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Mundial 2026: por qué los argentinos sufrimos antes de que empiece el partido

Freud y Lacan ayudan a explicar por qué la ansiedad y la queja aparecen incluso cuando la Selección gana y la alegría parece asegurada en este Mundial 2026.


Cada vez que la Selección argentina sale a la cancha, el país parece detenerse durante noventa minutos. Las calles se vacían, los horarios cambian y millones de personas depositan en un partido una carga emocional que excede largamente al fútbol. Sin embargo, hay algo que llama la atención. Aún antes de que ruede la pelota, ya aparecen las dudas, los pronósticos sombríos y los temores. ¿Y si hoy no sale? ¿Y si el rival nos sorprende? ¿Y si esta vez se termina el sueño?

No hace falta esperar el resultado para comprobarlo. En la Argentina, la angustia suele adelantarse a los acontecimientos. Vivimos anticipando aquello que todavía no ocurrió, como si prepararnos para lo peor pudiera protegernos de la decepción. El Mundial 2026 no creó ese mecanismo; simplemente lo hace visible. Porque hay una certeza que parece repetirse una y otra vez ya que siempre encontraremos un motivo para preocuparnos. Si la Selección avanza, comenzará inmediatamente la inquietud por el siguiente rival. Si queda eliminada, el dolor ocupará el centro de la escena. El resultado cambia; la estructura permanece.

Si la Selección avanza, comenzará inmediatamente la inquietud por el siguiente rival.

Es un error creer que esta escena pertenece solo al fútbol

El Mundial es apenas una lupa que amplifica un fenómeno mucho más amplio. Nos quejamos del calor y del frío. Del tránsito y de la inflación. Del precio del dólar cuando sube y también cuando baja porque "algo raro debe estar pasando". Nos quejamos del gobierno de turno y de la oposición, del trabajo y de las vacaciones, de la ciudad donde vivimos y de aquella con la que soñamos. Pareciera que el malestar hubiera dejado de ser una respuesta frente a las dificultades para convertirse, poco a poco, en una forma de habitar el mundo. No se trata de negar la realidad. Argentina ha atravesado décadas de crisis económicas, sobresaltos políticos, frustraciones colectivas y una incertidumbre que desgasta. Hay razones objetivas para estar preocupados. Sin embargo, esa explicación resulta insuficiente. Porque cuando las cosas salen razonablemente bien, la preocupación reaparece con otro nombre. Cambia el objeto, pero no desaparece la inquietud.

Tal vez la pregunta no sea por qué sufrimos cuando las cosas salen mal. Eso parece evidente. La verdadera pregunta es otra: ¿por qué nos cuesta tanto disfrutar cuando las cosas salen bien? La respuesta no pertenece únicamente a la economía, a la política ni al deporte. También involucra la manera en que cada sujeto se relaciona con su deseo. Freud lo comprendió con extraordinaria lucidez hace casi un siglo. En su ensayo El malestar en la cultura sostuvo que la felicidad permanente constituye una ilusión. La cultura exige renuncias, límites y postergaciones. Ninguna sociedad puede organizarse sobre la satisfacción absoluta de los deseos. El conflicto no es un accidente que algún día desaparecerá; forma parte de la condición humana.

Cada vez que la selección sale a ala cancha se para el país

Nuestra época insiste en prometernos exactamente lo contrario. La publicidad, las redes sociales y buena parte del discurso contemporáneo sostienen que la felicidad depende apenas de encontrar el producto correcto, la pareja ideal, el trabajo perfecto o la actitud adecuada. Como si existiera un estado de bienestar continuo al alcance de cualquiera. La consecuencia de esa promesa imposible suele ser devastadora. Cuando la felicidad se presenta como una obligación, cualquier experiencia de malestar aparece como un fracaso personal. Ya no basta con vivir; ahora también hay que demostrar permanentemente que uno es feliz. Lacan llevó todavía más lejos la intuición freudiana. Enseñó que el deseo humano no se organiza alrededor de lo que posee, sino de lo que le falta. La falta no constituye un error que deba corregirse; es la condición misma del deseo. Si desapareciera completamente, también desaparecería aquello que nos pone en movimiento. Por ello el deseo nunca queda definitivamente satisfecho. Apenas alcanzamos un objetivo, inmediatamente aparece otro. Terminamos una carrera y pensamos en la siguiente. Compramos la casa soñada y comenzamos a descubrirle defectos. Esperamos ansiosos las vacaciones y, antes de que concluyan, ya estamos lamentando su final.

