El dinero es prueba de amor: Donald Trump y Xi Jinping, juntos a la par
Concluyó la histórica visita del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, a China y se deshizo en elogios para con Xi Jinping.
Donald Trump y Xi Jinping caminan juntos a la par.
EFE
Donald Trump y Xi Jinping caminan juntos a la par. Foto Efe
EFEDonald Trump dejó China con los bolsillos llenos de importantes acuerdos económicos firmados junto a Xi Jinping. A pesar de que Estados Unidos y China, las dos potencias mayores del planeta, sostienen la retórica de la tensión permanente, “business is business”: el dinero todo lo puede, incluso parir el amor.
Trump llegó a China con una delegación de empresarios que son, sin medias tintas, los dueños del mundo occidental. Todos para uno y uno para todos, hicieron sus negocios. Las conclusiones al respecto de Donald Trump no pueden ser más optimistas. Ahora, tiene un nuevo y fantástico “amigo”: Xi Jinping.
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Esta tragicomedia romántica sería color rosa si el equilibrio institucional del planeta no estuviera en ruinas. Donald Trump, con su estilo confrontativo y sumamente violento, ha llevado al mundo a una fractura del derecho internacional, quebrando la noción de republicanismo y la sosa e impúdica idea de la diplomacia que ejerce el poder en Occidente para perpetuarse en sus privilegios.
Donald Trump y Xi Jinping, un solo corazón
Lo hace Trump, por ejemplo, con su desenfadado apoyo a Israel, su invasión quirúrgica de Venezuela para secuestrar un presidente, sus intervenciones en un puñado de indigentes naciones africanas, su afán descarado de expansionismo continental, su presión a la aparentemente no tan poderosa OTAN y el soslayo habitual a la Unión Europea y sus posturas timoratas.
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Del otro lado, en Asia, las cosas tampoco aparecen con ejemplares con la potencia rival. La gigantesca China ha aprendido a sacar provecho de una postura cínica ante las amenazas del mundo occidental. Mientras tanto, reina en sus alrededores presionando sobre Taiwán y Japón, apoyando a Corea del Norte y Rusia y, en Occidente, comportándose con la delicadeza necesaria para no alterar a su rival norteamericano, cuando acerca migajas a Cuba o Latinoamérica.
- Es un honor ser tu amigo, confiesa uno al otro y ambos sonríen para la foto.
Las reglas del juego
Donald Trump y Xi Jinping saben a qué juegan. Y juegan fuerte a favor de sus naciones. ¿Y nosotros, el resto del mundo? Nosotros somos las consecuencias secundarias de los actos de estos dos polos planetarios. Somos los extras de una película en la que tranquilamente podríamos no existir.
“China va a invertir cientos de miles de millones con las personas que estaban en la sala. A eso vinimos”, sintetiza con descaro Trump, mientras guardan silencio cómplice los empresarios que lo acompañaron en esta aventura china. Se trata, sin dudas, de tipos importantes en grado sumo en el mundo ingenieril, financiero y tecnológico: Elon Musk (Tesla, SpaceX, Neurolink), Tim Cook (Apple) y Jensen Huang (Nvidia), entre otros, y, frente a ellos, las cabezas chinas de compañías influyentes a nivel global como Xiaomi, ByteDance, Lenovo o Hisense.
- Si, China nos espía, pero nosotros también. Ellos roban esto y nosotros robamos lo otro, suelta Trump, como si nada, delatando las reglas de un juego que, como el truco, incorpora la mentira.
La fiesta inolvidable
En China, hubo citas cerradas, militares apostados, paseos al sol, banquetes principescos y niños agitando banderas de ambas naciones, como en el día de la paz mundial. El mundo, sin embargo, se desangra, ciudades caen y niños mueren de a miles y miles en escenarios de batallas robóticas, indolentes, carentes de toda épica, en distintos continentes.
No somos importantes. ¿Qué parte del juego no hemos entendido? Mientras navegamos sin rumbo, mal comidos y con falta de sueño, por un océano nocturno, bajo un cielo sin luna, los dueños del mundo se reparten las porciones. Ahora viene el Mundial de fútbol y en septiembre se repite la cita de Trump y Xi en Estados Unidos.
La fiesta continúa y las ovaciones serán más fuertes que los estallidos de las bombas. El siglo está perdido y el milenio también.


