Nuestros hijos: expertos en pantallas y aprendices de la intemperie
Nuestros hijos son mejores que nosotros, pero nosotros somos mejores que nuestros hijos. Arde la vida entre dos mundos y cada quien la resuelve como puede.
Nuestros hijos viven sus propias versiones de la vida. Imagen generada con IA
Hace frío afuera: el otoño quiere ser invierno. Adentro, en el living, mi hija de once años está echada en el sillón sin zapatos, con sus coquetas medias abrigadas, cerca de un radiador de calefacción, bebiendo un té de durazno con azúcar de mascabo. Arde la vida en los pequeños gestos y yo la espío como un simio espía a un simio erguido sobre dos patas, que dibuja bisontes en la caverna ante la mirada de sus hijos.
Galilea con su smartphone conversa en inglés con una niña de Estados Unidos y no entiendo casi nada de lo que dicen, apenas intuyo que hablan de los outfits de los personajes de determinado videojuego, inspirado en la cultura japonesa. A su edad, yo era un simio monosilábico, soñaba con tener Sacachispas, untaba con grasa de vaca las pelotas de fútbol para proteger el cuero de los cascos y buscaba el diseño de avión de papel con planeo perfecto, para ser lanzado más lejos desde los techos o los árboles.
Gali es mejor que yo y la naturalidad con que vive su privilegiada niñez es abrumadora. Yo también vivía mi versión de la naturalidad, a quemarropa, pero con aconteceres marcadamente distintos, allá, en el regazo hinchado de un barrio obrero, en los límites del oeste de la ciudad, apenas a unos pasos antes del zanjón, el piedemonte, el gigantesco basural y la villa miseria.
Mi hija no asume el hecho de que, hace poco tiempo atrás, no existía internet. La televisión, que ella desestima al punto de que podría no existir, a nosotros sólo nos ofrecía dos canales y en verano, cuando tomábamos vacaciones de la escuela, pero no del barrio, porque nadie se iba de vacaciones, la tele empezaba a las seis de la tarde. Los dibujos animados era de una simpleza casi manual, lo cual nos obligaba a imaginar, a construir sentido todo el tiempo a partir de conceptos básicos: persecuciones eternas, combates cuerpo a cuerpo, amores no dichos, disfraces para ocultar la identidad, sueños irrealizables, tesoros perdidos, cosas así, iguales que ahora.
Mi hija es mejor que yo en todo aspecto; yo sólo le gano en años y capacidad de reconstrucción. Ella no considera que, a su edad, su padre no tenía casa de ladrillo ni asfalto ni cloacas ni agua caliente ni teléfono fijo ni microondas ni smartphone ni tarjeta de crédito ni redes sociales ni wi fi ni gps ni notebooks ni home office ni smartwatch ni air frier ni sensores y alarmas inteligentes. De hecho, su padre ni siquiera tenía habitación propia o libros o auto familiar o dos pares de zapatillas a la vez. No era bilingüe ni conocía el mar ni había subido a un avión ni tenía la menor idea de lo que era un violonchelo, un soneto, un nesquik, la higiene bucal, los arándanos, el check out o las fijaciones de las tablas de esquí.
No tiene por qué considerar las diferencias, pues lo importante es que viva lo suyo sin culpa, mirando hacia adelante, erguida como gata de faraón, equivocándose, acertando, cagándose de risa, aceptando al distinto, construyendo su propia versión de la humanidad. Yo hice algo semejante respecto de la vida que vivieron mis padres y, como no me inculcaron ninguna creencia en particular, tampoco sentí culpa por ellos.
A veces, no obstante, siento que podría haber encarado mejor este asunto de la vida, no sé, llegar más lejos, ser más exitoso. Sin embargo, otras veces, como esta, al ver a mi hija disfrutar de su calidad de vida de modesta clase media, quiero agradecerme la ruta transitada. Pude tener mayor dedicación, es cierto, lucir mejor, cerrar más la boca, ser más eficiente, tener más miedo y más respeto y divertirme un poco menos, pero no pude evitar, durante años, haber hecho conmigo lo que me vino en gana. Por eso, por lo vivido, también quiero agradecerme ahora el hecho de haber sido tan salvaje, irreverente y hermoso. Y así fue hasta que tuve hijos.
Vengo de un hogar humilde y de un barrio proletario. Hagamos un repaso de algunas hojas del manual de supervivencia: aprendí a caminar en patio de tierra, entre malvones, y a nadar en zanjones; jugué al fútbol en potreros, me picaron arañas, me hice pis en la cama, pasé días enteros jugando en la calle, cacé aves con la honda y las hice a la parrilla, fabriqué volantines (nadie les decía “barriletes” o "cometas"), me trencé a golpes muchas veces, tuve caídas feroces y arribos nada garbosos a guardias hospitalarias, insulté con una creatividad que sólo el arrabal te ofrece, robé uvas de las viñas, hundí el pan con margarina en el yerbeado, tuve sabañones y pómulos partidos por el frío y mi primer enamoramiento nació y murió azorado en los recreos de mi escuela pública, sin la cual no sería nada de este poco que soy.
Ahora, mi hija vive una vida distinta. Su vida no es mejor que la mía, pero ella corre con ventajas. Yo entendí que debía luchar para estar mejor preparado que mis padres y mi hija, a diferencia de la mayoría de los niños, que conviven con la carencia, no necesita asumir tal desafío. Mis esfuerzos dieron fruto y ella puede leer el libreto de sus días con un poco más de calma, sin bien nada tiene garantizado. A las vacas atadas, las faenaron los aposentados.
Por eso, mientras anochece, disfruto de verla sobre el sillón hablando en inglés con una niña de Illinois, Connecticut o Seattle, bebiendo lentos sorbos de té de durazno con azúcar de mascabo y riendo elegante con todos sus dientes y muelas en la boca. Dejo de espiarla y huyo al patio, lo más parecido a la intemperie de la infancia.
Hace frío: el otoño quiere ser invierno. He disfrutado tantos inviernos que podría morir ahora mismo con esta estúpida sonrisa en la jeta, pero no tengo ganas. Mejor, me haré un yerbeado para sopar el pan con margarina y ver los círculos del aceite flotar entre el vapor. Será suficiente para mí.