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Cuando el fútbol desarma prejuicios: el Mundial demuestra el valor de la diversidad

Los planteles multiculturales de Europa muestran que la inmigración y la integración pueden convertirse en una fortaleza para las sociedades.

La selección campeona del mundo en 2018 fue celebrada internacionalmente como un símbolo de la Francia multicultural.

La selección campeona del mundo en 2018 fue celebrada internacionalmente como un símbolo de la Francia multicultural.

EFE

El Mundial 2026 no sólo ha sido una fiesta deportiva. También ha vuelto a poner en escena una realidad que muchos discursos políticos intentan negar: las sociedades modernas son el resultado de siglos de migraciones, intercambios culturales y mestizajes. En particular, las selecciones europeas constituyen un verdadero espejo de la diversidad cultural que caracteriza al continente.

Allí donde algunos sectores sociales y políticos ven a la inmigración como una amenaza, el fútbol demuestra que la convivencia y la integración pueden convertirse en una de las mayores fortalezas de un país. Las grandes potencias futbolísticas europeas son, en buena medida, equipos multiculturales. Sus jugadores tienen orígenes familiares provenientes de África, Asia, América Latina o Medio Oriente, aunque nacieron o crecieron en los países que hoy representan. Son ciudadanos que encarnan una identidad nacional compleja y enriquecida por diversas tradiciones culturales. Francia constituye quizás el ejemplo más emblemático. Desde hace décadas, sus planteles nacionales reflejan la diversidad de la sociedad francesa. Futbolistas con raíces argelinas, camerunesas, congoleñas, marroquíes o antillanas han sido protagonistas de sus mayores éxitos deportivos. La selección campeona del mundo en 2018 fue celebrada internacionalmente como un símbolo de la Francia multicultural, aunque también expuso las contradicciones de quienes festejan los goles de jugadores descendientes de inmigrantes mientras cuestionan las políticas de integración y la llegada de nuevos migrantes.

La convivencia y la integración son la fortaleza de una país

Inglaterra ofrece un fenómeno similar. Sus futbolistas representan la riqueza cultural de una sociedad moldeada históricamente por las migraciones provenientes de las antiguas colonias británicas y de numerosos países europeos y africanos. La camiseta inglesa reúne historias familiares originadas en Jamaica, Nigeria, Ghana, Irlanda o las islas del Caribe, demostrando que la identidad nacional no es un concepto estático ni excluyente. Bélgica, Portugal, España, los Países Bajos y Alemania también presentan planteles marcados por la diversidad cultural. La selección alemana, por ejemplo, ha contado en los últimos años con jugadores de ascendencia turca, polaca, tunecina, ghanesa y bosnia. Su histórico título mundial en 2014 fue posible gracias a una generación que simbolizó la nueva Alemania multicultural surgida tras décadas de inmigración.

Bellingham, Saka y James de Inglaterra.

Bellingham, Saka y James de Inglaterra.

Esta realidad futbolística pone en evidencia una paradoja cada vez más visible en Europa. Mientras crecen algunos movimientos políticos que promueven discursos antiinmigratorios, las mismas sociedades celebran los triunfos deportivos protagonizados por hijos y nietos de inmigrantes. Los estadios se llenan de banderas nacionales agitadas por aficionados que vitorean a futbolistas cuya historia familiar desmiente las narrativas de una identidad nacional homogénea. El fútbol se convierte así en un poderoso espacio de interculturalidad. A diferencia de la multiculturalidad —que implica la coexistencia de diversas culturas dentro de una misma sociedad—, la interculturalidad supone un paso más: el diálogo, la interacción y el enriquecimiento mutuo entre esas culturas. Un equipo de una selección nacional es un ejemplo concreto de este fenómeno. Allí conviven distintas religiones, idiomas familiares, tradiciones culinarias y costumbres, unidas por un proyecto común y un sentimiento de pertenencia compartido.

El fútbol se convierte así en un espacio de interculturalidad

Los equipos del Mundial 2026 muestran que las identidades nacionales pueden ser inclusivas y dinámicas. Ser francés, alemán, español o inglés no depende del color de la piel ni del origen de los abuelos, sino del compromiso con una comunidad política y cultural que se construye permanentemente. El deporte pone en práctica, muchas veces con mayor eficacia que los discursos políticos, la idea de ciudadanía plural y global. Resulta significativo observar que muchas de las selecciones más competitivas del planeta han encontrado en la diversidad una de sus mayores fortalezas. Los distintos recorridos personales y culturales de sus jugadores aportan nuevas perspectivas, valores y experiencias que enriquecen tanto al grupo humano como al juego colectivo. El talento no reconoce fronteras ni nacionalidades de origen.

Países Bajos también presentan un plantel marcado por la diversidad cultural.

Países Bajos también presentan un plantel marcado por la diversidad cultural.

Por supuesto, el fútbol no elimina los problemas de integración social ni las desigualdades que afectan a las comunidades migrantes. Muchos futbolistas han sido víctimas de expresiones racistas dentro y fuera de los estadios. Sin embargo, sus trayectorias también permiten cuestionar los prejuicios que asocian inmigración con conflicto o decadencia social. El Mundial 2026 nos ofrece, entonces, una valiosa lección que trasciende el deporte. Las selecciones nacionales son una muestra de que el mestizaje cultural no debilita a las sociedades: las fortalece. La diversidad no es una amenaza para la identidad de un país, sino una oportunidad para redefinirla de manera más inclusiva y democrática.

La diversidad no amenaza a la identidad de un país

Cada gol celebrado por un equipo multicultural es también una pequeña victoria contra los discursos del miedo y la intolerancia. El fútbol nos recuerda que las fronteras pueden separar territorios, pero no deben impedir el encuentro entre culturas. En un mundo atravesado por los movimientos migratorios, el verdadero desafío no consiste en levantar muros, sino en construir sociedades capaces de convertir sus diferencias en una riqueza compartida. Quizá la mayor enseñanza que deja el Mundial 2026 sea precisamente esa: los equipos que mejor representan a sus países son, muchas veces, aquellos que mejor reflejan la diversidad de sus pueblos. El mestizaje cultural no es el problema. Es, en buena medida, una de las razones por las cuales nuestras sociedades continúan creciendo, creanod y ganando, dentro y fuera de la cancha.

* Mg. Juan Manuel Ribeiro, especialista en educación.