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Ctera: una elección clave para definir el rumbo de la educación

Este miércoles 7 se llevarán a cabo las elecciones en la Confederación de Trabajadores de la Educación de la República Argentina (CTERA) que nuclea gremios en las 24 jurisdicciones. En su padrón hay 367.296 personas en condiciones de votar, aproximadamente la mitad de los docentes de todo el país.

La Confederación de Trabajadores de la Educación de la República Argentina (CTERA) nuclea gremios en las 24 jurisdicciones y su padrón incluye a la mitad de los docentes del país. Es también miembro de la Internacional de la Educación, que aglutina sindicatos docentes de corte socialista en todo el mundo.

Los afiliados podrán elegir entre dos listas: La Celeste Violeta Nacional y la Granate, Rosa, Azul y Blanca, Fucsia, Marrón, Lila, Verde, Gris, Roja y Negra (conocida como La Multicolor). La primera, encabezada por Sonia Alesso, Roberto Baradel y Eduardo López, busca continuar en el cargo.

La oposición, por su parte está liderada por Sebastián Henriquez, Romina del Pla y Eduardo Gómez. La diputada nacional del FIT viene intentando, por ahora sin éxito, disputarle el lugar al sindicalista bonaerense, Roberto Baradel al que se enfrenta desde 2017 por la conducción de SUTEBA.

Según la líder del ala de la izquierda combativa, la CTERA “no está cumpliendo un rol al servicio de la docencia, de la educación pública, sino que se ha convertido en una oficina del gobierno”.

Esta rivalidad entre las dos facciones es vista desde afuera como un debate simbólico. Lo cierto es que, sin importar quién gane las elecciones, los perdedores seguirán siendo los mismos: los alumnos de las escuelas públicas, sobre todo de los sectores más pobres.

Es que, por convicción o por temor, la inmensa mayoría de los docentes de las escuelas de gestión estatal del país se encuentran afiliados a gremios que pertenecen a la CTERA, cuya línea ideológica es prácticamente la misma en cualquiera de las dos facciones mayoritarias que la componen.

Si bien ambas tienen una relación distinta con el Gobierno de turno, la mirada sobre la educación, la calidad educativa, la capacitación y evaluación de los docentes es la misma.

El problema es ideológico

Ambas líneas coinciden en una romantización de la pobreza, y, por tanto, no ven a la escuela como posible motor de ascenso social, básicamente, porque no habría una necesidad de mejorar socialmente. En esta línea, la igualdad es una bandera que flamea para abajo y queda reducida al derecho a ir a la escuela. Igualdad de acceso, no igualdad de calidad.

Bajo la consigna de justicia social, se esconde la llamada pedagogía de la compasión, que presupone que la desventaja de orígenes debe ser compensada con una menor exigencia en la escuela.

Y, para esta pedagogía, hay también un perfil de docente, al que la especialista Guillermina Tiramonti describe con precisión es su libro El gran simulacro, el naufragio de la educación argentina: “el buen docente es aquel que conoce la situación de sus alumnos, les transmite su afecto y comprensión, morigera las exigencias escolares considerando su situación de desventaja y de seres sufrientes. Estos docentes encuentran en su función asistencial una renovación de su vocación… Han perdido el interés por los aprendizajes de sus alumnos; no están preocupados por su futuro, sino por brindarles… comprensión y reparación afectiva por la situación familiar y social en la que viven”.

Estas son las banderas de Ctera, no importa si en manos del Roberto Baradel o de Romina del Pla, y casi la mitad de los docentes de nuestro país coinciden con esta forma de entender la educación y la docencia. Los resultados están a la vista: de acuerdo con un informe del Observatorio de Argentinos por la Educación, sólo el 14% de los alumnos en situación de pobreza que logran llegar a sexto año, han tenido un buen desempeño en las pruebas Aprender.

 A pesar de que la mitad de los docentes argentinos no depende de la Ctera o de sus gremios de base, esta ideología campea en la gran mayoría de los gremios docentes y las voces disidentes encuentran poco eco en el mundo sindical que se ha convertido en el dueño del destino educativo de la mayoría de los argentinos. Por ahora perdimos esa elección.