Casta política y legisladores que atrasan 5 mil años a la Argentina
Sesiones como la reciente en el Congreso destacan que el déficit de Argentina en su clase política es sideral. La casta brilla en la decadencia.
El déficit fiscal se arregla más rápido que el de la casta política en sus perfomáticas sesiones en el Congreso.
Todo es visto en las sesiones del Congreso de la Argentina, el escenario mayor de la política, y es tan evidente que de triste pasa a cómico (o al revés), y los representantes del pueblo entregan un espectáculo que se las ingenia muy bien para no salir de la mediocridad.
Uno de los problemas para los espectadores de este show de la política es que ya cada vez más gente que pagó la entrada exige pasar al nivel siguiente. El loop es un abuso. Aburrido y decadente sin estilo.
Generalizo porque al final los que son buenos legisladores, poquísimos, quedan atrapados en el blanco y negro venido de un mundo remoto que resume todos los discursos vociferados, los argumentos siempre idénticos y, lo que es bastante peor, las soluciones siempre viejas o a medias.
-
Te puede interesar
Paso a Chile: la fuerte acusación de un exfuncionario clave
La casta no falla nunca con este guión. Y sigue la gira interminable como espectáculo oficial.
Política
Los representantes del pueblo, y habrá que convencerse que hoy lo son como nunca, son bastante fieles al mecanismo contemplado en la democracia: el pueblo no delibera ni gobierna, sino a través de ellos.
De tal manera que apenas en el primer viaje como electos al Parlamento, desde sus provincias, son atacados por un extraño virus que les provoca daños considerables. El olvido antes de aterrizar. Les ataca la memoria en modo severo. Y los hace, metros antes de encarar la escalerilla del aeropuerto de llegada, en hombres y mujeres que han sido destinados a fundar un país.
El virus ataca cada dos años, en las renovaciones legislativas, unas elecciones en las que los candidatos no hablan de ningún proyecto de ley.
En realidad en ese tramo electoral no hablan de nada. Están pintados. Sus asesores responden los cuestionarios que les llegan preguntando por la inquietante alineación astral como signo zodiacal, si prefieren el tinto al blanco y qué personaje histórico los identifica.
La casta ha ido generando mecanismos cada vez más selectos para ingresar al círculo no de los legisladores, que sería lo obvio, sino al club de personas que se arriman expectantes a otras posiciones de poder: gobernaciones, ministerios, embajadas, empresas.
Que no tape esta tarea doméstica de dotar de leyes al país lo que ya ha surgido como lo importante e impostergable, a más de un año que ocurra.
Faltan 365 días (y varios más) para que se elijan a los nuevos representantes del pueblo. Y el pueblo está entusiasmadísimo con las candidaturas, con las declaraciones, con los movimientos de esta casta, con las alianzas, con los dimes y diretes. Y es como un reality show.
Casta
La casta de la política en Argentina se mueve en el salón del poder con ínfulas de estrategas. Todos allí hablan de sectores y áreas del país que, cuando opositores, son claves para el "desarrollo estratégico nacional". Y los mismos, cuando son oficialismo, declaran que "el mundo ha cambiado".
Al final, si uno lo piensa, son todos familia. Promiscua, quizá. Pero se refugian en la debilidad que incluso toca hasta los sacrificados héroes resignando la carnalidad de la existencia.
Este orgullo revela, además de una desconexión absoluta con la realidad real, otra gravedad histórica. La casta se piensa a sí misma como el último refugio protector del "desarrollo estratégico nacional".
Han pasado por alto que si se analizan sus trabajos desde cualquier zona del Estado, no han hecho más que acelerar la decadencia de un país que, al compás del tiempo, progresa en la reducción de su economía. La pobreza que hemos sabido conseguir.
Legisladores hablan del abandono del Estado y no quieren pagar las deudas que provoca ese Estado ideal. No alcanzarían cinco FMI para endeudarse y garantizar los 128 mil derechos que ese Estado, del que hablan, debe encargarse.
Le gusta ir de fiesta pero no quieren pagar nada y que la barra sea libre.
Y los que no quieren el Estado, porque es violador, dicen que todos los estatistas son chorros, que la propiedad privada es privada y que lo público lo decida el mercado pero la economía tiene menos arranque que la selección chilena de fútbol. Sin economía, el mercado no existe.
Cuando les preguntan a estos otros legisladores qué escuela de teoría económica explica el capitalismo virtuoso de Manuel Adorni, responden: "sos un resentido, zurdo, comunista".
