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El piloto francés que cayó en la Cordillera y fue salvado por un puestero mendocino

Un aviador francés amigo del autor de "El Principito" cayó en la nieve de los Andes y un adolescente mendocino lo sacó de la muerte con sus propias manos.


Este 13 de junio se cumplen 96 años de uno de los episodios más extraordinarios que vivió la Cordillera de los Andes mendocina. Una historia de supervivencia extrema, amistad, coraje y humanidad que tiene todos los ingredientes como para hacer una gran película, pero que ocurrió de verdad, a pocos kilómetros de la Laguna del Diamante.

Un vuelo de rutina que se convirtió en pesadilla

Era un viernes de invierno de 1930 cuando Henri Guillaumet (piloto de la aerolínea francesa Aeropostale y uno de los aviadores más experimentados de la época) despegó desde el aeropuerto Los Cerrillos de Santiago de Chile con destino a Buenos Aires. Llevaba correspondencia a bordo, como tantas otras veces. Era uno de los hombres que más veces había cruzado la Cordillera: llegó a hacer 393 travesías.

Pero ese día la montaña no perdonó. Un temporal de nieve lo obligó a desviar su ruta y el exceso de tiempo en el aire agotó el combustible del avión. Guillaumet se vio forzado a un aterrizaje de emergencia en plena tormenta, cerca de la Laguna del Diamante, a más de 3.000 metros de altura. El avión se dio vuelta en el aterrizaje, pero él sobrevivió.

Cinco días solo en la nieve

En Junio de 1930, el Potez 25 de Guillaumet volcó en las montañas.

Un piloto se estrelló cerca de la Laguna del Diamante y sobrevivió cinco días en la nieve. Lo salvó un adolescente que ni siquiera sabía quién era realmente su hombre.

Con la nave inutilizable, a temperaturas de cuarenta grados bajo cero y sin saber dónde estaba exactamente, Guillaumet tomó una decisión que le salvaría la vida: caminar hacia el este. Antes de alejarse del avión, escribió en una de las alas: "Je pars vers l'Est", es decir, "Voy para el este".

Lo que siguió fueron cinco días y cuatro noches de una odisea brutal. Caminando sin pico, sin cuerdas, sin víveres suficientes, escalando gargantas y avanzando sobre paredes de roca, con los pies, las rodillas y las manos sangrando. El congelamiento empezaba a inmovilizarle las piernas.

Guillaumet tenía, eso sí, una motivación poco convencional para seguir avanzando: su póliza de seguro. En caso de desaparición, la muerte legal se declaraba recién después de cuatro años. No quería que su esposa esperara tanto para cobrar. Entonces seguía buscando un lugar donde morir que fuera visible, que alguien pudiera encontrarlo. Y así, sin darse cuenta, siguió vivo.

El joven puestero mendocino que lo halló con vida

Del otro lado de esa historia estaba Juan Gualberto García, un puestero de 14 o 15 años que vivía con su madre en un rancho en la zona del arroyo Yaucha, en San Carlos. Un chico de la montaña, acostumbrado al silencio y al frío, que un día vio algo que no esperaba: a unos diez metros de distancia, un hombre desconocido agitaba una bufanda y lo llamaba a los gritos con una sola palabra. ""¡Aviador!" alcanzó a entender García.

El chico se asustó. Pensó que era un loco y salió trotando de vuelta al puesto. Pero cuando le contó lo que había visto a su madre, ella lo detuvo: hacía días que se hablaba de un piloto desaparecido entre los cerros. Le ordenó ensillar el caballo y juntos volvieron a buscarlo.

Lo que encontraron era un hombre destrozado. García cruzó el arroyo a pie, ayudó a Guillaumet a levantarse y, apoyado sobre la espalda del adolescente, el aviador dio los últimos pasos hasta el rancho. Su madre hirvió leche de cabra, Guillaumet tomó dos tazas y cayó dormido de inmediato. Ese gesto sencillo le salvó la vida a un héroe de la aviación francesa.

La desesperada búsqueda de Saint-Exupéry

Guillaumet y Exupery -

Saint-Exupéry buscó desesperado a su amigo entre los cerros mendocinos. Lo que encontró inspiró páginas de uno de los libros más leídos de la historia de la literatura.

