El barrio del Oeste que desafió la cuadrícula y convirtió las escaleras y pasillos en parte de su identidad
Lejos de la cuadrícula tradicional, el diseño de este barrio se adaptó a la pendiente natural del pedemonte. Identidad urbana única entre escaleras y pasillos.
Escaleras, pasillos peatonales, patio interno y edificios escalonados forman parte de la identidad de un rincón del oeste de la Ciudad de Mendoza donde la pendiente natural del terreno condicionó la forma de las calles, la ubicación de las viviendas y hasta la manera en que sus vecinos recorren el barrio. Una construcción que adaptó a nuestra montaña.
Se trata del Barrio Champagnat, un conjunto habitacional construido en 1974 para el Centro de Protección Recíproca de Choferes mediante una operatoria del Banco Hipotecario Nacional, el barrio se levantó sobre un sector del pedemonte ubicado frente a lo que años después sería el complejo privado Dalvian. Su nombre homenajea a San Marcelino Champagnat, fundador de la congregación marista.
Su emplazamiento respondió también a una cuestión técnica. Mientras el terreno donde luego se desarrolló el Dalvian se encontraba a una cota más elevada y requería sistemas más complejos para el abastecimiento de agua, el Barrio Champagnat se construyó sobre un nivel inferior que permitía la distribución por gravedad, facilitando así su urbanización.
Un barrio que desafía la cuadrícula mendocina
A diferencia de gran parte del Gran Mendoza, donde predomina la tradicional cuadrícula de calles rectas, el Champagnat fue diseñado respetando buena parte del relieve natural del terreno.
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Las pendientes dieron origen a un barrio escalonado, donde abundan las escaleras peatonales, los pasadizos internos, los senderos, los espacios compartidos entre los monoblocks y un patio central a modo de plaza, con jacarandás y juegos. Lo que no falta es la expresión visual urbana y callejera: cada rincón cuenta con murales plagados de dibujos, formas y colores.
Muchas calles terminan en escalinatas y las viviendas se distribuyen en distintos niveles, generando visuales abiertas hacia la ciudad y la cordillera. Una especie de miradores en cada torre.
Ese diseño hace que, al interior del barrio, no sea posible trasladarse en automóvil y la circulación cotidiana transcurre por recorridos peatonales que atraviesan el corazón del barrio. En el Champagnat, caminar es la opción más práctica.
Con el paso del tiempo, los especialistas comenzaron a señalar que las urbanizaciones del pedemonte debían adaptarse a las pendientes naturales para reducir la velocidad del escurrimiento del agua durante las tormentas, en lugar de replicar la cuadrícula típica de la llanura. El arquitecto Roberto Dabul, en su trabajo Espacios, formas y tramas del Oasis Norte de Mendoza, sostiene que las calles deberían orientarse de manera perpendicular a las pendientes para responder mejor a las características del terreno.
Patios escondidos y vistas privilegiadas
Sin embargo, para quienes viven allí, el principal atractivo del barrio no pasa únicamente por su arquitectura. Uno de los vecinos asegura que esa configuración urbana terminó moldeando también una forma distinta de vivir el espacio público.
"Es un barrio con una calma propia. El patio interno de los monoblocks es un mundo escondido, un pequeño rincón de parque en medio del cemento. Es un barrio con muchos jacarandás y, si tenés la suerte de vivir en un piso alto, podés ver un mar de luces sobre la ciudad o la inmensidad de las montañas". Y agregó: "Estar cerca del Parque General San Martín, el Cerro Arco y el Cerro de la Gloria lo convierte en un barrio cercano a algunos de los lugares más lindos de la capital", relata.
La cercanía con el Parque General San Martín, el Cerro de la Gloria, la Universidad Nacional de Cuyo y el pedemonte le otorgan una ubicación estratégica. Con el crecimiento de la avenida Champagnat, el barrio quedó conectado con algunos de los principales accesos hacia el oeste del Gran Mendoza, sin perder la tranquilidad de sus espacios internos.
Sin embargo, los vecinos comentan que el barrio está descuidado y necesita mejoras. Además, al no tener un sistema de consorcio cada vecino ha hecho reformas a su parecer, como por ejemplo poniendo rejas en las entradas cuando en realidad son espacios comunes ya que las torres comparten terraza, medidores, etcétera. Además, adelante del barrio instalaron un conocido paseo comercial donde muchas cañerías, cables e incluso tubos cloacales dan hacia el barrio y tapan la vista hacia la cordillera.
Una pequeña comunidad
A más de cinco décadas de su construcción, el Champagnat mantiene una fuerte identidad barrial. La plaza en el centro de los edificios rodeada de comercios con todo lo que el barrio necesita, además de los recorridos peatonales que empiezan o terminan en una escalera, son lugares de encuentro entre vecinos.
"A mí me gusta mucho vivir acá. Me gusta la vista y poder ver el amanecer todas las mañanas, sin importar la época del año. También me gusta que vivimos tranquilos y que los niños juegan en la plaza hasta cualquier hora. Somos un poco una mini comunidad. La ubicación me parece buenísima", cuenta otra vecina.
Quizás esa sea la principal particularidad del Barrio Champagnat. Más allá de sus escaleras, pasillos y desniveles —que lo diferencian de cualquier otro barrio mendocino—, conserva una vida comunitaria que sus propios habitantes destacan como uno de sus mayores valores. En un sector donde el crecimiento urbano transformó profundamente el piedemonte durante las últimas décadas, este conjunto habitacional sigue siendo un rincón singular, con una identidad que se construye tanto desde su arquitectura como desde quienes lo habitan.







