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A quemarropa: mi padre nunca me dijo "te amo"

Con verbos o sin ellos arde la vida y ni el letrado más canónico o el artista más rebelde sabe más de la vida que un humilde enfermero con escaso vocabulario.

Algunos padres viven sus amores a quemarropa, sin necesidad de decir te amo. Imagen Midjourney IA

Algunos padres viven sus amores a quemarropa, sin necesidad de decir te amo. Imagen Midjourney IA

Mi padre nunca me dijo “te amo”. No eran palabras propias de un hombre tan tímido y discreto. Decir “te amo” era un montón, una frase rosa y desmesurada, un floreo petulante, innecesario. “Te amo” decían actores y actrices en películas y telenovelas en medio de conflictos inflamados, pocos creíbles, historias que, al fin y al cabo, no eran reales.

Antes, las palabras pesaban como bolsas de cemento: cuando uno las levantaba era para construir la pared de aquello que sería la cocina de una casa. Uno levantaba una palabra y esa palabra no volvía a caer. Uno decía “te lo juro” y el juramento se constituía en monumento. Ahora, ya no es así.

Mi viejo nunca me dijo “te amo”. Nunca hizo falta que dijera tal cosa, porque casi todas sus acciones en la vida fueron promovidas por el amor a su familia. El resto, el poco resto que dedicaba para sí, eran manifestaciones de su identidad cultural: cantar canciones folclóricas, jugar al fútbol, caminar por el campo, tomar el vino compartido con amigos, no mucho más.

Cuando fue envejeciendo, por ejemplo, él me decía te amo de otras maneras, por ejemplo, sobreactuando su buena salud. Corría hasta el almacén con un trote tan elegante como descomedido y alguna vez hasta jugó un partido con mis amigos a los 70. Si había que bajar cosas pesadas del auto, elegía las más pesadas. Era su manera de decirme “te amo y mirá: estoy bien, seguí con tu vida sin preocuparte por mí”. Era su declaración de principio amoroso: “aquí estoy, hijo, y todavía puedo cuidarte, todavía contás conmigo”. Nunca me decía te amo y me lo hacía ver a cada rato, a quemarropa.

Es de noche, él hace mucho murió y su equipo, Racing, juega un clásico, mientras mi hijo Eliseo llega en su auto y me pide que le ayude a descargar las muchas cosas que trae. Me paro de un salto y troto sin pensarlo hasta el baúl y cargo todos los paquetes que puedo. Soy igual a mi padre; soy el padre de mi hijo. Ahora me toca ser el que quiere detener el tiempo y sobreactuar desenfadadamente su buena salud ante su hijo.

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Los padres decían te amo a su manera, porque hay muchas maneras de decir te amo. Imagen Midjuorney IA

Los padres decían te amo a su manera, porque hay muchas maneras de decir te amo. Imagen Midjuorney IA

Sin embargo, a diferencia de mi viejo, digo a mis hijos "te amo" todo el tiempo, varias veces al día. El ejercicio sostenido en la construcción de ese discurso, no obstante, en nada garantiza que mi amor por ellos tenga mejor tonalidad que la que mi padre ejercitó para con los suyos. Ha de ser que las palabras más importantes se parecen a los silencios más importantes.

Gracias a los grandes esfuerzos de mis padres, pude estudiar y disfrutar cosas que ellos no: tener amigos bilingües y novias aposentadas con asombrosas dentaduras, leer a Quevedo, Baudelaire y Beckett, conocer el mar, apostar en el casino, traducir el griego antiguo, llegar a Europa en avión, emborracharme en La Habana, ver en vivo a los Rollings Stones, charlar con Manuel Vicent, filmar documentales en las cárceles, escribir sonetos o comer pulpo a la parrilla en una isla griega.

Hice lo que hice en buena medida porque fui amado, aunque no me lo dijeran. Aquellos silencios paternales poderosos, tener márgenes de vida más amplios y a disposición herramientas más eficientes, me sirven para ser lo que soy: un buen padre. Estoy por nobleza y cultura obligado a decir “te amo” a mis hijos, pero sé que en el fondo no es estrictamente necesario.

Con verbos o sin ellos arde la vida y ni el letrado más canónico o el artista más rebelde sabe más de la vida que un humilde enfermero del oeste de Godoy Cruz que, por recato o limitación, jamás se atrevió a decir te amo. Tal vez el amor, cuando resulte dicho, se vuelva discurso, réplica, espejo del amor. Si el lenguaje construye realidad o describe como vano artilugio de las horas, será desvelo de otra noche, no de esta. Que descanses, te amo.

Ulises Naranjo