El tren del azúcar, Bolivia y el Club Atlético Argentino: la historia detrás del sentido de pertenencia
En San José el tren trajo mucho más que azúcar del norte. Familias enteras vinieron de Bolivia, se quedaron y el Atlético Argentino adoptó su apodo.
Hay un lugar en Guaymallén donde la historia se puede tocar con las manos: un tren, Bolivia, y un club de fútbol. La historia nunca es una sola. La riqueza está en esas relaciones sociales que se tejen como hilos y que nos hacen entender el presente. Las calles que pisamos, alguien las pisó antes.
Ahí donde vemos una escuela, antes fue una estación de tren. Donde vemos un barrio, antes fue baldío. Ahí donde hay verduras para llevar a la mesa, antes hubo manos que las cosecharon. La historia de los lugares que habitamos son los cimientos de nuestro presente.
Donde hoy se encuentra la Escuela de Niños Cantores, calle Godoy Cruz casi Mitre, funcionó la Estación Belgrano, a la que llegaba el llamado "tren del azúcar", proveniente del norte azucarero. En el corazón de San José, la antigua estación permanece hoy en silencio, con el paso ocasional de formaciones de carga. Es el último recuerdo visible de una época en la que por allí circulaban miles de personas. A pocos metros, sobre la avenida Mitre, una cancha de fútbol reúne cada fin de semana a una hinchada que entona un apodo que tampoco es casual: "el Boli".
Entre esas dos postales —la estación dormida y la tribuna despierta del Club Atlético Argentino— está la historia del Guaymallén que se construyó, en parte, gracias a quienes llegaron de Bolivia para trabajar y buscar una vida mejor para sus familias. Una historia que hoy convive con un clima de época que no le es ajeno. El racismo y la xenofobia volvieron a instalarse en el centro del debate público, con discursos de odio que circulan cada vez con menos filtro, empezando por dirigentes políticos.
Sin embargo, esta historia cuenta otra cosa. Cuenta que a los de abajo los une el trabajo, la cancha, la música, el barrio. La pasión que no sabe de papeles y ciudadanías.
El tren que conectó al norte con Cuyo
A comienzos del siglo XX, Mendoza empezó a tejer una red ferroviaria de trocha angosta que la conectaría con el norte argentino y, más allá, con Bolivia. En 1927 se proyectó el ramal que uniría Pie de Palo, en San Juan, con la estación San José. Diez años después, en 1937, esa conexión se concretó formalmente: Cuyo quedaba unido al centro y norte del país y, desde allí, con Bolivia, a través del Ramal A10 del Ferrocarril Belgrano. Hacia 1940, las instalaciones ya funcionaban plenamente.
Durante décadas, por esas vías corrió el llamado "tren del azúcar", cargado con la producción de los ingenios del norte del país. Pero no solo transportaba mercadería. También llevaba trabajadores golondrina que iban y venían con las cosechas: primero de paso, después con la intención de quedarse. Muchos eran bolivianos que encontraron en el oeste argentino y, particularmente, en el cinturón verde mendocino, una oportunidad laboral que no siempre tenían en su lugar de origen.
Así comenzó a trazarse un recorrido migratorio que, con el tiempo, modificaría la composición social de la zona.
"Tengo un montón de historias para contarte, y una en particular: la de mi tío, hermano de mi abuela materna. Llegó acá, a la estación Belgrano, donde toda la comunidad boliviana se concentraba", cuenta Elizabeth, cuya familia forma parte de esa historia desde el lado de quienes bajaron del tren.
Su tío emigró desde Bolivia antes de 1976, en busca de trabajo en la agricultura y en medio de un contexto político marcado por el régimen de facto que comenzaba a instalarse en su país. Venía de una familia vinculada a la actividad rural en Cochabamba y, en un contexto de fuertes controles políticos y sociales, decidió buscar oportunidades en Argentina. Su destino inicial era Buenos Aires, pero durante el viaje le hablaron de las oportunidades laborales que había en Mendoza y decidió probar suerte. Al llegar a la Estación Belgrano preguntó dónde había "paisanos" y le señalaron Ugarteche, donde consiguió trabajo en una finca, conoció a quien sería su esposa y formó una familia. Con el tiempo, ese mismo circuito se convirtió en una red que permitió que otros familiares viajaran a Mendoza, primero de visita y luego para trabajar.
