Francisco no era el mensaje
A un año de la muerte de Papa Francisco, una mirada sobre su legado, entre la idolatría, las críticas y el verdadero sentido de su papado.
El problema de la muerte es que es capaz de sacar lustre a cualquier metal de fantasía o empañar el cristal de exhibición de un diamante, con exactamente la misma facilidad. A un año de la muerte de Francisco, toca hacer honor a la verdad y decir que no fue ni tan malo como vociferan los que lo odian ni tan excepcional como aseguran los que lo idolatran. El punto justo de la santidad —que es a donde el papa argentino pertenece— se encuentra en el camino entre una cosa y otra.
Entre las piedras del sendero, lo más fácil de rechazar son los odios. Es indudable que Francisco acercó a la Iglesia a mucha gente que antes no se sentía interpelada. Un poco por su forma de hablar, otro poco por su origen, uno a uno, muchos fieles e incluso ateos o personas de otros credos, se fueron arrimando al calor de sus palabras. Y eso es bueno, porque si la Iglesia no ha de construirse a partir de la conversión de los pecadores, no sé de dónde podrá seguir creciendo, pues no hay un solo justo que no haya sido antes un experto pecador. Como dice Romanos: donde abundó el pecado, sobreabundó la Gracia. Es por ello que sería miserable, de parte de un católico, negarle al progresista, al homosexual o al divorciado conectar al menos por un momento con la dulzura del Evangelio.
Pero he allí el punto. Francisco fue un hombre excepcional, como cada uno de nosotros, con una misión encomendada a la que supo responder. Pero no fue el primero ni el último, dentro de la Iglesia, en afirmar que no hay auditores en las puertas que impidan pasar al homosexual; no fue el primero en sentarse a la mesa de los lisiados y los enfermos; no fue el primero en interceder por los pobres. Todo eso, la Iglesia ya lo hacía, ya lo defendía, tal vez incluso sin las ambigüedades discursivas que Francisco nos hizo padecer por la tergiversación de los medios de comunicación.
Es por ello que me parte el alma el tradicionalista que escupe sobre el Santo Padre y me la rompe aún más, la lesbiana que cree que sin Francisco no tenía lugar en la comunidad. Es un malentendido comprensible para principiantes. Pero a esta altura del partido, con un año desde su muerte, si el mensaje de Francisco no ha llevado a la profundización de la Fe y aún ahora seguimos manteniendo lo mismo, creo que se ha hecho más daño que bien. Porque Francisco fue un brillante comunicador a veces, uno muy malo, otras, de un mensaje que llevaba dos mil años escrito. Se ha exaltado la figura de un hombre sin entender el sentido de su existencia.
Francisco fue lo que fue y ocupó el lugar que ocupó para acercar el Evangelio. No lo hizo para caerle bien a la gente, tampoco para que los excluidos pudieran sentirse amados por un hombre sentado en una silla en el Vaticano, sino para ser instrumento del Amor de Dios. Borrar de la ecuación al Altísimo en las acciones de un cristiano es la mejor forma de quitarle sentido a su vida; y lo mismo se cumple cuando se trata del vicario de Cristo en la Tierra y de Su esposa.
Y el último y tercer error es seguir viendo la historia de este hombre en tiempo pretérito, como si la misión se hubiera agotado el 21 de abril de 2025. Los aciertos de Francisco viven en un estadounidense que se nacionalizó peruano; que al saludar desde el balcón por primera vez, lloró por el peso del mundo que ahora descansa en sus espaldas. Un año sin Francisco es un año con León XIV. Melancolizarse por la muerte del argentino es mezquinarle nada más y nada menos que el Cielo; y es privar a la Iglesia del tiempo que ahora le corresponde transitar.
Será justo el mundo cuando recuerde a Francisco como el hombre que fue, no como el que se imaginan cuando se quiere reescribir su historia.