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Bebé herido en la montaña: ¿lo salvamos o dejamos que se lo coma el carroñero?

Un bebé guanaco herido, un cóndor esperando su alimento y una pregunta incómoda: ¿tenemos derecho a intervenir cuando la naturaleza sigue su curso?


A vivir que son dos días, descolgalos del laurel”, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

La foto es una cagada, ya la verán, pero la escena es dramática. Sucedió hace poco, en las faldas de un cerro de Potrerillos, Mendoza, Argentina. Una guanaca (la supongo hembra, rigurosa, dadora, madre) está de pie, esbelta y conmovida, sin saber qué hacer. Junto a ella, yace su cría herida de muerte y se niega a abandonarla, mientras un enorme cóndor (lo supongo macho, pragmático, lacónico y apático) aguarda a dos metros, vestido de muerte, con encomiable y ceremoniosa paciencia el deceso del chulengo. Un poco más abajo, un colega se resigna a un papel secundario, casi decorativo.

Arde la vida y viaja, a quemarropa, de la agonía de la cría vulnerable a la silenciosa desesperación de la madre y de la húmeda espera del cóndor, al espionaje cobarde de la escena, a cargo del observador humano, un servidor, que todo delata y nada remedia, porque en esta historia no hay héroes.

El cóndor es carroñero, no mata; el cóndor limpia, fija y da esplendor, si bien hay registrados algunos eventos de depredación a su cuenta. El cóndor no tiene garras prensibles fuertes como para sujetar o matar, pero se ha visto a algunos empujar a crías o presas heridas abismo abajo y hasta matar con su pico algún roedor o lebrato. Sin embargo, son casos aislados, pues el cóndor sigue siendo un rapaz carroñero obligado, un gran purificador del ambiente, acelerador de la descomposición de cadáveres y saneador preventivo de posibles enfermedades. Volvamos a la escena.

Bajando de una cumbre en nuestra cordillera, con un grupo de amigos caminamos cerro abajo y, de pronto, la escena nos sorprende. Sucede a unos doscientos o trescientos metros. Es difícil dar con cóndores en el suelo y a corta distancia, pero la promesa de alimento lo amerita: una cría de guanaco malherida. Intento entonces acercarme todo lo que puedo para tomar la imagen, amparado como un cobarde por una enorme roca. Una mala fotografía es todo lo que consigo con mi mediocre teléfono chino.

Arde la vida: un par de guanacos y un par de cóndores escenifican la vida.

Entonces, se me plantea el dilema: ¿rescato al bebé guanaco y lo llevo a un veterinario o permito que la espera del cóndor, que tiene hijos, sobrinos y amigos atorrantes, tenga su premio?

Apoyado contra la roca, me quedo tieso para no alterar la escena. ¿Quién soy yo para cambiar el curso de los hechos? Nadie, no soy nadie y no haré nada. Así es el acontecer en el campo, con su estabilidad, y hay que respetar las dinámicas de supervivencia, los ciclos ecológicos y las complejas relaciones del ecosistema: aunque inventemos religiones, castigos legales, códigos morales y recetas veganas, nos matamos y nos comemos unos a otros, ya sea por instinto biológico, placer, accidente o por la incuestionable necesidad, esa biblia impiadosa de lo vivo contra lo vivo. La ciega, la severa necesidad es la madre más genuina de ese constructo que llamamos realidad.

Sobre el agitado resollar del chulengo agonizante (lo supongo suave, gracioso, tierno, desesperado) hay tres cóndores más haciendo las veces de cuervos, dibujando círculos negros, mientras el sol de la tarde declina y agrega a la geografía una dulzura amarga, una letanía cruel, un vals innecesario.

Todos somos el chulengo de otro, todos tenemos un cóndor esperando por nosotros. Todos atravesamos la vida como si fuese larga y al final del túnel no hay más que gusanos desaprensivos y laboriosos. Si Dios existiera, puede que no sea más que un fotógrafo mediocre escondido tras una roca, con su teléfono chino, viendo el dolor desde lejos. La naturaleza, en cambio, es puro movimiento sin juicio, una urdimbre de ciclos, conflictos y transformaciones, y nuestra sentimentalidad le transfiere una trascendencia exagerada. ¿Quiénes somos nosotros para decidir cuándo cambiar el curso de los hechos?

La minúscula y absurda vida se desmorona todo el tiempo, para reconstruirse al rato, con una ligereza petulante, claramente macabra, singularmente hermosa. Los únicos gestos de lo sagrado que perseveran son los quejidos musicales del chulengo y la silenciosa paciencia del cóndor, que también sabe que otro cóndor espera por él para hincarle el diente pasado mañana.

"Todos somos el chulengo de otro, todos tenemos un cóndor esperando por nosotros", dice el autor. Imagen generada con IA

“No somos nada”, dicen algunos, pero es peor: somos casi nada durante casi nada de tiempo. No obstante, el desafío consiste en rascar con nuestras uñas la existencia y no dejar el mundo peor que como lo hallamos al nacer. Aprender de la belleza, por ejemplo, que se manifiesta, ahora mismo, en el vuelo rasante de las aves accesorias en el cielo: cóndores que dejan silbos como de flechas espartanas. La belleza, incluso, es persistencia y la vida persiste porque persiste la descomposición. La putrefacción, que no es bonita, es el eslabón perdido, el único milagro verificado y nuestro único testimonio fiable de paso por el tiempo.

Sin embargo, bueno, está bien, seamos piadosos: aceptemos que el desgarrado amor de esa madre guanaca es hermoso y lo es porque sabe a despedida: el amor es el amor a lo perdido. El vuelo y el adiós son los huesos que sostienen el legado, líquido elemento del amor. Vivir es sacar fotos desde lejos y para nadie. Morir es un trámite ineludible también para los guanacos, así funciona la trama de lo vivo. Ya bajen, muchachos, llega la noche y la cena está lista.

Ulises Naranjo