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A 20 kilómetros de salvarse: ¿por qué los uruguayos no bajaron hasta el río Atuel?

A 50 años de la caída del avión con 45 personas, operado por la Fuerza Aérea Uruguaya, siguen surgiendo análisis acerca de los hechos en torno a la "tragedia" o "milagro" de los Andes. ¿Por qué no caminaron en bajada hacia el este, siendo que a poca distancia hay hogares de puesteros?
El lugar de los hechos, al fondo, el cerro Sosneado; a sus pies está el río Atuel. Foto: Ulises Naranjo
El lugar de los hechos, al fondo, el cerro Sosneado; a sus pies está el río Atuel. Foto: Ulises Naranjo

El 12 de diciembre de 1972, dos meses después del accidente, Parrado, Canessa y Vizintín comenzaron a escalar la montaña hacia el oeste... El segundo día, Canessa creyó ver un camino hacia el este y trató de persuadir a Parrado para que se dirigiera en esa dirección. Parrado discrepó y discutieron sin llegar a una decisión”, Wikipedia.

Hace 50 años, un avión Farichild FH-227D con 45 personas cayó en la cordillera malargüina, en Mendoza, Argentina. La cuenta final arrojó 29 muertos y 16 sobrevivientes, luego de 72 días de dura supervivencia en un terreno arduo y desconocido.

El salvataje se logró días antes de Navidad, ya con el calor del verano, dos de los sobrevivientes caminaron más de diez días hacia el oeste, hacia Chile, siendo que a apenas 20 kilómetros del lugar del accidente, en bajada, siguiendo el curso de agua, se llega a la vera del río Atuel, donde hay puestos de arrieros trashumantes desde el siglo XIX.

¿Por qué aquellos jóvenes no intentaron ir hacia allí? En dos duros días, tal vez, hubiesen llegado a un sitio seguro y obtenido salvataje. Hay respuestas para dar y las daremos, aunque, básicamente, hay que decir que no lo sabían. Y no tenían por qué saberlo; de hecho, la mayoría de ellos jamás había visto siquiera la nieve.

A 20 kilómetros del impacto a 3.600 metros de altura, por ejemplo, está el rancho de la familia Araya y muy cerca de ahí el Hotel Termas El Sosneado, construido, incluso con lujos, en 1938 y prácticamente abandonado a partir de 1953. Era “tan sencillo” como seguir el curso del agua y bajar, pero nada es sencillo en verdad sin certezas y si no se pone en contexto el panorama de la situación y los protagonistas. 

Inicialmente, el análisis de las evidencias tenía preparada una trampa para los sobrevivientes, que nada sabían de alta montaña: el piloto, en agonía, les dijo que ya estaban en Curicó, Chile, y que impactaron haciendo la maniobra de descenso hacia el Aeropuerto Pudahuel, que, en realidad, estaba a más de 80 kilómetros hacia el este.

El lugar del impacto es una especie de circo glaciario bastante cerrado, casi oculto, al que se llega por una quebrada, de la que baja el río Lágrimas, que alimenta al río Atuel.

Los sobrevivientes valoraron que pronto serían rescatados y, al enterarse, gracias a una radio que consiguieron hacer funcionar, que ya no los buscaban, entrado diciembre decidieron caminar hacia Chile, en lugar de bajar hacia el río Atuel.

Con el “diario del lunes” los montañeses pueden preguntarse, con estupor, por qué no intentaron bajar, pues, porque, reiteremos, no lo sabían y se creían en Chile. 

El puesto Araya, al fondo, el cerro con nieve a cuyos pies cayó el avión. (Foto: Ulises Naranjo)

La posibilidad, no obstante, alguna vez fue considerada. De hecho, se ha relatado una situación vivida al inicio de la expedición que fue hacia Chile. Durante el segundo día de ascenso, Parrado, Canessa y Vizintín observaron el valle mendocino del Atuel en el este: “Canessa creyó ver un camino hacia el este y trató de persuadir a Parrado para que se dirigiera en esa dirección. Parrado discrepó y discutieron sin llegar a una decisión”, cuenta la historia, sin que se haya profundizado mayormente al respecto. 

No estaban en Chile: estaban muy cerca del valle del Atuel. Sólo unos minutos antes, habían sobrevolado la villa de Malargüe. Seguían en Mendoza, Argentina. El piloto cometió el gravísimo error de no confiar en sus instrumentos y, aún luego del impacto, muriendo ya, siguió sosteniendo su apreciación empírica. Además, pidió le acercaran un revólver que llevaba para suicidarse, pero le denegaron ese último deseo. 

Así, toda la épica de la supervivencia surge como una respuesta primal a esa consideración errada. Los sobrevivientes, de pronto, se hallaron en un terreno sumamente hostil e hicieron lo que pudieron para conservar el latido: dieciséis de ellos lo lograron, es la parte de la tragedia que suele describirse como milagro

El mayor cerro de Uruguay tiene 514 metros. Los viajeros, en su mayoría, eran jóvenes de muy buen pasar, “hijos de papá y mamá”, como, dijo un sobreviviente, en el documental “La sociedad de la nieve”. No tenían experiencia ni equipamiento; el gps se inventó al año siguiente; no conocían la nieve y, en aquellos años, el glaciar y la quebrada estaban mucho más cargados que lo que lucen ahora. De hecho, hay que ir hasta el lugar y observar cómo ha ido perdiendo volumen la masa de hielo.

El lugar impone necesariamente su silencio. (Foto: Ulises Naranjo) 

Desde ese lugar, allí abajo, a un día de caminata, se observa el cerro Sosneado, a cuyo pie, siempre hubo vida humana, debido a las veranadas de los arrieros, que se instalan en la zona hasta abril o mayo. Repitamos: aquellos jóvenes héroes no lo sabían, no tenían por qué saberlo. Estaban a merced de la trama de sus destinos.

¿Todo podría haber sido distinto? Siempre todo podría haber sido distinto. Todo hubiera sido distinto si un temporal no los detenía un día en Mendoza, si el cielo el día del vuelo hubiera estado despejado, si piloto y copiloto hubiesen hecho caso de sus instrumentos, si el Farichild FH-227D ya frente el cerro “Seler” hubiese elevado su nariz apenas unos metros más, si una avalancha no hubiera arrastrado el fuselaje días después, si Nando Parrado, quien es corto de vista, hubiera sido convencido por Canessa sobre caminar hacia el este, si los operativos de búsqueda hubieran sido más exigentes, si...

La historia, finalmente, fue escrita tal como el mundo la conoce: en ella hay tragedia, agonía, muerte, conflictos existenciales y ausencias eternas, pero también esperanza, compañerismo, resiliencia, heroísmo, superación y construcción de memoria colectiva, que es lo que sostiene estos hechos por encima del tiempo y a ras de las piedras y el hielo del Valle de las Lágrimas.

Ulises Naranjo. (texto, video y fotos)