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Canción de amor a lo perdido en los bravos senderos de la vida

Mientras escribo, vuelvo a llorar y sé por qué lo hago: estoy aprendiendo una lección de amor, mientras corro como cabra loca por los senderos de la vida.

La naturaleza es espacio de exploración de uno mismo, donde arde la vida. Foto Gentileza Turmalina

La naturaleza es espacio de exploración de uno mismo, donde arde la vida. Foto Gentileza Turmalina

Hace un año atrás, malherido por las trágicas caricias que a veces nos propone la existencia cuando arde la vida, recibía, a la par de mis dramas, los puñales del invierno. Les dije “y bueno, dale” como quien admite imperturbable los chicos colados en el quince de su hija o a los parientes imperdonables en el funeral de su madre.

Los problemas no son más clementes y livianos cuando hace calor y, aunque parezca que no, los dramas no son más severos con el frío. El invierno, un día nos damos cuenta, es una excelente ocasión para empezar de nuevo en todo y también en el amor. Nada de lo bello sería posible sin el invierno, sin el despojo y la limpieza con que nos bendice el frío.

Ahora, un año después, hay motivos para considerar de otro modo la imposición del invierno. El corazón puede seguir pertrechado en un baldío, pero, en algún momento, algo en él se despereza y un hilo de irrigación tibia viene a premiar la paciencia ante el proceso. Y no es que se trate de que ahora este asunto de la vida sea una comedia rosa, con vals de violines y praderas suizas con cascadas, ovejas blancas y un abuelo pastor con rastrillo en la mano, pero las cosas son bastante mejores. A veces alcanza con que el río retome su curso, para que el puente resista.

Largada de la carrera en Córdoba, puro amor al deporte. Foto Gentileza Turmalina

Largada de la carrera en Córdoba, puro amor al deporte. Foto Gentileza Turmalina

Estoy al pie de las sierras de Córdoba, en la largada de la carrera Turmalina Ultra Trail 2026, un clásico del trail running de Argentina. Hace frío y muevo mis articulaciones y le hablo con cariño a mis rodillas, que me llevarán, junto a varios cientos de papanatas como yo, a correr sin sentido veinte o más kilómetros entre cerros, frío, pendientes, arroyos y cielo abierto.

Todo esto no tiene utilidad alguna ni trascendencia, tal vez no lo hacemos por eso, sino por cotejarnos con nosotros mismos, lo cual tampoco las tiene. También es cierto que algunos lo hacen para filmarse en un video corriendo transpirados y sublimes y que hay quienes asumen que someterse a estas lides los volverá mejores y otros que no corren, sino que escapan. Quién sabe.

Hay un locutor intentando animar a la muchedumbre, hay cuarteto por los parlantes y algunos bailan, hay mujeres hermosas y hombres imponentes por aquí y por allá, hay máquina de humo incluso, abrazos emocionados y, al fin, una cuenta regresiva y ya estamos en camino.

La carrera es un clásico del calendario argentino. Foto Gentileza Turmalina

La carrera es un clásico del calendario argentino. Foto Gentileza Turmalina

Un año atrás, entre otras cosas, mi hermano menor había muerto lejos de casa y me había separado de mi pareja, luego de muchos años de amorosa convivencia. Ahora, estaba corriendo hacia el corazón de las sierras, sin ruta conocida, pleno de incertidumbre, excitación, perdiendo el ritmo de la respiración y ascendiendo paso a paso. Vamos a eso.

Luego de los primeros dos o tres kilómetros, corro junto a una mujer rubia e impetuosa, pues coincidimos en el ritmo. Hay charcos en el sendero, algún cóndor patrullando en el cielo, un ranchito del que sale humo, con gallinas petulantes en la puerta y la gran sombra de los cerros que cae sobre nosotros al amanecer. Habrá que ganarse el sol en la cara a fuerza de músculo.

Cada tanto, algún sacrificado fotógrafo te alienta y te dispara y la mujer rubia, blanca como una página en blanco, resopla esforzada e involucrada en absoluto con su épica. No sé quién es, qué la trajo hasta aquí, a quién dedica sus esfuerzos y qué perdió para salir corriendo a buscarlo con tanto ahínco. Cuando comience la parte más empinada, la dejaré atrás y finalizará, sin más, nuestro romance acompasado. Nos perderemos para siempre.