En una orilla, los otros los consideran de derecha. Dicen de derecha, pero los piensan como de ultra derecha, en el fondo.
La discusión es cautivante para los arqueólogos: el resto del mundo ya no tiene esas categorías, menos en política. No hemos sido notificados en lo que va de este siglo XXI. Todavía no llega el fax.
Nadie se equivoca en este país en el siglo XXI. Y por lo tanto todos somos exitosos. Y lo mostramos con gestos que dejan apichonado al descaro. Nadie aquí en la esfera pública se retira de la vereda del Estado. Es impensando y hacerlo es de giles. O de perdedor.
El exitoso en Argentina tampoco es autocrítico. La casta no se da ese espacio. Es como confinarse a una base en la Antártida. Somos exitosos hasta el aburrimiento, siempre portamos la razón.
Lejos que el país deba ingresar plenamente al mundo desarrollado, no se entiende cómo ese mundo no reflexiona e imita a la Argentina. Son giles. No quieren el "desarrollo estratégico nacional" de sus países.
Legisladores
Los legisladores no tienen pasado. Es una casta de elegidos para vivir en el futuro y traernos, desde allí, hasta el Congreso, las leyes que fundan un nuevo país cada dos años. Agotador y ridículo este entrenamiento, para algunos rentados, en honor a una encomiable vocación de servicio.
La casta es transversal y multipartidaria aunque trabajen solamente en sus bloques. La visión de un país que quizá fue, quizá, pero que no es ése, los emparenta.
Pero es la añoranza del tango en el exilio, el lamento boliviano, el sauce llorón que les da sombra y tregua en la batalla del empobrecimiento serial.
Los de la casta que han ocupado el gobierno haciendo del Estado la Vía Láctea fuera del gobierno, son otras personas. Y los que ejercen el Estado como si fuera el tramo gasolero de un viaje largo hacia el destino final, solamente están concentrados en fingir soñadoras versiones de la sociedad de los libros que describen mundos perfectos, sin Estado, como anarquistas pero en el otro arco.
Esta secuencia es un patrón de la casta, como si asignara roles pero con actores que se completan entre ellos. Hablan y ya se sabe qué es lo que van a decir. Es uno de los mejores pasajes teatrales de esta única obra: jugamos a lo qué dirá, Y no fallamos.
El guión estipula sostener lo mismo que dijo otro pero hace cinco años o diez y hasta veinte, en algunos casos. Lo que cambia es ser de los oficialistas o los opositores de la temporada otoño-invierno. Hasta los traidores están contemplados en el guión.
Argentina
En el último acto de representación en el Congreso que acompaña la redacción de este artículo se convocó para presentar el show sobre la toma de terrenos y casas.
Esta es una de las discusiones que bien evidencia la ambición de un país que hace 200 años está buscando su "desarrollo estratégico nacional".
El debate de los senadores en el Congreso lo primero que debiera atender es casi una obviedad. Acceso rápido a otros terrenos y facilidades para levantar una casa. No hace falta que lo haga el Estado, pero eso tampoco está en lo que un Estado inteligente debe omitir.
El Estado jamás puede ser presente o pasado o lo que digan en la conversación tribunera de ocasión. Alcanza con un Estado inteligente.
Para los aspectos accesorios está el mercado, que solamente contempla y garantiza la codicia. Los seres humanos somos mucho más que eso. Y antes del egoísmo inventamos y practicamos la generosidad. Posiblemente a causa de los primeros mercaderes que se pasaron de rosca.
Tanto por creer mucho o poco en el Estado, la toma de terrenos y casas une a la casta en el lodo del fracaso.
Y la democracia, menos. Si los que representan a la democracia son ajenos, los ajenos lo son con una profundidad complicada.
El mayor déficit está allí: al económico lo arreglan políticos superavitarios. Por arreglo se entiende solución y pasar a otro tema, a otro problema.
Siempre es la política antes que la economía. Sino es una sucesión de parches en lo estructural de una construcción. En ese raterío de pensar corto, cortísimo, la Argentina es un ejemplo inagotable de país confinado al desesperante loop del "desarrollo estratégico nacional".
No es una frase rimbombante. A esta altura es una imposibilidad, una utopía, un sueño del largo bostezo en este siglo XXI.
Nada está perdido. Nunca. Los que están perdidos son los de la casta. Y serán los últimos en enterarse.