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Lionel Messi agoniza en una cárcel, pero sigue jugando a la pelota

En una cárcel, Lionel Messi ejerce su eternidad, pero la humedad se lo come a tarascones. Un símbolo de resistencia que no quiere abandonar el juego.


Lionel Messi agoniza para nadie. Con la camiseta número diez puesta, en actitud de juego, tenso como un soldado espartano, Messi se pudre y a nadie le importa demasiado. En un rincón de una cárcel, su figura pierde color, víctima de la falta de ventilación y la humedad que lo devora. Le faltan los brazos y la pierna derecha, pero con la izquierda busca la pelota. Y su rostro es el de un Cristo navegando su pasión.

Lionel Messi, en la pared, agoniza en plena acción. No es la suya una agonía de mala película: muere peleando y perdiendo partes, como Héctor ante Aquiles, cuando la lanza de fresno le atraviesa el cuello y aun así le permite balbucear el ruego de que su cuerpo no sea pasto de los perros. Lionel Messi muere sin rogar y, ya casi desmembrado, sigue no obstante pretendiendo el balón.

Alguno de los presos lo pintó en ese velado rincón tumbero. El artista dejó en esa obra lo mejor de sí, su legado y, como toda obra de arte o poema, supo cuándo dejarla inconclusa, porque a las obras de arte y a las poesías no se las termina, sino que se las abandona. Podríamos ampliar, además, en el hecho de que todo gran amor y todo conocimiento son experiencias de lo inconcluso, pero no lo haremos.

Volvamos al dramatismo de la obra, que no es sólo la figura de Messi, sino lo que el tiempo y la humedad provocan en ella. El arte jamás debería ser restaurado: la lenta muerte de la obra la llena de belleza, carácter y nuevas significaciones. Restaurar una obra la cambia para siempre. La muerte de la obra es una de las estaciones en las que descansa su belleza.

En los peores momentos y en los peores lugares, uno necesita dejar salir, para sostenerse, cosas que considera hermosas. Necesita tenerlas a la vista, como la foto de un amor o una carta manuscrita, uno quiere que estén disponibles ante la solicitud de la mirada para sentir consuelo. Messi, una virgen de yeso, un cuaderno en blanco, un libro de viajes, un termo con calcos, una bombacha roja, un escudo futbolero, se vuelven anclas para la resistencia.

Un preso pintó a Lionel Messi porque alguna vez fue feliz gracias a él. Le dio cuerpo para poder mirarlo y que se vuelva talismán ante lo inevitable.

Lionel Messi con la camiseta 10, en el mural tumbero. Foto Ulises Naranjo

Estamos en una cárcel y arde la vida y choca contra los muros. Las cárceles son necesarias, pero apestan, dan más cuerpo a la idea de castigo que a la de aprendizaje. Ante esta evidencia, para sobrevivir, hay que sacar lo mejor de uno y darle carácter de símbolo: algo que sostenga el latido y preserve lo vivo, porque de lo vivo nace lo divino.

Hace frío en esta vieja cárcel: es una evidencia ineludible. Hace frío porque estamos en pleno invierno y también porque estamos en una prisión. Hace frío, pero con un grupo de presos tomamos mates dulces y calientes y le convidamos a Lionel Messi. Nadie tiene muchas ganas de hablar. Entonces, afinamos una guitarra y cantamos canciones de amores perdidos. Llora Messi en la pared, desconsolado. En su amarga agonía, nos ha confesado que hubiera dado su pierna izquierda a cambio de saber tocar la guitarra y cantar. Las personas, también Lío, siempre terminamos queriendo aquello más que no tenemos, pero sobre todo aquello que hemos perdido.

Estamos vivos en la cárcel, pero estar vivos en este lugar es una tragedia en cámara lenta. Nadie quiere hablar de eso. Preferimos las canciones. Es mi turno y canto una de una pareja que aprendió a volar: uno cayó desde lo alto y estalló contra el piso y la otra, como Major Tom, quedó volando a la deriva.

Ulises Naranjo