Presenta:

En un lugar de Latinoamérica, de cuyo nombre no quiero acordarme...

Alrededor de las terminales de colectivos no solo circulan ómnibus: también conviven historias, tensiones y escenas de la vida urbana.

En la vereda de la terminal, frente a uno de sus varios accesos, decenas de colectivos urbanos tienen las “paradas” en donde cargan a quienes llegan a la ciudad.

En la vereda de la terminal, frente a uno de sus varios accesos, decenas de colectivos urbanos tienen las “paradas” en donde cargan a quienes llegan a la ciudad.

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Las terminales de ómnibus, se me hace, son iguales en toda Latinoamérica: desde el norte de México al sur de Argentina o Chile. Y más allá de denominar a los medios de transporte que por allí pasan con distintos nombres, entre ellos autobús, micro, guagua, bus, bondi, liebre, camello, camión o colectivo, lo cierto es que, en el entorno de esos lugares de paso, la gente y la dinámica diaria es más o menos la misma. Se me hace que es así: no es que las conozca a todas, ni tan siquiera a muchas más que tan solo a algunas.

Así es como me ubico, hipotéticamente y solo a los fines descriptivos, en un banco frente a una de nuestras terminales latinoamericanas para observar el hábitat que me rodea. Es una de esas noches que, aunque recién nacen, amenazan con morir en tan solo un par de horas; y observo la que puede llegar a ser una pequeña postal de la vida que allí se desarrolla, en ese microclima “de paso”. Hay a mis espaldas, en el barrio humilde que ha crecido adaptándose a los horarios de los colectivos, un pequeño hotel, más económico que de buena calidad, y que sobrevive con el solo objetivo de albergar a quienes llegaron en un bus que arribó a destino muy tarde o que sale temprano por la mañana; da igual, difícilmente sirva de alojamiento por más de una jornada.

Caminar
Camina sola por las veredas sucias con sus cabellos teñidos de un tono claro, muy claro, con su minifalda corta, muy corta.

Camina sola por las veredas sucias con sus cabellos teñidos de un tono claro, muy claro, con su minifalda corta, muy corta.

Veo a una mujer, no muy lejos de esos años en los que era una niña y en los que debe quizá haber estado jugando con sus amiguitas; camina sola por las veredas sucias con sus cabellos teñidos de un tono claro, muy claro, con su minifalda corta, muy corta. Es de habitar también (por decirlo de algún modo) al hotelito del barrio, por breves períodos de no más de dos horas, con algún circunstancial acompañante que la aleja cada vez más de la niñez, que la pone en conocimiento de causa de que, para comer, hay que ganarse el pan con los medios que se tenga al alcance, solo por hoy, mañana, veremos...

Hay también un bar, con música no muy fuerte, que por la mañana entrega algunos desayunos y a la noche lo que sea que se consuma; cualquier alcohol que sirva para calmar las angustias de otro día sin triunfar en la vida. En la única mesa ocupada del lugar está sentado un muchacho, solo, de remera negra, con un vaso enfrente medio lleno, o tal vez sea más correcto decir que es un vaso medio vacío de cerveza. La botella, ahicito nomás, declara que la mayor parte del brebaje ha sido ya consumido; el hombre solamente mira al vaso y dormita, a veces sobre la mesa, a veces sentado, sin más almas a su alrededor que solo la suya, si es que aún le habita en el cuerpo el espíritu que aquel cura le metió una vez, a fuerza de agua bendita en la frente: llanto y un padrino ausente, es todo lo que quedó de aquella lejana mañana de domingo. La soledad es un amigo que no está, dijo una vez un poeta; así que, poéticamente hablando, también estaba solo el tipo, para qué negarlo.

En la vereda de la terminal, frente a uno de sus varios accesos, decenas de colectivos urbanos tienen las “paradas” en donde cargan a quienes llegan a la ciudad, para así trasladarlos a su destino final. Muchas personas que cumplen tareas en la zona también toman ahí el transporte. Son seres etéreos, vivos pero de cuerpo nomás (al menos por el momento) cansados, con todo el peso de la jornada laboral derramado sobre sus espaldas, y que miran a las pantallas de sus celulares para relajar; hasta que un micro los lleve a sus hogares, en los que quizá su descendencia, ya dormida, habrá pasado otro día sin “presencia paterna o materna”. O ambas. Escurriéndose entre la gente observo a un hombre, quizá excedido de alcoholes, que hace equilibrio para no caerse, y al menos por el momento lo logra; pasados unos segundos, sigue gesticulando con sus brazos y piernas, como en un baile celestial: quizá no sea el alcohol, sino alguna situación más permanente puertas adentro de su cabecita semi-rapada, la que le genera esa actitud. Pareciera que sí, que es uno de esos tristemente tradicionales “locos lindos” que merodean por lugares con mucho movimiento de gente, en la búsqueda de una ayudita para sobrevivir; como la mujer de la minifalda, solo por hoy, mañana, veremos...

Cerveza
En la única mesa ocupada del lugar está sentado un muchacho, solo, de remera negra, con un vaso enfrente medio lleno, o tal vez sea más correcto decir que es un vaso medio vacío de cerveza.

En la única mesa ocupada del lugar está sentado un muchacho, solo, de remera negra, con un vaso enfrente medio lleno, o tal vez sea más correcto decir que es un vaso medio vacío de cerveza.

Las horas pasan y la gente desaparece, entre las penumbras y los transportes que parten con rumbos imprecisos. La medianoche se acerca, y un pibe se me para enfrente, me habla, me avisa que no me asuste, que no me va a robar, que le quedan por vender dos pares de medias y si los vende se vuelve a la casa: acepta pago con billeteras virtuales. Pago, agarro las medias y me voy. En un lugar de Latinoamérica, de cuyo nombre no quiero acordarme, miles de quijotes y dulcineas descansan, a la espera de otro colectivo que mañana tempranito los cargue nuevamente, quizá antes de que se despierte el resto de la familia, para cruzarse con el amanecer ya en camino a sus tareas habituales…

* Pablo R. Gómez, escritor autopercibido.

IG: @prgmez