Mientras Guillaumet luchaba por sobrevivir en la montaña, su amigo más cercano lo buscaba desde el cielo. Antoine de Saint-Exupéry, sí, el autor de El Principito, era por entonces jefe de la Aeroposta en Argentina y uno de los mejores amigos del piloto desaparecido. Cuando los días pasaron sin novedades, Saint-Exupéry viajó a Mendoza para coordinar la búsqueda desde allí.

Sobrevoló los cerros una y otra vez sin encontrarlo. "Me parecía que ya no estaba buscándote, sino velando en silencio tu cuerpo en el interior de una catedral de nieve", escribió después.

Pero Guillaumet apareció. El 20 de junio de 1930, una semana después del accidente, los dos se reencontraron en Mendoza. Fue Saint-Exupéry quien voló hasta el puesto de los García al día siguiente del rescate y trasladó a Guillaumet a un hospital de la capital mendocina. La despedida con la familia García fue breve, pero Guillaumet no la olvidó: apenas recuperado, volvió a sobrevolar la zona y dio tres vueltas por encima del rancho, a 50 metros de altura, para saludarlos desde el aire.

La literatura que nació en los Andes mendocinos

Viajero Además de eximio escritor, Antoine de Saint-Exupéry fue un filósofo de la aventura.
Viajero Además de eximio escritor, Antoine de Saint-Exupéry fue un filósofo de la aventura.

Saint-Exupéry inmortalizó la historia de su amigo en “Tierra de Hombres”, un libro publicado en 1939 en el que describió la odisea con una prosa que todavía eriza la piel. "Lo que hice, te lo juro, ningún animal lo habría hecho", le dijo Guillaumet después de sobrevivir. Y el escritor lo plasmó tal cual.

La experiencia de buscar a Guillaumet entre los cerros mendocinos marcó profundamente a Saint-Exupéry. Argentina, la Cordillera, la amistad y el coraje humano en condiciones extremas quedaron grabados en su forma de ver el mundo. Años después, en 1943, publicó "El Principito” y muchos de los valores que recorren ese libro tienen raíces en lo que vivió en estas tierras.

El reconocimiento que llegó 71 años después

La historia de Juan Gualberto García no terminó en ese rancho de los Andes. Décadas después, su gesto de ese invierno de 1930 llegó hasta las más altas esferas de la diplomacia francesa. En 2001, cuando García ya tenía 85 años y vivía solo en una humilde vivienda en la Villa Nueva Esperanza de Mendoza, fabricando cuchillos y vendiendo artesanías de cuero en la Plaza Independencia, recibió la noticia que cambiaría sus últimos años.

El presidente de Francia, Jacques Chirac, lo invitó a París para condecorarle con la Medalla al Mérito Aeronáutico. Llegó a Le Bourget vestido de gaucho, con sus artesanías mendocinas, y tuvo el honor de cortar las cintas de inauguración del Salón Mundial de Aeronáutica y el Espacio. También fue declarado Ciudadano Ilustre de San Carlos, el departamento donde había nacido y donde, siendo un chico, había hecho historia.

García falleció en 2011, pero dejó un legado enorme. No solo el de haber salvado una vida, sino el de haber unido, desde un puesto de la precordillera, a Mendoza con la historia de la aviación mundial y con una de las obras literarias más leídas del siglo XX.

Un camino en su nombre

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En la Laguna del Diamante hay una placa en honor a Guillaumet.

La historia de Juan Gualberto García volvió a la agenda mendocina hace algunos años. La Cámara de Diputados de la Legislatura de Mendoza le dio media sanción al proyecto que busca bautizar con su nombre la Ruta Provincial 98, en el tramo que va desde la Ruta Nacional 40 hasta la Laguna del Diamante. Un reconocimiento justo para el adolescente que, sin ninguna formación especial y solo con la valentía que da crecer en la montaña, protagonizó uno de los rescates más increíbles de la historia argentina.

Porque en esa zona, hoy dentro del Área Natural Protegida Laguna del Diamante, no sólo hay paisajes que cortan el aliento. También hay una historia de humanidad que vale la pena conocer y recordar. Una historia que tiene 96 años y que demuestra que las mejores noticias no siempre nacen en las ciudades.