Depresión en Argentina: José Abadi advierte sobre ansiedad, culpa y sobreexigencia
José Eduardo Abadi analiza el malestar emocional en Argentina, el aumento de la ansiedad y cómo la depresión se relaciona con la culpa y la autoexigencia.
El psiquiatra José Eduardo Abadi conversó con MDZ sobre la depresión.
Agustín Tubio/MDZLa depresión en Argentina se convirtió en una de las expresiones más visibles del malestar emocional contemporáneo. Para el psiquiatra y psicoanalista, José Eduardo Abadi, el clima social actual está atravesado por una ansiedad creciente que ya no se vive como incertidumbre vital, sino como una sensación permanente de amenaza frente al futuro.
Desde su mirada clínica, Abadi advierte que esta tensión emocional sostenida impacta tanto en la salud psíquica como en el cuerpo. Taquicardia, trastornos gastrointestinales, contracturas o mareos aparecen como formas de somatización cuando la ansiedad se transforma en angustia. “La expectativa del futuro hoy es vivida como peligrosa, y eso aumenta la angustia”, explica.
Te Podría Interesar
Ese escenario de ansiedad crónica, sostiene, suele derivar en cuadros depresivos cada vez más frecuentes. Lejos de reducirse a la tristeza, la depresión puede manifestarse como apatía, cansancio extremo, desinterés, enojo generalizado o pérdida de autoestima. En muchos casos, funciona de manera silenciosa: las personas siguen cumpliendo con sus obligaciones, pero se sienten vacías, desvalorizadas y agotadas emocionalmente.
Mirá la entrevista completa a José Eduardo Abadi
Descripción del estado emocional de la sociedad argentina
—Desde su mirada clínica, ¿cómo describiría el estado emocional de la sociedad actual argentina?
—No hay un solo estado. Sin pretender que toda una sociedad quede o pueda quedar como incluida en un solo afecto, sí podemos priorizar un par de situaciones que se están dando de un modo más intenso.
Una es un nivel de, yo diría, como de angustia, ansiedad más importante o más frecuente que antes. Siempre nos acompañaron la angustia y la ansiedad a los seres humanos. El punto es qué nivel tiene y cómo la manejamos. En este momento, los argentinos tenemos una tensión emocional aumentada. Lo llaman incertidumbre e imprevisibilidad, pero no es así porque la imprevisibilidad y la incertidumbre son esenciales al ser humano. Es lo que nos hace buscar, desear, descubrir. Esto es una vivencia de amenaza que tiene el argentino hoy. ¿Qué quiero decir con amenaza? Como que la expectativa del futuro es peligrosa. Entonces, cuando hay vivencia de amenaza y sensación de peligro, crece la ansiedad, se convierte en angustia.
¿Qué pasa cuando la ansiedad se convierte en angustia? Empieza a expresarse también en el cuerpo y empezamos con las somatizaciones a través de lo que llamamos el sistema neurovegetativo. ¿Qué es lo que tenés? Taquicardia, agitación respiratoria, trastorno gastrointestinal, contracturas, mareos, vértigos, la que quieras. Tiene más imaginación que Da Vinci la ansiedad. Y tiene que ver con ese aumento de la expectativa pesimista, que lleva a un después, en un segundo paso, a la otra gran acompañante que tiene la sociedad argentina hoy más que en otros momentos, que es la depresión.
Definición de depresión
—Hablando de depresión, ¿usted cómo la definiría? ¿Y cómo se diferencia de lo que es una angustia o una tristeza?
—La depresión es una palabra que parece querer decir una sola cosa, y en realidad es un síndrome que tiene varios componentes, un cortejo sintomático importante. Muchas veces he tratado de ver si yo pudiera reducir todo lo que sabemos acerca de las múltiples clasificaciones gnoseológicas que hay en un par de palabras para que aclare.
Diría que las dos grandes depresiones que hay son la neurótica y la psicótica. Es cierto, en las clasificaciones hay un montón. Llamamos depresión endógena, depresión reactiva, depresión con malestar crónico físico. Pero si pensamos en una depresión que tiene que ver con una pérdida que la produce... Una pérdida es una pérdida de una persona importante, de un ser amado, de un ideal, de algo que era un horizonte en nuestra vida, y cuando hay esa pérdida hay una reacción muchas veces que, en lugar de poder ser trabajada como admitirla, aceptar la pérdida, elaborarla, convertirla en recuerdos, se nos transforma en algo que nos abate, nos voltea, nos deja encerrados. Eso serían depresiones que están más dentro del orden de lo neurótico.