Saliendo desde La Falda, esta carrera trepa las sierras cordobesas. Gentileza Turmalina

Saliendo desde La Falda, esta carrera trepa las sierras cordobesas. Gentileza Turmalina

Una chica muy joven equivoca por mucho el camino y recupero la importancia de haber aprendido a chiflar, arriándola de regreso hasta la senda del bien. La subida es muy empinada y los cerros, a diferencia de los de Mendoza, son frondosos en vegetación y con menos piedras y espinas. Ya casi en la cima, con el sol en la cara, elijo la senda equivocada y pierdo el sendero. Cinco minutos después, como a veces en la vida, estoy en medio de la nada: el aire es puro y el silencio, abrumador: qué estoy haciendo acá, qué decisión me trajo a esta inmaculada soledad, respiro hondo, saludo a un cóndor y deshago el camino, hasta ver, allá abajo, a la mujer rubia corriendo al final de un grupo.

He perdido casi diez minutos o los he ganado. Andá a saber. Las carreras de trail running imitan a la vida: en ocasiones, lo mejor es desandar, destejer: a veces hay que recular para desenredar. Bajo veloz y descubro que, ahora sí, estoy disfrutando a pleno la carrera. Hay un arroyo, bordeo una cascada, salto un alambrado, paso a algunos corredores, incluyendo a la mujer rubia que se alegra de verme. Nos damos aliento y me alejo, otra vez, para siempre. Ahora, bebo agua con sales, no tengo hambre ni ganas de mirar el reloj. Me siento guapo, lozano y saludable: estoy viejo y me ha pasado de todo, a quemarropa, pero aquí estoy, corriendo una carrera trail running en las sierras de Córdoba, junto a cientos de personas. Quién lo hubiera dicho: la luz es tan atractiva como las sombras.

Llego a un punto de hidratación y, aunque había planeado no parar, lo hago para tomar dos vasos de bebidas isotónicas y llevarme dos gajos de naranja. Pierdo treinta segundos o los gano, andá a saber. Me quedan siete kilómetros hasta la meta y ahora corro agradecido, exageradamente emocionado y entiendo que para sentirme así conduje hasta este lugar. Cuando faltan tres kilómetros, los cabrones de la organización nos desvían del sendero y nos meten a un arroyo frío. Hay que bajar por él, meterse al agua hasta las rodillas, resbalarse en las piedras, pisar el barro, asirse de ramas y aconsejar cautela a los colegas más enardecidos.

Algunos corrieron desde las 4 de la mañana y completaron 36, 51 y 66k. Gentileza Turmalina

Algunos corrieron desde las 4 de la mañana y completaron 36, 51 y 66k. Gentileza Turmalina

Finalmente, llego a la zona residencial. Faltan un par de kilómetros y los vecinos han salido a alentarnos. Qué bonitos son, qué compromiso ponen en la tarea. Sus alientos alientan. A menos de un kilómetro de la llegada, hay una subidita leve, de veinte metros, decido caminarla y recuperar para llegar con todo. Reduzco la velocidad y una vecina entrada en años, vestida con un pijama o algo así, con el pelo desordenado, me grita.

- ¡No, no, no! ¡No vas a parar ahora! Dale, dale, no queda nada. ¡Vamos!

Le hago caso y paso junto a ella, le digo gracias y le acaricio la mano. Estoy conmovido, frágil, humano, demasiado humano. Allá al fondo veo las vallas y la gente. Hay personas con campanas, silbatos y cornetas. Aplauden y gritan y me emocionan más. Llego a la meta y, no sé por qué, lloro.

Horas después, ahora mismo que ha caído la noche sobre las sierras de Córdoba, mientras escribo, vuelvo a llorar, pero esta vez sé por qué lo hago: estoy aprendiendo, mientras corro como cabra loca por los senderos de la vida, a despojarme de lo perdido.

Ulises Naranjo

Ulises Naranjo, periodista de Mdz, tras la carrera en Córdoba.

Ulises Naranjo, periodista de Mdz, tras la carrera en Córdoba.