Presenta:

Batakis, y un eventual destino cruel para Kiciloff

La "Caja Única" anunciada por la ministra el lunes, tiene a Buenos Aires a tiro fiscal del Palacio de Hacienda. La misma posición que el gobernador detentaba cuando era titular de Hacienda. Y Batakis sufría sus embates
Foto: Telam
Foto: Telam

Curiosa la historia política y económica del país. En términos futboleros, podría decirse que casi siempre hay revancha. Es lo que puede sentir Silvina Batakis hoy, sentada en el siempre poderoso, aún en crisis, sillón del quinto piso del Palacio de Hacienda. Teniendo la responsabilidad autoimpuesta de dirigir y manejar la flamante "Caja Única" de gastos. 

Desde allí la ministro de Economía centralizará la decisión de redirigir partidas presupuestarias a todas las reparticiones de la administración pública nacional, organismos descentralizados y, también, dineros extras que reclamen las provincias. Incluyendo la para algunos inadministrable Buenos Aires.

Batakis controlará esta Caja, justo en tiempos donde quiso el destino que en aquel territorio gobierne Axel Kiciloff. Y, como se sabe y es inevitable, a todos los responsables de manejar el amplísimo terrenos bonaerense, que incluye el irreductible conurbano (profundo y no profundo), siempre les faltará dinero para mantener la paz administrativa.

Si sabrá Batakis sobre esta situación, al haber detentado el cargo de ministra de Economía de la provincia en las épocas en las que Daniel Scioli era gobernador, y vivía permanentemente fiscalizado, premiado y castigado por el kirchnerismo más poderoso en el poder.

Y con permanentes medidas de ejecución política-económica desde el ministerio de Economía de la Nación, brazo fiscal armado del Ejecutivo de entonces, para avanzar con los castigos al ahora ministro de Desarrollo Productivo en tiempos en los que quería concertar su tan ansiada candidatura presidencial independiente de las fuerzas del kirchnerismo. Fue entre 2009 y 2015; cuando desde la Nación, concretando las acciones desde Economía, se le aumentaban o disminuían los recursos a la Provincia, al ritmo de la aceptación del sciolismo de las imposiciones de la Casa de Gobierno y Olivos.

Batakis era quién debía lidiar con las reticencias de fondos en tiempos de pagos de sueldos, aguinaldos, obra pública y otros gastos indispensables para un candidato presidencial bonaerense. Curiosamente, quién ejecutaba las ordenes de liberar o detener el giro de los dineros, era el ministro de Economía de entonces. Axel Kiciloff. Ahora los roles se invirtieron. Y la lapicera de la supervivencia económica de Buenos Aires la tiene quien precisamente sufrió la discrecionalidad kirchnerista.

Son tiempos de tregua. Y se descarta que no habrá mayores novedades de revancha desde Hacienda. Sin embargo, hay un antecedente. Hace dos meses, en medio de la embestida kirchnerista contra Alberto Fernández en general y Martín Guzmán en particular, "halcones albertistas" querían pasar a la acción; contra Kicillof, como representante claro y directo de la titularidad del Senado.

Los sectores más duros cercanos al Presidente, creían en esos tiempos que las declaraciones del gobernador de mediados de abril, condenando el acuerdo con el FMI y criticando la marcha de la política económica, profundizaban la embestida del principal accionistas de la coalición oficialista. Algo que no debía dejarse pasar. Al menos para dejarle en claro al ex ministro de Economía que una cosa es "soportar" embestidas desde el Congreso en todas sus variantes K, pero otra de un gobernador. Más si es dependiente de la acción financiera de la Casa Rosada. O al menos así se ve desde la Plaza de Mayo.

La frase que había molestado al "albertismo" fue, curiosamente, una relacionada con el Fondo y su presión sobre Argentina y el gobierno, dado que se creía que había que convivir con este tipo de cruzadas del bonaerense. Lo que realmente alteró los nervios en la Casa de Gobierno fue la frase "en el conurbano y en el interior de la provincia no da más la situación social".

Ante el panorama, la mirada cruzada sobre Kicillof y su gestión estaba orientada específicamente a cuestiones económicas y administrativas, sin mención de cuestiones políticas internas. Y sin alterar un sólo punto los compromisos ya firmados y acordados con la gestión bonaerense. Pero sin un punto más de coparticipación comprometida o ya acordada. Y que cualquier intento de mejora relativa en el valor agregado del gasto público en la provincia, fundamentalmente en el conurbano profundo y kirchnerista. Sea financiado con los propios fondos que pueda recaudar el Gobernador.

En definitiva, lo que este costado del "albertismo halcón" pedía era frialdad fiscal en la relación entra la Nación y la Provincia, y forzar a un dialogo directo de pedido de parlamentarismo para establecer algún tipo de convivencia política pacífica hasta que termine la actual gestión de Alberto Fernández.

El sector más cercano al presidente considera desde aquellos días de abril pasado que el golpe más duro posible sería a Kicillof, el principal referente del kirchnerismo que debe gobernar. Lejos de la cierta "comodidad" (siempre en términos albertistas) de la actividad legislativa, siempre más cómoda para la crítica extrema contra el presidente. "Si nos atacan desde el Senado o Diputados, contestamos enfriando la relación fiscal con Buenos Aires", es la máxima de hipótesis de conflicto que se examina en el albertismo.

Una embestida de este tipo, replicaría aquella de 2009, cuando desde la Casa Rosada se elaboraba un mecanismo de relojería fiscal para que Scioli sufriera en el nivel de administración de sus gastos. Hasta que el entonces gobernador hocicara y se ubicara dentro del mosaico kirchnerista.

Sólo con un par de reportajes que Scioli hizo en medios no alineados, donde deslizó sus planes electorales con ciertos aires independentistas, provocó que Kirchner le aplique una especie de Doble Nelson fiscal.

Por un lado le retrasó en 48 horas el giro del dinero necesarios para poder pagar en tiempo y forma los salarios de la administración y la seguridad provincial. Por el otro, le congeló durante dos meses cualquier atisbo de incremento de dinero de transmisión para obras públicas o similar.

Se sabe, y reconocen en el "albertismo duro", que una embestida contra Kicillof, aunque sea leve y tenue, inevitablemente generaría un contraataque directo contra la Casa Rosada. Y se sabe que si el ataque es de un equivalente a un punto, la ofensiva desde el Senado podría llegar a 100.

Pero también se cree que sería "pegar donde duele". Y donde se sabe hay poder de acción. Por ahora, sólo por ahora, es un plan que acelera su análisis. Por ahora sigue la tregua. Pero el arma ahora está en poder de Batakis, quién tiene en su poder activarla.