María Victoria Martínez Espínola escribió su tesina de sociología de la UNCuyo en 2010 sobre experiencias migratorias de mujeres bolivianas en Mendoza y, a partir de entrevistas directas a mujeres que llegaron entre las décadas de 1970 y 2000, ayuda a reconstruir ese recorrido. La mayoría no llegó directamente desde Bolivia: antes de instalarse en Mendoza, pasó por distintas provincias del norte argentino —Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca— o por Buenos Aires, siguiendo el trabajo de la cosecha y, sobre todo, a familiares que ya habían migrado y les abrían camino.
Una de ellas, identificada como Teodora, cuenta que al llegar a la provincia fue directamente a Guaymallén, donde una hermana que ya vivía allí la esperaba y la ayudó a encontrar un lugar. Ese patrón —salir de Bolivia siendo muy jóvenes, muchas veces entre los 16 y los 19 años, recorrer el norte argentino y terminar en Mendoza guiadas por la propia familia— coincide con la geografía que trazaba el Ramal A10: el mismo corredor que unía el noroeste con Cuyo.
Quedarse y construir comunidad
Las familias que llegaban en esos vagones no siempre volvían. Muchas comenzaron una nueva vida en los alrededores de la estación y en otros distritos de Guaymallén, donde se incorporaron al trabajo agrícola del cinturón verde: ese cordón productivo que hoy sigue abasteciendo de verduras y hortalizas frescas a buena parte de la provincia y que, después del de Buenos Aires, es el segundo más importante del país.
Ese mismo cinturón verde enfrenta hoy una amenaza concreta: el colector cloacal Paramillos, que recoge los líquidos de Los Corralitos, se encuentra colapsado y derrama efluentes sin tratar en una zona rodeada de fincas y tierras cultivadas.
Con el tiempo, esa presencia se transformó en comunidad organizada. El 20 de mayo de 1974 se fundó en Guaymallén el Centro de la Colectividad Boliviana, la institución de su tipo más antigua de toda la provincia. Desde entonces, cada enero, la Feria de la Alasita llena de color y de fe las calles del departamento, invocando la abundancia para el año que empieza. Y el Mercado Cooperativo de Guaymallén, motor del comercio frutihortícola del Gran Mendoza, es también un polo gastronómico donde los sabores bolivianos se volvieron parte del paladar mendocino.
Fernando, hincha del Boli desde hace décadas y vecino de toda la vida de esa barriada, vio ese proceso de cerca. Hacia el norte y el este de las vías, en los barrios Belgrano y Sarmiento, fueron asentándose familias de origen boliviano. Primero llegaba el trabajador solo y después traía a su familia. Según su relato, ese proceso se dio fundamentalmente a fines de los años 50 y comienzos de los 60. Hoy ya hay tres generaciones de esas familias insertadas en la zona.
La cercanía con el club llegó de forma natural. "Naturalmente se fue dando esto de ser hinchas de Atlético Argentino, porque el club estaba ahí, porque fueron buscando esa asociación", explica Fernando, aunque aclara que la comunidad boliviana también generó sus propias instituciones deportivas: el Club Simón Bolívar, en el barrio Belgrano, un espacio de fútbol amateur creado por los propios inmigrantes que hoy ya no existe.
"Si hay un lugar donde se da lo cosmopolita, yo a veces jocosamente digo lo cosmobolita, afectuosamente. Eso se daba en el Atlético Argentino", cuenta Fernando. Y agrega algo que cualquiera puede comprobar un domingo de partido: en la tribuna conviven, una al lado de la otra, banderas de Argentina y banderas de Bolivia. "Esa confluencia es real y concreta", resume.
La convivencia también se promueve desde las inferiores. Los jugadores tienen la responsabilidad de dejar limpios y ordenados tanto el vestuario local como el visitante y el club fomenta una política de amistad entre rivales, con la idea de que la competencia termina en la cancha. Son prácticas inspiradas en la cultura deportiva japonesa que apuntan a formar no solo futbolistas, sino también una manera de relacionarse con los demás.
Esa herencia sigue viva más allá de la cancha. Fernando recuerda las diabladas y comparsas de carnaval —como la Diablada de Oruro o el grupo Flor del Valle— recorriendo con sus trajes coloridos las calles del barrio, una tradición que, según cuenta, muchas veces todavía ensaya en las instalaciones del propio Atlético Argentino. Esto también cuenta Yamila, del Centro de la Comunidad Boliviana ubicada en Belgrano. Además del club, ensayan en la plaza Plurinacional de Bolivia, plaza Lencinas, e incluso en las calles.
