Para ganarle a Inglaterra también hay que vencer al peso de la historia
Cada cruce revive Malvinas y 1986, pero Scaloni busca que su equipo juegue una semifinal sin cargar con décadas de historia.
Diego Maradona, en el Mundial 86
Archivo.Cada vez que Argentina enfrenta a Inglaterra, sesenta años de memoria entran a la cancha. El mayor acierto de Scaloni ha sido impedir que esa mochila la carguen sus jugadores.
Un partido que nunca empieza con el silbato
Hay partidos que duran noventa minutos. Argentina e Inglaterra lleva sesenta años jugándose. Cada vez que estas dos camisetas vuelven a encontrarse, el partido empieza mucho antes del silbato inicial. La memoria hace su trabajo. Aparecen Rattín en Wembley, la Guerra de Malvinas, la Mano de Dios y el Gol del Siglo. No son hechos aislados. Son momentos que terminaron construyendo una rivalidad única, una de las pocas capaces de trascender el fútbol para instalarse en la memoria colectiva de dos países. Por eso este nunca será un partido más. Llega acompañado por recuerdos, emociones y significados que cada generación vuelve a interpretar de una manera distinta. Para muchos argentinos representa una oportunidad de revancha deportiva. Para otros, simplemente es una semifinal del mundo. Ambas miradas conviven y ninguna puede ignorarse. El problema aparece cuando esa historia deja de estar en las tribunas y pretende jugar el partido dentro de la cancha.
La verdadera batalla
Existe una tentación recurrente: creer que cada nuevo Argentina-Inglaterra puede resolver cuentas pendientes con el pasado. Es una expectativa comprensible desde la emoción, pero imposible desde la realidad. La guerra de 1982 no se modifica con un gol. Maradona no necesita que nadie prolongue su legado. Lo que ocurrió en 1986 pertenece para siempre a la historia del fútbol y ningún resultado de 2026 cambiará el significado de aquellos acontecimientos. Sin embargo, cada vez que ambas selecciones se enfrentan, vuelve a aparecer la presión de exigirles a once futbolistas que carguen con una mochila que no les pertenece. Es una carga demasiado pesada para cualquier equipo. Porque cuando un jugador entra a la cancha pensando que debe representar décadas de historia, corre el riesgo de olvidarse de resolver el único problema que realmente tiene delante: el rival.
Ahí aparece una de las mayores virtudes de Lionel Scaloni, cuando repite que "es un partido de fútbol y eso es todo", no está minimizando la rivalidad. Está protegiendo a su equipo. Está recordándoles a sus jugadores que no son diplomáticos, ni soldados, ni herederos obligados de Maradona. Son futbolistas. Y su responsabilidad consiste en jugar una semifinal del mundo, no en resolver debates históricos. Mientras afuera se juega el partido de la memoria, adentro solo existen la presión del rival, los espacios, las decisiones y los pequeños detalles que suelen definir este tipo de encuentros.
Ganarle también a la historia
Las grandes selecciones no solo derrotan adversarios. También consiguen vencer aquello que las condiciona. Quizá esa sea la batalla más importante de esta Argentina: no permitir que el peso de la historia termine siendo más grande que el desafío deportivo. Scaloni parece haber entendido que el verdadero respeto por el pasado no consiste en intentar revivirlo cada vez que aparece Inglaterra enfrente. Consiste en aceptar que esta generación tiene derecho a escribir su propia historia, con sus propios protagonistas y sus propias victorias.
La historia seguirá ahí cuando termine el partido. Volverán Malvinas. Volverá Maradona. Volverán las comparaciones y las interpretaciones de siempre. Pero durante noventa minutos existe una oportunidad extraordinaria: dejar todo eso fuera de la cancha. No para olvidar el pasado. Sino para no convertirse en rehén de él. Porque, para ganarle a Inglaterra, también hay que vencer el peso de la historia. Y esa victoria empieza mucho antes de que la pelota empiece a rodar.
* Eduardo Muñoz. Criminólogo. Creador del Teorema de la Omisión Preventiva. Autor de La doble cara del gol (2026), un análisis criminológico del fútbol y el poder.
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