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Querido Pocho Sosa, que viva cogollito que se llevó el otoño

Ha muerto un cantor, Pocho Sosa, uno que forma parte ineludible de la banda sonora de la cultura de Mendoza. Arde la vida y pierde un ícono.

Pocho Sosa cantando en el penal Boulogne Sur Mer. Foto Ulises Naranjo 

Pocho Sosa cantando en el penal Boulogne Sur Mer. Foto Ulises Naranjo 

Querido amigo Pocho Sosa, toca despedirte y que no me asuste el acertijo. Ante todo, Pochito, gracias por la elegancia de irte en otoño, en primavera, por ejemplo, hubiese sido un acto de traición. Fuiste un constructor de identidad en Mendoza, una figura de la cultura que ha dejado un rastro indeleble. Arde la vida ante tu flamante ausencia.

Más de una vez me hablaste al respecto de la muerte, con respeto, sin sobrarla, pero también sin esquivar la evidencias. “Yo ya estoy hecho, hermano, hice todo lo que tenía que hacer, pero tampoco es que tenga ganas de morirme. Yo ya estuve muerto y cuando me desperté, la voz todavía estaba conmigo”.

Aquella frase me la dijo en mi auto, volviendo de la cárcel Almafuerte, adonde lo había llevado a dar un show más a los presos. Venía de un ACV, nada menos y le gustaba mucho ir a cantar a la cárceles; de hecho, fue a cantar a los penales hasta que ya no pudo más, las últimas veces acompañado en percusión y canto por el Eduardo Ordoñez, otro capo, querido amigo, con quien ya se había lucido e los años ‘80, en el café Los Cuatro Gatos, frente al teatro Independencia.

Pocho Sosa Eduardo Ordoñez cárcel
Pocho Sosa y Eduardo Ordóñez, cantando para los presos de Mendoza. Foto Ulises Naranjo

Pocho Sosa y Eduardo Ordóñez, cantando para los presos de Mendoza. Foto Ulises Naranjo

El Pocho hablaba con los presos como se habla a los pibes del barrio, después de un fulbito y entre cervezas. Y en las distintas prisiones a las que fuimos, entre tonadas, zambas y cuecas, dejaba a los muchachos tiritando con sus emociones al desnudo. Sabía lo que hacía en las cárceles porque tenía barrio y tenía fútbol encima, fue un artista popular criado a metros de Arístides Villanueva y Paso de los Andes, de niño y se hizo jugador e hincha de Independiente Rivadavia y construyó código desde ese lugar.

Nos conocimos hace más de treinta años, por guitarreadas y asados en lo del Coco Segura y por notas periodísticas y festivales y, sobre todo, por aquellas increíbles noches en la finca El Resuello de don Ángel Bustelo y su familia -la Turca, Nerina y Fidel-, en las que era normal que, en la mesa, estuvieran sentadas personas como Mercedes Sosa y su hijo Fabián, la Pochi Zimmermann, mujer del Pocho y tremenda bailarina, Horacio Guaraní, el Jorge Sosa, la Mariela Contreras, el Coquito Segura, el Japonés y tantos otros que ahorita me estoy olvidando.

Angel Bustelo Mercedes Sosa y Pocho Sosa
Ángel Bustelo, Mercedes Sosa y Pocho Sosa, en aquellas noches inolvidables. Foto Gentileza Nerina Bustelo

Ángel Bustelo, Mercedes Sosa y Pocho Sosa, en aquellas noches inolvidables. Foto Gentileza Nerina Bustelo

A mí me gustaba joderte, Pochito, con eso de que te habías puesto muy gorila y vos te reías y no aflojabas ni un poquito. A vos te gustaba cada vez más hablar de las viejas anécdotas de tu vida: cuando jugabas picados en el Parque, cuando tu amor por la Pochi al verla bailar, tu larga defensa de la tonada, tu encanto ante el folclore norteño, tu alegría cuando por fin renunciaste al banco y te fuiste a cantar cuatro años a Estados Unidos o la vez que conociste al Jorge en un picado futbolero o cuando la Negra Sosa empezó a apadrinarte y vos le decías “Mami” o cuando te persiguieron durante la dictadura o cuando te daba clases de guitarra Tito Francia… Y mandabas video tras video por Whatsapp con tu hermosa voz encarando bonitas páginas para dejarlas más bonitas todavía.

Ahora voy a extrañar estacionar el auto frente a tu edificio en la calle Mitre y quedarme ahí, en doble fila, a escucharte. Qué cagada, hermano: hay una etapa de la vida en la que a tu alrededor empiezan a caer muñecos que te han acompañado durante muchos años de tu vida y uno en doble fila, apurado y con miedo a la multa.

Voy a guardarme un par de recuerdos, Pochito, serán suficientes: esa vez que metimos las patas en el tanque australiano de El Resuello y hablamos no sé de qué mierda y esa otra vez vos y el Edu cantándole la Tonada del otoño a los presos en un patio de pabellón de San Felipe y todos los pabellones de los alrededores oyéndolos entre barrotes y ovacionándolos. Ya veré de atesorar algunos más. Ah, y voy a recuperar ya mismito esa foto que me enviabas para mi cumpleaños y que alguien nos tomó en un homenaje a nuestra amada Gladys Ravalle. Dame un minuto...

Ernesto Suárez Diana Wol Gladys Ravalle Ulises Naranjo y Juan Comotti
Ernesto Suárez, Diana Wol, Pocho Sosa, Gladys Ravalle, Ulises Naranjo y Juan Comotti.

Ernesto Suárez, Diana Wol, Pocho Sosa, Gladys Ravalle, Ulises Naranjo y Juan Comotti.

He llegado a tu velorio en la Legislatura. Nos damos un largo abrazo con la Pochi, otro largo abrazo con tu hija. Las dos están llorando y yo les sonrío. “Ha sido una hermosa vida”, le suelto a tu mujer sin soltarle las manos. “Sí”, me contesta. Y, en la calle, el otoño en Mendoza decide en ese instante morir con vos y para siempre o al menos durante un año, lo cual viene a ser lo mismo.

Ulises Naranjo