A quemarropa y para los cabrones: el mundo aún sigue habitado por gente hermosa
Vivimos bajo la dictadura de la tragedia. Siempre estamos pensando que puede pasar lo peor. Sin embargo, arde la vida y te da sorpresas a quemarropa.
Alfredo, el taxista, dejó su confesión a quemarropa sobre el oficio de ser taxista. Foto: Ulises Naranjo
Las mejores historias, los poemas más hondos, las canciones más hermosas y las fotos y los cuadros más nutritivos hablan de la tristeza. La alegría carece de discurso, es un fuego artificial, una ola que rompe, una risotada, un espejo boca arriba, una gallina ciega, como escribió ya no recuerdo quién. La alegría no enseña y tampoco el goce: relajan, complacen, adormecen, anestesian. La tristeza, en cambio, alimenta, porque está hecha de conflicto, evolución, bandos en pugna y colores que cambian, dolores y traiciones, heridas y cicatrices, épicas y aprendizajes. La tristeza dispara a quemarropa.
La alegría es un vaso de agua en el insípido paraíso. La tristeza es un jardín colorido y venenoso bajo las lunas incendiadas del infierno. Por eso, vivimos en guardia, preparados para lo peor y cuando nos suceden cosas buenas, nos asombramos. Pues bien, vamos al caso, que arde la vida.
Mi auto japonés arrancaba cada día feliz, sin conflicto alguno, hasta el sábado, cuando decidió no arrancar y sacarme del adormecimiento vital: me puso a prueba. Uno se ha vuelto un vago: los autos modernos, el smartphone, el microondas, el bluetooh, los aviones y las estúpidas redes sociales nos han alejado de la épica. Antes, era normal que los autos no arrancaran, que cocinar nos llevara horas, que un viaje fuera una aventura y no hacer turismo, que conquistar a alguien implicara un contacto presencial y que la gente se conociera hablando, en un bar o una plaza, incluso, hasta que se tocara que compartiese fluidos. Ahora, la tecnología es una canción de cuna, una forma del adormecimiento, una anestesia vital. Me fui de tema.
Decía que, ante una agenda plena de cuestiones a resolver en las vísperas de mi cumpleaños, la computadora de mi auto decidió cancelarme y, entonces, comenzó a escribirse una invitación a la tristeza de vivir, pero también a una odisea personal, un viaje, una aventura que, a continuación, brevemente, relataré.
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Primer acto: Ángel de la guarda
Tu auto no arranca y, entonces, de la nada aparece tu vecino. Se llama Ángel y, como otros coleccionan postales, mariposas, vinilos, divorcios o enciclopedias, él colecciona herramientas. Tal vez, Ángel ha asumido erróneamente que la mejor manera de evitar los problemas es tener soluciones; ojalá fuera tan simple, muchacho. El asunto es que el tipo tiene herramientas y disfruta dando una mano. En menos de cinco minutos, hace su diagnóstico, saca su camioneta y sus cables para hacer puentes entre baterías y mi auto arranca. Me dice que lo ande veinte minutos, pues se supone que la batería se cargará.
Ángel me ayuda y nada espera a cambio.
Segundo acto: Alfredo, taxista y último romántico
Conduzco hacia el norte, sin rumbo y, como no llevo rumbo, descubro que estoy yendo hacia el barrio de mi infancia, porque todo lo que hacemos en la vida, no lo hacemos para conquistar minas o tipos, sino para volver a la infancia. Mi inconsciente me libera ante un supermercado. Me meto a la playa, estaciono y apago el motor para comprobar que cargó la batería, enciendo el motor y nada. Otra vez mi auto con muerte cerebral. Salgo y va pasando un tipo hacia su auto y le pido ayuda. No tiene cables para hacer el puente (¿a quién putas se le ocurriría llevar cables para hacer puente entre baterías en su auto?). Es José y nos conocemos de la adolescencia en la iglesia de Fátima. Se ofrece para que lo empujemos y a pesar del esfuerzo no arranca. Entonces, aparece Alfredo Fernández, el taxista. Deja su auto y empuja con nosotros y nada. Entonces, pide que lo empujemos hasta su taxi, saca cables para hacer puente entre baterías y mi auto vuelve a la vida. José se va luego de un abrazo y me quedo hablando con el taxista. Necesita desahogarse.