Guaymallén es hoy el departamento más poblado de Mendoza, con más de 320 mil habitantes según el Censo 2022. Dentro de esa cifra late, con nombre y apellido en cada familia, la historia de quienes llegaron para trabajar y terminaron construyendo una comunidad.
La hinchada que se llamó como su gente
A metros de la antigua estación, sobre la avenida Mitre, un club de barrio fue testigo de todo este proceso desde el llano. El Club Atlético Argentino nació el 10 de enero de 1924, fundado por el médico Enrique Aguilera bajo el nombre de "Club José Néstor Lencinas", en homenaje al entonces gobernador de Mendoza. En 1934 pasó a llamarse Nacional Fútbol Club, pero en 1943 tuvo que dejar ese nombre: el Estado argentino, bajo dictadura militar, había resuelto mediante normativa nacional reservarse para sí el uso de la palabra "Nacional" en cualquier denominación, para que ninguna asociación privada —comercial, deportiva o cultural— pudiera "hacer creer al público" que era un organismo oficial. Así fue como Nacional Fútbol Club adoptó el nombre que lleva hoy, Club Atlético Argentino.
Pero el nombre oficial casi no importa. En Guaymallén, a este club lo llaman "el Boli" y a su hinchada "Bolistone". Y ese apodo tiene una historia tan concreta como emocionante: con los años, familias de origen boliviano se fueron afincando en los barrios cercanos a la cancha. Esos vecinos se hicieron del club, fueron a la cancha, se hicieron socios, hincharon y, con el tiempo, el propio apodo del club, "el boli", quedó asociado también a esa palabra: boliviano.
Renzo, hincha del Boli, cuenta cómo esa historia se cruzó con otra completamente distinta: el rock. "El nombre Bolistones fue más o menos en el año 1995. Era un grupo de hinchas que escuchaban a los Rolling Stones y empezaron a ir a la cancha, y como le decían 'el boli', el boliviano, hicieron la bandera esa del Bolistones, y ahí quedó", relata.
No fue una casualidad del lenguaje ni una deformación con el tiempo: fue un grupo concreto de hinchas quien, a mediados de los 90, decidió fusionar dos identidades —la del barrio boliviano y la del rock de tribuna— en un solo nombre y una sola bandera. El sentido de pertenencia se ganó una hinchada: eso pasó ahí, entre el griterío de una tribuna de barrio y la memoria de un ferrocarril que ya casi no pasa.
El Boli acumula hoy nueve títulos oficiales de la Liga Mendocina desde su fundación, a los que se suman cinco títulos de torneos cortos (Apertura o Clausura). El más reciente lo consiguió hace apenas un mes: el 12 de julio de 2026, en su propia cancha —el estadio Mauricio Serra—, Atlético Argentino le ganó 1 a 0 a Gimnasia y Esgrima en la final del Torneo Apertura de la Liga Mendocina, con gol de Isaías Guzmán a los 26 minutos del primer tiempo.
"Bolivia está de fiesta", dice uno de los cantos del Boli. Y así fue: hubo fiesta en San José para celebrar el segundo campeonato consecutivo del club, que ya había sido campeón anual en 2025.
Con nombres propios que lo trascendieron —como el recordado Marciano Cantero, de los Enanitos Verdes, hincha reconocido del club— el Boli sigue siendo mucho más que una institución deportiva. En 2022 fue elegido como escenario y protagonista de la serie de televisión "DT: La Misión", filmada en un 70% en sus instalaciones y en las calles de San José, otra señal de que esta historia de barrio empieza a mirarse desde afuera con la atención que merece.
Una identidad que no se fue con el tren
Hoy la Estación Belgrano ya no recibe pasajeros ni lleva ese nombre en la puerta: en su lugar funciona la Escuela de Niños Cantores, y a metros, el Espacio Cultural Julio Le Parc. El servicio de pasajeros se suspendió a principios de los años 90 con las privatizaciones. Aunque todavía circula algún tren de cargas —hubo un breve resurgimiento del transporte de azúcar en 2005 y de vino desde 2013—, la bulliciosa llegada de familias enteras con sus pertenencias es apenas un recuerdo.
Pero lo que ese tren dejó no se fue con él. Se quedó en las quintas del cinturón verde, en los puestos del Mercado Cooperativo, en la Feria de la Alasita de cada enero, en el Centro de la Colectividad Boliviana, en la plaza Plurinacional de Bolivia. Y se quedó, con una fuerza que quizás nadie imaginó en 1937, en una tribuna de fútbol que terminó convirtiendo aquella historia de migración en una identidad propia.









