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La paradoja del Cementerio de la Ciudad de Mendoza que el mapa ubica en Las Heras

El Cementerio de la Ciudad de Mendoza está cuatro cuadras al norte del zanjón de los Ciruelos, en Las Heras. La historia explica por qué sigue llamándose así.

Julieta Caballero - MDZ

Hay un dato de orientación mendocina que nos indica que Capital hacia el norte termina en la calle Coronel Díaz y en el emblemático zanjón de los Ciruelos. Inmediatamente después empieza Las Heras. En San Martín al 1100 está el Cementerio de la Ciudad de Mendoza. Es decir, cuatro cuadras al norte del zanjón.

Y acá nace nuestra pregunta disparadora que es, en principio, una paradoja nominal: una contradicción entre el nombre y la realidad física concreta. ¿Por qué el Cementerio de la Ciudad se llama así si queda del otro lado del zanjón de los Ciruelos, adentro del departamento de Las Heras?

Límite entre Ciudad de Mendoza y Las Heras.

Límite entre Ciudad de Mendoza y Las Heras.

La respuesta es muchísimo más sencilla que la pregunta. Y hay que buscarla en la historia de una ciudad que primero construyó su necrópolis y después terminó de discutir sus propios límites geográficos y, según explica Juan Carlos González, historiador y guía del cementerio, también en una razón bien concreta: el dinero.

Una ley que tardó dieciocho años en cumplirse

Todo arranca en 1828, con una ley que buscaba sacar los entierros de adentro de las iglesias y llevarlos a un espacio público y extramuros, es decir, alejado del poblado. Hasta entonces, los muertos de Mendoza eran sepultados en iglesias, conventos, hospitales o en sus alrededores. La Iglesia tenía un papel central en esas prácticas y resistió el cambio, por lo que el proyecto tardó casi dos décadas en concretarse.

El cementerio finalmente quedó terminado y abrió oficialmente sus puertas el 1 de agosto de 1846. El primer entierro registrado fue el de Juan Moisés Gómez, un bebé de apenas cuatro meses, aunque para entonces ya se habían producido otras inhumaciones en el predio.

La nueva necrópolis buscaba reemplazar progresivamente los entierros en los templos y establecer un espacio público para la muerte. Sin embargo, las diferencias sociales también encontraron su lugar entre las tumbas. Como explica Juan Carlos, "los cementerios funcionan como una ciudad. La gente con plata y poder en las calles principales. En las afueras, el pueblo".

El contraste todavía puede verse: grandes y elegantes mausoleos en los sectores centrales conviven con centenares de pequeñas lápidas, una al lado de la otra, en una suerte de monoblocks populares.

Para entonces, el cementerio ya tenía historia propia. La Ciudad de Mendoza tuvo su propia municipalidad en 1868, y poco después, en 1871, el gobernador Nicolás Villanueva creó formalmente el Departamento de Las Heras. Cuando ese límite quedó trazado, el predio del cementerio pasó a estar geográficamente dentro de Las Heras, aunque su administración permaneció en manos de la comuna capitalina. Desde entonces, el cementerio funciona como una isla dentro del departamento vecino.

Ahí aparece la primera clave de nuestra paradoja: cuando los límites terminaron de definir de qué lado quedaba cada territorio, el cementerio ya estaba ahí.

De ruina a museo a cielo abierto

El 20 de marzo de 1861, el terremoto que arrasó Mendoza no distinguió entre vivos y muertos. La necrópolis quedó completamente destruida: muros abajo, féretros abiertos, un escenario que los relatos de la época describen sin metáforas —directamente dantesco. Durante años el lugar fue tierra de nadie: perros sueltos entraban al predio y arrastraban cuerpos hacia la calle. De ahí viene, de hecho, una costumbre que todavía se ve en los sectores más antiguos: sepulcros protegidos con rejas y corrales metálicos, construidos no por estética sino por necesidad.