A veces ciertas depresiones toman un carácter mucho más irracional. Freud habló de —no vamos a explicarlo mucho, es muy técnico— la internalización de la pérdida en el yo y una agresión muy fuerte que hay contra esa persona que se perdió; se convierte en una agresión contra uno mismo y eso se manifiesta a través de los múltiples maltratos hasta la forma última del suicidio del sujeto, donde, como decía Freud: "Detrás de un suicidio hay un homicidio de la internalización de aquello que nos dejó y que, en función de la ambivalencia, queremos, pero también odiamos".
Pero para no confundir a la gente, pensemos en dos grandes tipos de depresión: la depresión neurótica reactiva una pérdida; la pérdida, insisto, no solamente es la muerte de alguien, sino un ideal, una esperanza, una expectativa, y eso genera tristeza, pero no solo tristeza, sino también un cuadro que muchas veces lo acompaña la tristeza y a veces hasta lo sustituye; no aparece la tristeza, pero es la apatía, cansancio, cambio de hábitos, desinterés por uno mismo, dificultad para conectarse con el otro y una especie de enojo generalizado.
Y cuando se convierte a veces en una depresión más profunda, más primaria, que recién les dije psicótica, tendríamos allí un componente muy importante que la diferencia, que es el autorreproche. El depresivo profundo vive diciéndose culpable y autorreprochándose todo, lo cual lo deja en una situación mucho más difícil como acercamiento y para encararlo terapéuticamente. De todos modos, sepamos, esta es mi posición, algunos creen que no, me parece absurdo, que la depresión es un tratamiento que exige tanto lo farmacológico como lo dinámico psicoterapéutico.
Rol de la sobreexigencia y la culpa en la depresión
—Entonces, podemos decir que juega un rol importante la culpa y la autoexigencia para profundizar también la depresión.
—Lo que produce muchas veces la depresión, amén de que la autoexigencia exagerada produce una especie de maltrato con uno mismo, lo que generalmente puede producir una desvalorización de uno mismo, porque tiene mucho que ver la depresión también con causa, que es la pérdida de la autoestima y la desvalorización, tiene que ver con la sobreexigencia.
¿Qué es la sobreexigencia y la culpa neurótica, que es lo otro que mencionás? La culpa neurótica es ser deudor imaginario: no debés nada, pero vivís pagando algo. El problema es que los acreedores siempre reciben lo que les pagás, aunque no tengan derecho a recibirlo. La culpa neurótica entonces estamos siempre en una sensación de castigo permanente, autocastigo permanente, que naturalmente contribuye a un estado depresivo. Y la sobreexigencia es un enemigo nefasto.
Hay cuatro jinetes malditos en la vida psíquica que son la sobreexigencia, la culpa neurótica, el narcisismo y la envidia. La sobreexigencia es: nada alcanza, siempre falta algo, ¿cuándo hacés lo que viene? Es decir, la sobreexigencia es una incapacidad de valorar y festejar el logro del otro primero con vos y este otro internalizado de vos con vos misma. Te fue muy bien, hiciste un buen trabajo periodístico, qué lindo, qué realización. "Sí, muy bien, vamos a ver qué puedo hacer la próxima vez".
No hay festejo del logro, siempre hay algo que falta. Esta sobreexigencia deprime, lo deja a uno con una autoestima baja y la autoestima es fundamental para tener una imagen de uno mismo que se dé confianza, que se dé entusiasmo, que se dé coraje, que se anime y que sepa que el riesgo no es peligro. Hay que saber arriesgar en la vida. Eso no es peligro. Riesgo es la incertidumbre sana, no la enferma. Es aquella que tiene que ver con aceptar lo desconocido como un estímulo y no como un abismo.
Cómo mantener una buena autoestima
—¿Qué se puede hacer en el día a día para mantener una autoestima acorde y no irse ni de un extremo ni del otro?
—Bueno, algo que tiene que ver con la autoestima tiene que ver mucho con la crianza y la educación que uno ha tenido. Es decir, que uno haya sido valorado por los padres, que haya habido tiempo y/o del entorno, que haya habido una valoración de lo que hace, que haya una disponibilidad para jugar en el mundo del hijo, del que crece, y que haya una valoración de lo que aporta, una felicitación, como hablábamos recién de la sobreexigencia, que nunca se felicita, viene el chico con nueve y le pregunta: "¿Cuál fue la que fallaste?".
