Por qué el Mundial 2026 logra unir a los argentinos más allá de las diferencias
Un investigador de la UNC analiza cómo la Copa del Mundo construye un sentimiento de pertenencia nacional, crea héroes y genera una experiencia colectiva.
Detrás de esa pasión colectiva que genera el Mundial hay un fenómeno social más profundo que un simple torneo de fútbol.
Cada cuatro años, Argentina parece detenerse por un instante. Las diferencias políticas, sociales y económicas quedan temporalmente en un segundo plano mientras millones de personas comparten una misma expectativa: ver a la Selección levantar la Copa del Mundo. Pero detrás de esa pasión colectiva que genera el Mundial 2026 hay un fenómeno social más profundo que un simple torneo de fútbol.
El docente e investigador de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), Franco Reyna, sostiene que los mundiales representan uno de los pocos momentos en los que los argentinos “nos pensamos y actuamos más abiertamente como comunidad”.
Especialista en historia social y cultural del deporte e integrante del Instituto de Estudios Históricos (IEH), Reyna explica que el Mundial funciona como una enorme experiencia colectiva que fortalece el sentimiento de pertenencia nacional.
La Selección como símbolo
El investigador retoma el concepto de “comunidad imaginada”, desarrollado por Benedict Anderson, para explicar por qué millones de personas que no se conocen entre sí pueden sentirse parte de un mismo proyecto colectivo.
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“La Selección encarna simbólicamente al país. Sus victorias y derrotas son vividas como si fueran de todos”, señala.
Lejos de tratarse de una ilusión falsa, Reyna sostiene que se trata de una construcción simbólica que produce efectos reales y genera fuertes sentimientos de identificación y pertenencia.
Aunque el equipo nacional está compuesto por un grupo reducido de futbolistas, la sociedad proyecta en ellos una representación de la Argentina que trasciende lo deportivo.
El Mundial que suspende las diferencias
A diferencia de otros espacios de construcción colectiva, como la política o la religión, el Mundial posee una característica singular: logra consensos masivos, aunque sean temporales.
Durante algunas semanas, millones de personas comparten emociones simultáneas y se reconocen dentro de una misma experiencia colectiva.
Sin embargo, el especialista advierte que esta unidad es pasajera y convive con una poderosa industria global que moviliza miles de millones de dólares a través de la publicidad, los derechos televisivos y el merchandising.
La construcción de ídolos deportivos asociados a la identidad nacional no es un fenómeno reciente. Según Reyna, comenzó a consolidarse entre las décadas de 1920 y 1930.
En un país atravesado por fuertes procesos migratorios, el Estado impulsó mecanismos para fortalecer una identidad común. Allí, la escuela pública y la industria cultural jugaron un papel determinante.
El sociólogo Pablo Alabarces identifica dos herramientas fundamentales: los rituales escolares y la expansión de los medios masivos, especialmente la prensa y la radio.
De esa manera, el fútbol dejó de ser solamente un deporte y comenzó a asociarse con la idea misma de nación. Al mismo tiempo, surgieron figuras heroicas capaces de representar valores profundamente argentinos.
La gambeta, el potrero y la identidad criolla
En paralelo, se consolidó la idea de un estilo de juego propio, diferenciado del modelo inglés, considerado más rígido y mecanizado. Así nació el denominado “fútbol criollo”, asociado a la gambeta, la creatividad y la picardía.
Los ídolos comenzaron a encarnar esos valores y a representar historias de superación ligadas al potrero y al esfuerzo personal. Cuando llegan los triunfos, los futbolistas son celebrados como héroes nacionales. Pero cuando aparecen las derrotas, la narrativa suele invertirse y transformarlos en responsables del fracaso colectivo.
“Parece que el fracaso deportivo está a la altura del fracaso como nación”, resume el investigador en una entrevista brindada a la agencia Unciencia de la Universidad Nacional de Córdoba.
El Mundial 2026 y el peso del negocio global
Para Reyna, la actual edición del torneo expone con claridad el avance de la lógica comercial sobre el espectáculo deportivo.
La organización en Estados Unidos incorpora prácticas propias del deporte norteamericano, como las pausas de hidratación utilizadas como espacios publicitarios y un esquema de precios que dificulta el acceso del público tradicional.
Además, el académico cuestiona el contexto político internacional del país anfitrión y advierte sobre las contradicciones que rodean a un evento que se presenta como una fiesta global.
La idea de que los gobiernos aprovechan los mundiales para ocultar medidas impopulares aparece de manera recurrente en el debate público. Reyna reconoce que existe una utilización política de estos eventos, ya que suelen coincidir con anuncios o decisiones sensibles que quedan relegadas en la agenda mediática.
Sin embargo, relativiza su verdadero impacto. “La gente sigue teniendo que comprar alimentos, pagar servicios, medicamentos, transporte o la cuota escolar. No hay espectáculo que pueda borrar la realidad cotidiana”, afirma.
Para el investigador, las emociones que genera el Mundial tienen un carácter transitorio y no modifican de manera profunda la percepción social sobre los problemas estructurales.
La pasión futbolera, concluye, puede unir a la sociedad durante algunas semanas, pero la vida diaria termina imponiendo nuevamente sus urgencias.