El cementerio tardó en levantarse, pero cuando lo hizo, lo hizo con ambición. En la década de 1880, bajo la intendencia del médico peruano Luis Carlos Lagomaggiore, se reordenó todo el predio: trazados simétricos, panteones monumentales, esculturas de estilo romántico francés y neogótico. La idea ya no era solo enterrar: era construir un relato. Hoy esa apuesta se nota a simple vista —caminar por el sector antiguo es, literalmente, recorrer un museo de arte fúnebre al aire libre.

Ese carácter de museo tiene, además, sus propios artistas con nombre y apellido. La mayoría de las puertas de los panteones son de catálogo, pero algunas familias encargaron piezas únicas a escultores locales. Mario Vicente firmó al menos dos puertas; José Cardona, otra. En la tumba de Faud Toum Ausim, un abogado oriundo de Lavalle, defensor de los derechos humanos durante los años previos al golpe de 1976, encarcelado por el gobierno de Isabel Perón y luego exiliado en Perú, hay con una puerta del "obrero del metal" Roberto Rosas y frisos de piedra tallados por el escultor Roberto Trasobares. Una obra de arte con decenas de detalles.

Escultura realizada por el escultor mendocino Roberto Rosas, el herrero mágico.

Escultura realizada por el escultor mendocino Roberto Rosas, el herrero mágico.

Escultura de Mario Vicente, pintor, grabador, muralista, diseñador y docente mendocino.

Escultura de Mario Vicente, pintor, grabador, muralista, diseñador y docente mendocino.

Escultura de Roberto Trasobares en la tumba del

Escultura de Roberto Trasobares en la tumba del "pintor de Mendoza", Fidel De Lucía (1896-1956).

También hay una simbología propia que se repite entierro tras entierro: las llamadas "lloronas", figuras femeninas esculpidas en actitud de duelo, que cumplían la doble función mientras más gente llora: por un lado mostrar el poder adquisitivo de la familia y, al mismo tiempo, ayudar al alma del difunto a desprenderse del mundo terrenal. Los racimos de uva y las hojas de parra, tan propios de Cuyo, también tienen una lectura religiosa: remiten al episodio bíblico de los mensajeros que Moisés envía a explorar la Tierra Prometida y que regresan cargados de uvas, por lo que en el cementerio funcionan como símbolo del cielo.

Esa impronta artística tiene, a su vez, un origen europeo. Según Juan Carlos, la costumbre de construir mausoleos como pequeñas capillas familiares —con su propio altar y símbolos religiosos— llega desde Francia, especialmente después de la Revolución Francesa, cuando la disputa entre religiones impulsó a las familias a edificar sus propios espacios de culto privado dentro de los cementerios.

Entonces, ¿por qué "de Capital"?

Acá está el nudo. Cuando se terminaron de trazar con precisión los límites políticos y geográficos de la provincia, el terreno donde estaba el cementerio quedó del lado que hoy es Las Heras. Pero para ese momento ya era tarde para cambiarle el nombre o el dueño: la Ciudad de Mendoza había puesto la plata para crearlo, tenía los títulos de propiedad, y —el argumento más fuerte de todos— ahí estaban enterrados sus ciudadanos prominentes y las familias fundadoras de la Capital.

Juan Carlos agrega una razón adicional, más terrenal: en el siglo XIX, Capital no tenía viñedos ni fábricas ni una industria propia que le generara grandes ingresos, más allá del comercio de sus vecinos. El cementerio, en cambio, era un negocio en sí mismo. Las familias con dinero pagaban por tener su lugar ahí, y esa renta —dice— explica por qué a las autoridades capitalinas les convenía retener esa tierra en lugar de cedérsela al nuevo departamento. Las tierras, además, se habían adquirido originalmente a través de Francisco Zapata, pero la propiedad y la administración quedaron siempre en manos del municipio, nunca de privados.

Mudar un cementerio no es fácil y, aunque suene raro en el mapa, la administración se quedó en manos de la Municipalidad de la Ciudad de Mendoza, mientras el terreno físico siguió —y sigue— perteneciendo a Las Heras. La vereda es Las Heras y adentro, Capital. Una curiosidad de hace más de un siglo y medio con apenas algunas cuadras de distancia entre un departamento y el otro.