La autoestima tiene que ver con sentir que uno vale para el otro, que es querido y que lo que hace... Puede meterse el padre o la madre o los otros en el mundo de él. No es que es bárbaro el pibe que está jugando con los cochecitos o lo que sea, y entonces viene un amigo del padre, dice:
—No sabés qué bárbaro mi pibe, vení, querido —ponele que sea filósofo el padre— ¿Quién era Sócrates?
—Sócrates era un filósofo que estuvo en el siglo XV a. C. en Atenas.
—¿Qué era lo que decía Sócrates?
—Yo solo sé que no sé nada.
—¿Qué me contás?
Entonces cree que el hijo es feliz. No, el hijo es una especie de máquina intentando contentar la expectativa del padre y luego lo que le sucede es que no sabe bien qué quiere y quién es. Y se deprime.
De qué trata el libro La curiosidad al diván
—Hace poco usted sacó un libro que se llama La curiosidad al diván. ¿De qué trata este libro?
—Yo lo pondría así. El título me lo puso también la editorial Planeta. Yo no soy bueno para poner títulos. Las tres obras de teatro que puse, comerciales, hice muchas más, pero que gracias a Dios tuvieron bastante éxito. La primera se llamaba Eduardo y Marco Antonio, aquí y entonces. Y vino un famoso dramaturgo argentino, que yo valoraba mucho, y le había gustado mucho la obra, y me dice, y le dice también a la persona que se ocupaba de la producción de la obra:
—¿Quién puso este título espantoso?
—Yo, dije.
—Malo el título.
Aprendí entonces con eso —yo escribí quince libros— la mayoría que mando a la editorial con ese título: "Muy lindo el texto ahí, pero no ese título, lo cambiamos".
El título que había puesto era "Mi valija abierta", porque es un poquito lo que me pasó. Es como abrir una vieja valija y sacar cosas un poco al azar, un poco buscando qué le ha pasado en la vida a uno y que tiene ganas de compartirlas, de contarlas, de resignificarlas, de decir qué le pareció a uno, qué pensaba ese político en ese entonces, qué pensaba yo y qué pienso ahora.
Cuento el desayuno que me invitó Alfonsín en su casa después de ser presidente y la charla que tuvimos, mis encuentros con Menem, con los otros presidentes, que los he conocido a todos menos a los Kirchner, y voy contando la anécdota del detrás de bambalinas y la significación de lo que estaba en juego, lo cual lo convierte un poco en un relato en algún sentido, si vos querés, personal, pero en otros son temas...
Con Lipovetsky es hablar de la posmodernidad, de la felicidad, del lugar de la mujer; con Vattimo, qué es el pensamiento único, qué es la homogeneidad de que todos pensemos lo mismo, qué es no pensar. La charla que tuvimos en casa cuando mi padre lo invitó a Borges, que lo conocí con dos o tres personas más, charlamos acerca de varios temas y algunas frases que dijo me impactaron. Cuando Holan me pidió charlar un poco acerca del trabajo que estaban haciendo con Independiente y pensábamos en el manejo psicológico de algunos jugadores que venían. A mí me gusta la comprensión de las cosas, sabiendo que si uno mira en distintas avenidas, va sabiendo más de cada una de ellas. El que sabe una sola cosa, me temo que no sabe nada.
Importancia de la escucha
—Y la palabra diván me remite a escucha. Y también siento que estas historias que usted cuenta en el libro son palabras que fue escuchando o necesidades que fue escuchando de distintos personajes. ¿Qué rol ocupa la escucha hacia uno mismo y hacia el otro en la sociedad?
—Bueno, muy buena pregunta la que hacés porque son varias cosas las que están ahí. Una, la verdad, que el diván se usa, hoy se usa menos, yo lo uso muchísimo menos. Cuando trabajábamos con pacientes tres o cuatro veces por semana, hace cuarenta años, no se tomaba un análisis una vez por semana. Hoy te diría que es lo más habitual, una o dos veces por semana, y yo para una vez por semana prefiero el face to face, el cara a cara.
