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Trail running en Ñacuñán: las dunas nunca son las mismas

Una carrera de trail running de 21 kilómetros por el secano de Ñacuñán se convierte en una confesión sobre la soledad, la amistad y el dolor.

En Ñacuñán, hay una carrera de trail running que es ya un clásico. Foto Giuliana Santucci

En Ñacuñán, hay una carrera de trail running que es ya un clásico. Foto Giuliana Santucci

Por qué hacemos lo que hacemos, pienso mientras atravieso corriendo una duna en la Reserva de Biósfera de Ñacuñán. Es invierno, hace un frío de cagarse, el cielo está nublado y los pies se hunden generosos ante la solicitud de la arena. El trail running es una actividad innecesaria; algunos dicen que se hace para sanar o para no enfermar. Cómo joden con eso de “sanar”. No sé si ahora hay más gente sana que antes. A la larga, nadie termina sano. Correr para evitar lo inevitable.

Termino la duna y aparece otra. Llevo diez kilómetros corriendo como un coyote taciturno sin correcaminos. Qué otra cosa haría. Vivir consiste en administrar como se pueda escasos recursos existenciales durante un breve lapso bajo un universo absurdamente grande y oscuro, en el que, no obstante, hay buenas noticias como el amor, el otoño, los repasadores, la soledad, las mandarinas, el alambre, el vino, los libros, los hilos de agua, el romero, la intemperie y ciertos cuellos tibios donde dejar caer un beso. Correr para borrar los pizarrones.

Termino la duna y aparece otra. Ya no es gracioso. Este secano se parece a un desierto. Tantas cosas se parecen a un desierto: personas, paisajes, promesas, ecuaciones, recuerdos, pero la Tierra no ha sabido hasta ahora fabricar desierto alguno, porque siempre la ley de lo vivo se entromete y se carga hasta los cadáveres. Ñacuñán, por ejemplo, tiene un ecosistema y una belleza sorprendentes. Aquí la carencia de agua todo lo determina y aquello que vive y sobrevive es, entonces, lo mejor de la flora y de la fauna, la vida valiente. Correr para saberse indefenso, condición para ser valiente y sobrevivir con lo que hay.

Termino la tercera duna y aparece otra. ¿La vida valiente es la que no pide ayuda, la que se contenta con lo que hay? No está bueno aislarse y contentarse con lo que hay. Pienso ahora en mis dificultades para pedir ayuda. No recuerdo una vez en la que haya llamado a un amigo para que habláramos de mi pena o de la ausencia. Los encuentros se dieron, sí, pero no los provoqué. A veces luzco arrogante para mantener mi congoja intacta. A veces callo porque el mundo no sabe qué hacer con mi franqueza. A veces me muestro impenetrable porque soy perro guardián de mi fragilidad.

Hoy, por ejemplo, viajé hasta aquí con una amiga, Luci, y si bien jamás le había contado cosas de mí, esta vez lo hice durante todo el trayecto. Le dejé ver las enaguas de mi tristeza. Luci es hermosa y está enamorada de mi amigo Facu y, cuando salen, se toman fotos riendo y besándose, a veces yo mismo se las tomo. Y tocan la guitarra y cantan y escriben poemas y aman la ropa de lana. Es muy lindo todo eso, pero hay que ganárselo para después perderlo y, entonces, si somos dignos, recibir la epifanía. Correr para ventilar este agujero en el pecho. Un agujero es mejor que nada.

Termino la cuarta duna y allá al fondo hay dos personas. Llego hasta el lugar: son dos chicas de la organización de la carrera, abrigadas como osos. Me ofrecen agua y trocitos de frutas. “¡Muy bien, me dicen, muy bien! Ahora tenés que volver por el mismo camino”. ¿Qué? ¿El de las dunas? “Sí, el de las dunas. Vamos, me dicen, ya hiciste la mitad de carrera”.

Voy a tener que dejar fluir nuevos pensamientos, porque arde la vida.

Ulises Naranjo corriendo la carrera de trail running en Ñacuñán. Foto Giuliana Santucci

Ulises Naranjo corriendo la carrera de trail running en Ñacuñán. Foto Giuliana Santucci

Las dunas de acá para allá no son las mismas dunas de allá para acá. Las dunas nunca son las mismas, yo mismo las modifiqué con mi reciente tránsito reflexivo. Ahora recuerdo aquella frase de Borges: “Estoy modificando el Sahara”, escrita después de tomar un puñado de arena al pie de las pirámides y arrojarlo unos metros más allá. Pienso si haber leído la obra completa de Borges me hizo mejor persona. La literatura y el arte no están en el mundo para mejorarlo, pero a veces, como daño colateral, lo mejoran. Conocer te hace vacilar, te quita seguridad y te mejora; estar seguro, creído, convencido, te empeora. Correr para convivir con la duda y los pesares.

Andar 21 kilómetros por el secano de Ñacuñán te involucra con él. Ahora pienso que, de no ser por esta competencia, no hubiera conocido detalles de este paraíso. Eventos sin propósito como porfiar a las zancadas o subir cerros te obligan a hacer las paces con la incertidumbre, a convivir con los dolores, a disfrutar de amistades insospechadas, a valorar el sorbo de agua, la brisa en los pómulos y la emoción en las cumbres y llegadas.

Las dunas quedaron atrás. Cuánta belleza para casi nadie. Ahora, sobre arena floja, espinas marrones, algún rapaz y un silencio de sepulcro, atravieso el cuero de la Tierra y me siento feliz y agradezco el privilegio de tener piernas para regalarme esta aventura. Correr porque cuando corro soy aquel niño que urdió una épica y me resisto a traicionarlo.

Termina la carrera y hay abrazos de amigos en la meta y, después, un fuego encendido, lomos a la plancheta y algún vino tinto. Corremos para estar juntos, porque estamos solos bajo el inmenso cielo de Ñacuñán y sus dunas que, al igual que nosotros, ya no son las mismas.

Ulises Naranjo