Donald Trump, el sinvergüenza que acaricia la gloria y el pecado
Para Donald Trump, Estados Unidos debe volver a ser grande. Siguiendo a un célebre niño llamado Lázaro está dispuesto a conseguirlo a cualquier precio.
Donald Trump busca coincidencias con su amigo Lázaro, en esta imagen creada con IA. Foto Midjourney
El éxito editorial y el concepto de autor como tal son creaciones muy recientes de la humanidad. Durante el maravilloso siglo XVI español, el mejor de los muchos siglos de historia de España, cobró fama una novela, por supuesto, anónima, que narraba en primera persona, en modo autobiográfico, la vida de Lázaro, un sinvergüenza que, contra todo pronóstico, se las arreglaba para renacer desde la nada al todo, del hambre a la abundancia y del vacío al gozo.
Se llamó “La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades” y se trata de una formidable crítica a la sociedad de la época y el rol de la Iglesia católica. Obviamente, fue prohibida por la Iglesia y transcurrió durante 275 años mutilada, hasta pudo volver a imprimirse sin censuras. A diferencia de la posterior novela “El Quijote de la Mancha”, el protagonista que critica no es un adulto al que le faltan algunos jugadores, sino un niño, Lázaro, que comete pecados diversos para no morir de hambre, delatando así a la cruel sociedad de la época y a sus líderes más prestigiosos. Un protagonista infantil queda, desde ya, por demás legitimado para levantar una bandera de la rebeldía social. Como el Lázaro de la Biblia, pero sin un Jesús de por medio, el niño se rehace gracias a sus picardías y deshonestidades, ante sus amos, sobre todo, clérigos abusivos, abrasivos y corruptos.
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Algo semejante ocurre con otro sinvergüenza social, aunque muy poderoso, llamado Donald Trump. Se trata de un hombre, la igual que Lázaro, descontento con el mundo que le ha tocado en suerte. A pesar de estar largamente favorecido por el sistema reinante, tensa la cuerda y lleva a propios y extraños a la conmoción. Como Lázaro, Donald busca rehacerse de sus desventuras: derrotas y acusaciones electorales, escándalos sexuales, fiscales y financieros, desaires y ocultamientos a la Justicia y modelos de éxito distintos a los de su nación. Al hacer uso de su poder, está tan cerca de la gloria como del pecado, porque uno y otro comparten adn.
Para él, Estados Unidos se he empequeñecido y hay que hacerlo grande de nuevo. ¿Y cómo hacerlo? Siguiendo a Lázaro, el de Tormes, hay que conseguirlo a cualquier precio: bombardeando, invadiendo, bloqueando, manipulando. Ahora mismo, por ejemplo, atacando a una nación, Irán, con la que estaba sentada en una mesa de diálogo, sin motivo justificado de guerra. ¿Por qué? Tal vez por que su objetivo de fondo no es Irán, sino sus destacados socios, en particular China, y, luego, Rusia y, tal vez, Pakistán. Se trata de tres potencias nucleares y lo que está en juego es el equilibrio mismo del planeta, una variable que Trump parece no sopesar, porque él es como el niño de “El Lazarillo de Tormes”: busca su beneficio sin pensar en los demás.
¿En qué andanzas anda el pícaro Donald en estos días? Pues haciendo un grosero resumen, ordena a sus fuerzas y sus socios de Israel, atacar Irán, que responde. El que atravesamos es uno de los momentos más cercanos a la Tercera Guerra Mundial y no hay exageración en esto.
Donald Trump sabe que, como dice el refrán, “hay que pegarle al chancho para que aparezca el dueño” y quién sabe si pretende la reacción de China al respecto. ¿Por qué? Pues porque los chinos compran casi totalmente la producción de crudo iraní. En buena medida, los chinos cuentan con ese aporte iraní e Irán en una enorme medida depende del comercio con China. La partida de ajedrez está en desarrollo y las consecuencias de una decisión china firme son impredecibles.
¿Qué pasa con Europa, en tanto? Pues, nada. Europa sabe hacer silencio, como la Iglesia ante el lazarillo o esos jueces que “sólo hablan a través de sus sentencias”, aunque los europeos, en estos años, no suelen sentenciar nada, porque se trata de una región en crisis, un continente cerca de perder su idea del confort que ha sostenido en los últimos 80 años y cualquier pronunciamiento difícil pondría al borde del abismo su equilibrio. Por eso, apelan a un concepto híbrido, correcto, neutral, casi cobarde, al que se le suele llamar “diplomacia”.
El niño de “El lazarillo de Tormes” vivió gambeteando el sistema hasta la adultez, cuando se integró a él a través de la legitimación que ofrece el casamiento. Sin embargo, la hipocresía social permaneció, pues se trató de un casamiento por conveniencia con la criada de un arcipestre del cual la muchacha era su amante.
¿Cómo terminará esta aventura el pillo Donald Trump? Pues no lo sabemos, pero hay algo en claro: lo que aquí no sobra, lo que falta y a montones, es virtud. Tanto el opulento Donald, como el menesteroso Lázaro, viven en el borde: pueden caer o remontarse. La diferencia es que el niño de la Salamanca del siglo XVI si cae por el precipicio, apenas hará ruido con sus huesos descalcificados, en cambio, si Donald cae, se ocupará de no caer solo y el estruendo se escuchará hasta en Venus.
Por si no lo sabían, el mundo es un lugar en peligro, bienvenidos. La mesa está servida, aunque no estemos invitados a comer.



