La amenaza de un padre al agresor de su hija o cómo los adultos perpetúan el bullying

La amenaza de un padre al agresor de su hija o cómo los adultos perpetúan el bullying

Los casos de bullying se duplicaron en los últimos años según un informe de la ONG Bullying sin fronteras.

MDZ Sociedad

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Según la ONG Bullying sin fronteras, los casos de acoso escolar se duplicaron en el mundo durante los años de pandemia. Esa organización coloca a nuestro país en el puesto número 12 entre los países donde se registran más casos de bullying. Según Javier Miglino, fundador de Bullying sin fronteras, "pocos casos son reportados por parte autoridades de los diferentes Ministerios de Educación en los diversos países. Sin embargo padres, docentes, adolescentes e incluso amigos y parientes de víctimas de bullying llevan a cabo miles de denuncias cada día".

En la misma línea se encuentran los reclamos de otras organizaciones como la Comunidad Anti Bullying Argentina, que señalan la gravedad de esta falta de datos ya que la ausencia de estadísticas impide saber a ciencia cierta cuál es la realidad. Sin embargo, y  pesar de que los números no estén, cada vez se registran más denuncias por casos de acoso escolar y es más común -lamentablemente- escuchar casos que son amplificados por los medios.

Las alarmas están encendidas en la comunidad escolar: ¿hasta donde pueden llegar las agresiones? ¿Cuánto impacto podrían tener estas amenazas y agresiones en las víctimas? ¿Qué tan lejos debe llegar un caso para que la sociedad despierte? 

Algo en lo que ya hay consenso es en que el bullying no es cosa de chicos. Los adultos tienen un rol clave: tanto en la familia como en la comunidad escolar. Sin embargo, muchas veces no sólo son quienes previenen y contienen casos de acoso escolar sino que avivan el fuego de la violencia.

Paola Zabala, de Comunidad Anti Bullying Argentina, se manifiesta al respecto tomando como puto de partida el relato de la amenaza de un padre a un alumno que le hizo bullying a su hija.

Así es la comunidad

"Había una vez -porque una buena historia debería comenzar así- un grupo de vecinos que vivían en una torre del Conurbano Bonaerense. Algunos de esos vecinos vivían solos, otros tenían hijos, algunos tenían hijos y mascotas, otros vivían solos, pero tenían parejas furtivas a quienes recibían de visita de tanto en vez o de vez en tanto" dice presentando al grupo del que luego aclara que es un conjunto que se comunica por WhatsApp. 

Y sigue con la historia: "Bajo la excusa no estar seguros del criterio propio,  buscaban aliados  para sancionar al empleado de seguridad de turno por cuestiones tales como no sostener la puerta al hall del edificio para que la esposa ingrese con las maletas. Pues resulta que esos vecinos tenían la posibilidad de acceder a las cámaras de seguridad de su edificio, porque ninguna medida es lo suficientemente demasiada si de seguridad hablamos; pero como si esto no fuera poco, para espiar no bastaban las cámaras de seguridad, también coexistía con ellos un portero que se encargaba de comunicarles a los vecinos quién se había mudado recientemente, y de paso aportaba información del tipo: el inquilino nuevo está soltero/a, se peleó recientemente con su pareja, en fin, algunos datos accesorios que él consideraba de interés porque parte de su rol debajo de una muestra de compromiso por su trabajo era demostrar su buen desempeño, pero también interesarse por las 'necesidades' de los vecinos y un poquito vulnerar la privacidad de ellos, aunque  siempre enfocado en mantener la integridad del edificio". 

"Así coexistía -más o menos- este grupo de vecinos. Cierto día un perrito (macho) osó orinar el blindex de la puerta de la entrada; lo que generó gran bullicio en el grupo de WhatsApp, salieron las especuladoras de la caca, esgrimiendo argumentos y generando hipótesis acerca de los centímetros de la materia fecal y los posibles productores. Atacándose unos a unos, amenazándose con futuras multas pero siempre aclarando que el reclamo era manifestado desde la buena onda y la positividad", concluye el relato que Zabala toma como punto de partida para su análisis.

