A quemarropa: uno cultiva para recordar y otro corre para olvidar lo que cultivó
Una carrera en Luján de Cuyo, un jardín en El Bermejo y dos amigos con modos distintos de convivir a quemarropa con aquello que ya no vuelve.
Arde la vida, a quemarropa, y une a dos amigos y sus formas de vivir. Imagen IA
Es domingo, no son todavía las 8 de la mañana, la temperatura es de dos grados bajo cero y estoy con ropa liviana, en una cola humana epiléptica, esperando el quejido de una sirena a quemarropa para empezar la carrera Luján Corre de algunos kilómetros por las calles de mi casa. Todo esto no tiene sentido.
Sentido tiene que, ayer, mi amigo Juan me enviara fotos de un hermoso lirio violeta y un narciso amarillo del jardín que su madre levantó con sus manos en la casa de El Bermejo.
— Mamá te dice buen día, me escribe Juan.
— Decile que le digo buen día, Gladys, te extraño y te quiero mucho, dondequiera que estés.
La belleza de las cosas que hacemos sobrevive a la muerte, lo sé, pero estoy atravesando una época confusa y no encuentro mejor cosa que correr absurdas carreras para superar u olvidar versiones de mí que fueron hermosas pero se marchitaron. Mi amigo hace algo parecido con su jardín.
Juan está tan solo como yo, si acaso hubiera dos soledades iguales, que no las hay. Él cuida el jardín que heredó de su madre, yo hago fila para correr una carrera y descubro que corro para quitarme de encima algunos tesoros de mi pasado. Él conserva lo amado y yo lo suelto. Juan cultiva; yo incendio. Juan se detiene en su patio. Yo salgo a la montaña hasta perderme en ella. Intuyo que el vacío es primera condición para la siembra.
— No, en serio, gil, no te hagás el poeta. ¿Para qué mierda corrés por ahí?, me lanza Juan.
— Corro porque puedo correr.
Corro porque allá adelante está el que voy a ser y detrás de mí sonríe el niño que fui. Correr es un juego que esconde el milagro que Coleridge llamó la suspensión de la incredulidad. Corro porque me gusta el frío y el agua con hielo los días de calor. Corro porque dejo la casa limpia, el trabajo semanal planificado y porque no tengo invitaciones para dármela en la pera. Corro porque dejé las drogas y no recuerdo dónde.
— Qué paja.
Corro porque tal vez corriendo encuentre a alguien en un sendero de chañares y jarillas. Corro porque, como todos, moriré y mis hijos dirán “mi papá corría y ahora no sabemos qué puta hacer con las medallas”.
He descubierto que corriendo desnudo mis emociones, atrapadas en este papel de caballero medieval que pago en cuotas. Corro porque cuando termina la carrera lloro un rato y pierdo peso, en lugar de navegar en el mar de pelotudeces en el que naufragamos a diario los humanos.
Es domingo a la mañana en Luján de Cuyo y la cuenta regresiva de la carrera marca sesenta segundos. Cada quien en esta larga fila sabe qué cosas pone en juego. El frío es impiadoso, pero no vinimos a buscar piedad. El frío tampoco es para tanto. Todo esto no tiene sentido.
Sentido tiene para mí que Juan cuide el jardín de su madre. Debería poner a punto el mío, ya casi es primavera. Empezaré esta tarde. Juan se propone empezar a correr para bajar la panza. Empezará mañana o pasado.
Suena la sirena y me echo a andar. Corro, aunque no voy a ningún lado. Juan cuida el jardín, aunque Gladys no volverá para abrazarlo. Lo que vuelve es la primavera, aunque trae flores que no saben nada de nosotros.
Ulises Naranjo (In memoriam, Gladys Ravalle)