo 20 días internado. Casi me muero. Y perdí bastante fuerza. No podía seguir trabajando en un ambiente hospitalario”, suelta Germán, mientras Marcia prepara amargo para todos.

- Su manera de ver la vida me enseñó a vivir.

Marcia no es de hablar mucho. No le gusta este afincamiento en la ciudad, pero a Germán no le gusta la tranquilidad de Malargüe.

- Aquí se supone que hay más trabajo y Germán es muy activo, dinámico. Ahora que está sin trabajo, sigue viendo el lado positivo de todo y piensa que va a aparecer algo.

El relato de la historia de esta familia no es gratuito, amigos. Sincerémonos. De esto se trata esta nota: de mostrar una historia de amor, sí, pero también de conseguirle un trabajo a este hombre, que supo ser excelente alumno en la universidad y que recibió su título para algo más productivo que tenerlo colgado en una pared del hogar.

¿Alguien tiene un laburo para él? Aquí, sus números, ayudémoslos: 4216808 y 153032027.



Llorar de alegría



Volvamos al relato: se casaron en agosto de 2004 y han tenido dos hermosos hijos. En 2006, invirtieron todos sus ahorros y, en el barrio Santa Ana, pusieron un cyber con veinte computadoras. Los chorearon varias veces, preferentemente los viernes; los han tirado al piso y apuntado con pistolas. Se compraron un revólver y un día se dieron cuenta de que es una locura andar armado por la vida.

Finalmente, el 18 de noviembre de 2006, de noche, les afanaron literalmente todo, todo de todos.

Se hartaron, lloraron, callaron, juntaron fuerzas, hicieron valijas.

En 2007, se fueron a vivir a España. Estuvieron tres años entre Almería y Tenerife. Germán se capacitó aún más, consiguió una beca y perfeccionó su inglés y aprendió bastante alemán e italiano. Marcia atendió una tienda y fue camarera en un hotel cinco estrellas.

En agosto de 2009, volvieron. Al no tener buena cobertura social en Europa, la salud se Germán se vino a pique y acá se fue recuperando Germán. Ya está listo para laburar.

Nos conocemos hace mucho. Hay cosas que puedo decirle. Y lo hago.

- Me imagino el cagazo de que tus hijos nacieran con distrofia muscular

Marcia: - Enorme… Y más con mi antecedente de una hermana con parálisis cerebral.

Germán: - Por eso, lloramos mucho de alegría cuando nacieron sanitos.

- Bueno, estás hecho mierda, pero el muñeco te funciona bien … 

- Sí, con eso no tengo problemas

- Podrías laburar online, desde acá...

- Sí, mi sueño es abrir un estudio. Llevar contabilidades desde mi casa.  

- No es que sea mi marido, pero la verdad es que no es discapacitado, porque capacidades le sobran.

Nos vamos.

Ojalá el periodismo –este malabar fallido de la Historia–  tenga algún sentido, mientras esta familia mendocina llena de belleza todo aquello que se antepone a su paso.

Nos vamos y decimos, para irnos: a ver, vos, detrás de esta pantalla, ¿qué vas a dejar como herencia simbólica antes de convertirte en nada? ¿Qué dirán de vos los herederos de tu sangre? ¿Cómo habrá de contarse la historia de tu paso por el mundo? Aquí, la dulce leyenda de Marcia y de Germán: una solitaria malargüina y un muchacho en silla de ruedas se conocen en la Plaza Independencia, cuando se desata una tormenta.

Sucedió allá por el Tercer Milenio de la Era Cristiana, en una lejana tierra llamada Valle de Huentota, al pie de la cordillera de Los Andes, que supo ser fatigada por los duros empeños de Marcia y de Germán. Ellos fueron, sin bien lo miramos, la consagración de lo divino, la victoria del hombre sobre el hombre, el único instante sabio de toda la historia humana.