¿Estamos los adultos educando para la convivencia?

A partir de esa historia -que mezcla algo de fantasía con una buena dosis de realidad- Zabala pone la mirada en el rol de los adultos en los casos de acoso o bullying. "Esta vecindad digna de ser estudiada es una pequeña muestra de lo que sucede en el mundo adulto. Nos permite entender cuántas dificultades tenemos para relacionarnos aquellas personas que crecimos -¿crecimos?-" y acota que teniendo este tipo de escenas en mente "es más fácil comprender que niños, niñas o adolescentes tengan dificultades para convivir en el entorno en escolar". 

¿Estamos los adultos educando para convivencia? ¿Qué ejemplo les damos a los niños, niñas y adolescentes si, como adultos, no encontramos otra salida a la violencia que la violencia misma? ¿Sólo los docentes son los únicos responsables en un caso de bullying?, plantea la directora de la Comunidad Anti Bullying Argentina

Para responder a esas preguntas, Zabala comparte la respuesta de un adulto al agresor de su hija: "Vos con la única persona que no te vas a querer cruzar en la vida va a ser conmigo, porque a mí me importa tres carajos que tengas 13 años. Me importa un reverendo huevo ir preso, porque de hecho ya lo estuve una vez y me manejo mejor que adentro de mi casa". Ese no es el único mensaje. Hay más. "El día que te cruce te voy a arrancar la cabeza, y los ojos te los voy a poner en un plato y te los voy a hacer masticar la próxima vez que cargues a mi hija”. Y otro que dice: “Pedazo de marica, cargar a una mujer que encima tiene un implante coclear hecho. Y si no, de última, te saco los oídos y se los pongo a mis hijas, pero te voy a hacer mierda”.

"Estos conflictos dejan a la vista la carencia de recursos psicológicos para la resolución de conflictos que tenemos los adultos", sentencia Zabala preocupada por el aumento de los casos de bullying en nuestro país y por que pareciera que aun falta tomar conciencia del impacto que pueden tener en el desarrollo de niños, niñas y adolescentes. No sólo en el ámbito académico, donde podría retrasar notablemente el aprendizaje- sino también en su autoestima y en sus vínculos. 

"Es necesario trabajar mancomunadamente docentes, alumnos, familias para garantizar que los chicos puedan transcurrir su paso por el colegio en un ambiente que no sea hostil", puntualiza Zabala y se pregunta: "Si no lo hacemos, ¿cómo podemos esperar que se interesen en las cuestiones académicas?  La escuela debe dejar claramente determinado que su gestión no admite el hostigamiento escolar".

Coincide con otros profesionales en que la familia juega un rol clave. "Debemos cuestionarnos como estamos educando a nuestros hijos. La sobreprotección y la ausencia de límites en la educación familiar no es el camino. La relación entre la familia y la escuela también debe ser armónica, no son rivales sino socios que deben actuar con sinergia para que prevalezca el bienestar de los chicos. Las políticas públicas también deben apostar por la educación garantizando la formación de los docentes, pero también proveyendo a las instituciones educativas de profesionales formados en estas temáticas para acompañar a los docentes no sólo en como encarar este flagelo, sino también para comenzar a prevenirlo", afirma la especialista. 

Claramente, el bullying no es cosa de chicos. "Los adultos también necesitamos crecer, desarrollar recursos psicológicos y comportamientos prosociales. La educación emocional es un proceso continuo que nos ayuda a desplegar competencias para distinguir las emociones, pero también expresarlas de forma saludable, para aprender a gestionar mejor las situaciones de cada día", propone la directora de la Comunidad Anti Bullying Argentina. Y añade: "La adquisición de estas competencias emocionales nos ayudarán a mejorar la sociabilización y el desarrollo personal para disfrutar de una vida más sana y equilibrada; para no convertirnos en papás como de esta historia, el próximo Will Smith ni un vecino conflictivo". 

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