El Mundial es apenas una lupa que amplifica un fenómeno mucho más amplio.

El fútbol reproduce con enorme claridad esa lógica

Si Argentina clasificó, la conversación gira inmediatamente hacia el próximo rival. Si juega bien, se dice que todavía no enfrentó a un adversario importante. Si juega mal y gana, la preocupación aumenta. Si golea, se advierte que los verdaderos partidos todavía no empezaron. Pareciera que ningún resultado alcanzara para suspender, aunque sea por un instante, la necesidad de anticipar un nuevo motivo de inquietud. Lacan llama goce a esa paradójica satisfacción que el sujeto puede encontrar incluso en aquello que lo hace sufrir. No significa que alguien quiera concientemente padecer. Significa, más bien, que existen formas de mortificación tan conocidas que terminan organizando nuestra identidad. El malestar deja de ser solamente algo que nos ocurre para convertirse también en un lugar desde el cual nos relacionamos con el mundo.

Quizá por eso la queja ocupa un sitio tan importante en la conversación cotidiana. Basta subir a un taxi, esperar un ascensor, hacer una fila o compartir un café para advertir que el intercambio comienza, casi siempre, por aquello que no funciona. La queja crea comunidad. Es un idioma compartido. Nos reconocemos en ella antes incluso de conocernos. Las redes sociales no hicieron más que potenciar este fenómeno. Hoy la indignación circula mejor que la serenidad. El algoritmo premia el enojo, la denuncia inmediata, la crítica permanente. La satisfacción rara vez se vuelve viral. La protesta, en cambio, encuentra rápidamente miles de adhesiones. Pareciera que el malestar hubiera adquirido un valor de cambio en la economía de la atención.

El Mundial, entonces, trasciende el deporte

Durante pocas semanas, once futbolistas cargan con una expectativa que ninguna selección podría sostener por sí sola. Allí proyectamos esperanzas, frustraciones, recuerdos, deseos de reparación y una ilusión profundamente humana, la de creer que un triunfo podrá resolver algo que excede al fútbol. Pero ningún campeonato puede cumplir semejante promesa. La alegría colectiva resulta intensa cuando llega y, al mismo tiempo es breve. Porque aparece la pregunta por lo que falta, por lo que viene, por aquello que todavía podría perderse.

Durante pocas semanas, once futbolistas cargan con una expectativa que ninguna selección podría sostener por sí sola.

No sufrir solamente porque las cosas salen mal. Muchas veces sufrimos porque nos cuesta soportar que las cosas puedan salir bien. La felicidad nos desarma. El sufrimiento, en cambio, nos resulta familiar. Nos ofrece una certeza allí donde la alegría siempre tiene algo de incierto. Esta puede ser la verdadera paradoja de nuestro tiempo. Hemos aprendido a desconfiar tanto de la felicidad que preferimos anticipar la decepción. Freud y Lacan, cada uno a su manera, enseñaron que el malestar nunca desaparecerá. Pero otra cosa muy distinta es convertirlo en identidad. Una sociedad que solo sabe hablar desde la queja corre el riesgo de olvidar que también existe una ética de la alegría. Aceptar que ninguna felicidad será completa y, precisamente por eso, aprender a habitarla mientras dura. Es aprender que, cuando la alegría aparece, no hace falta apresurarse a buscar el próximo motivo para sufrir.

* Carlos Gustavo Motta es psicoanalista y cineasta.

IG @carlosgustavomotta