Pero el diván era el lugar donde Freud básicamente... Yo, paciente, hice diván, por ejemplo. Yo me analicé muy pocos años, nada más que cuarenta años, y como empecé a los catorce, era un diván, y uno asocia libremente y hay una supuesta relajación, pero eso también se puede hacer frente a frente y hoy en día son importantes los señalamientos y la intervención del psicoterapeuta.
Y mencionaste la otra palabra clave, que es escucha. Qué importante, ¿no? Porque la gente cree que dialogar es decir, más que decir, es escuchar. Y cuando uno escucha, uno aprende, comprende al otro y hay algo nuevo que puede surgir. El secreto de la escucha es que nos pone en relación con el otro; sino es un mundo donde estamos muy conectados, pero poco relacionados.
Es más, la intimidad es el transitarse, transitarse recíprocamente. Así que escuchar es clave, no solamente en la tarea psicoanalítica, sino en la relación con las propias fantasías y lo que le pasa a uno, pero muy importante en nuestros vínculos de amistad. Amistad que es tan esencial en el mundo y que está tan en descenso hoy, en las relaciones amorosas, en las relaciones afectivas con nuestra pareja.
¿Cuántas parejas conocés que, después del tiempo, ya no se escuchan? Se oyen nada más. Entonces hay una distancia que se va creando, que va perdiendo el interés, el erotismo, lo divertido, te dicen: "Estoy embolado, ya sé todo lo que me va a decir". Pero, ¿la escuchás alguna vez, preguntás desde otro ángulo? La riqueza de la vida es la escucha porque tiene que ver con lo nuevo.
Y lo del diván es gracioso. La otra vez escuché porque me llegó en Instagram una muy buena que hicieron los más grandes genios del humor que tuvimos, que fueron Les Luthiers. Y hay un sketch en broma que hacen, que es muy gracioso.
—Y vivimos en una paradoja de esto que usted comentaba anteriormente, que estamos hiperconectados, pero cada vez se escucha a más personas decir que se sienten solas.
—Porque no están relacionadas, están conectadas. Es un monólogo esperando terminar para que el otro diga algo que no voy a escuchar y yo diga otro monólogo más. No hay vínculo. Y cuando no hay vínculo, se está muy solo y se quiere sustituir en el mundo de hoy lo que no somos por lo que tenemos, entonces lo convertimos en cosas, tenemos que comprar, tener, gastar, hacer. Nos convertimos, en lo que llamaba este filósofo coreano, que no me acuerdo del nombre, que vive en Alemania, en una sociedad productiva que termina siendo la sociedad del cansancio y solos.
—Para ir finalizando, ¿qué cosas cotidianas ayudan a cuidar nuestra salud mental?
—A mí es una pregunta que me asusta esa que acabás de hacer porque, por un lado, puedo decir algunas cosas, pero es que me asusta toda esa gente que vive haciendo recomendaciones. Escucho a gente que te dice: "Sea feliz, duerma siete horas, cuando se despierte, trate de no salir rápido de la cama, porque eso le va a hacer sentir como que entra en un vértigo de a poquito. Primero con la pierna una, después la otra. Respire y después vaya y tome un poco de agua, porque el agua... no demasiado largo el vaso, sino usted va a orinar demasiado, porque eso le va a medir el colesterol. El colesterol es muy importante. ¿Cuánto colesterol tenés? Tenés que saber y comé verdura".
Y te dan tantas recomendaciones que uno parece que quisiera gritar: "¡Quiero ser enfermo, por favor!". Así que la idea de los tips a mí me aterra. Ahora, si me decís algo que es importante, que yo creo, para alcanzar algo de la felicidad posible, yo creo mucho y hay un libro que escribí que se llama De felicidad también se vive, donde hablo de la felicidad posible. Tiene que ver con poder estar en relación con el otro, de verdad, escucharlo y poder imaginar, poder compartir, poder jerarquizar el placer, poder disentir y poder tener la templanza de aceptar que la vida tiene dolores y sufrimientos que son inevitables.
Tenemos pérdidas, tenemos frustraciones, no es cuestión de negarlas o no es cuestión de tomar esto para que se te vaya mañana. Aceptar la complejidad de la vida. Tiene cosas muy duras, tenemos cosas que nos hacen sufrir. Hay una solución, pero hasta ahora dio pocos resultados, que es la que propone Woody Allen: "No sé si Dios existe, pero si existe, hacele juicio".