“El taxi es mi vida. Mi abuelo ya manejaba taxis en la década del ‘40. Antes era otra cosa: tener una licencia te costaba igual que una casa. Imaginate, ¡el precio de una casa! Ahora con dos, tres millones de pesos tenés una y empezás a sufrir. Está durísimo. Ahora, se devuelven las licencias. Además de las aplicaciones como Uber y Cabify que llegaron en 2018, están los transportes truchos. Los tacheros, hablamos mucho entre nosotros: ofrecer buen servicio, cambiar la imagen, vestirnos bien, tener el coche limpio, cumplir los horarios… Todo lo que hemos conseguido en mi familia, ha sido arriba de un taxi. Voy a insistir”, suelta y se va.
Alfredo y José me ayudan sin pedir nada a cambio. Alfredo me dice que le haga a alguien un favor para que no se rompa la cadena.
Tercer acto: Sebastián, otro Sebastián y la peluquera
Conduzco para seguir cargando la batería. Esta vez, no detendré el motor. Quiero comprar leña para encender un fogón el día de mi cumple. Termino en un corralón a cielo abierto donde compraba leña con mi hijo, cuando era pequeño. Dejo el auto encendido, cargo la leña y, haciendo marcha atrás, hago algo mal y el fucking auto japonés se detiene. Nueva muerte cerebral. Me ayudan Sebastián el dueño del lugar y una joven familia con bebé de dos meses. El puente no funciona y se ponen a empujarme hasta la ruta. Les ruego que se vayan: ya han hecho demasiado.
Miro alrededor y veo por allá una camioneta frente a una peluquería: “N&N”. Una muchacha, atiende a un señor que, al igual que su camioneta, luce entrado en años. Le digo que necesito un empujón con su camioneta. Me dice sonriendo “con mucho gusto, pero hay que esperar que Johana me corte el pelo”. Me quedo a charlar con ellos, ya no me importa el sábado, el cumpleaños y el porvenir. Hablamos de la vida, nos contamos cosas, nos reímos los tres, como si fuésemos amigos. Ya lo somos. Al fin, salimos y el hombre y sus años se tiran bajo mi auto y lo enganchan a la camioneta. Acelera y otra vez mi auto retorna de su muerte cerebral.
Sebastián Bertoglia, así se llama, me abraza y todo y nada me pide a cambio de su ayuda. Johana nos mira desde lejos, sonriendo.
Cuarto acto: el Ángel de la Guarda regresa
Finalmente, me ha sido explicado que, ahora, las baterías de los autos se mueren de un rato para el otro. Antes, las baterías tenían una larga agonía, nos permitían aprovecharlas aun en su decrepitud. Ahora, las baterías son fabricadas para morir de un rato para el otro. Todo se muere de un rato para el otro: es lo que el consumo necesita, que las cosas se rompan de inmediato, para que salgamos a comprar más cosas. Con los vínculos está pasando lo mismo.
No obstante, es un hecho que la batería de mi auto ha vivido más de lo previsto. Compro una nueva y, cuando estoy cambiándola, aparece un tornillo del orto apretado en un lugar inaccesible para la gente normal, pero no para Ángel, mi vecino coleccionista de herramientas. Viene entusiasmado con un juego de llaves tubo, con una esbelta llave crique (gracias, ChatGPT). Y así, preciso y hasta elegante, Ángel saca la vieja batería y pone la nueva y mi auto cobra vida, ahora, definitivamente.
Otra vez, Ángel me ha ayudado y nada ha pedido a cambio.
Hermosas gentes
A los cabrones, los escépticos, los desconfiados, los aposentados, los mezquinos, los que se cruzan de vereda, las malas personas que viven de recelar y temer a los extraños, hay que decirles que el mundo, a pesar de todo, siguen siendo un sitio hermoso. En cualquier esquina, en una canaleta de montaña, una ruta perdida, un barrio obrero y hasta en una zona bancaria o un barrio privado, podés encontrarte con gente dispuesta a darte una mano sin esperar nada a cambio. El amor es anticapitalista, es un atentado social, una inconveniencia.
Un sábado cualquiera, que pintaba cómodo, relajado, feliz, se transformó en un sábado lleno de conflictos, evoluciones, héroes anónimos, confesiones, anécdotas y enseñanzas de vida. La tristeza se anunció y, otra vez, dejó ver que, en realidad, es una ocasión de crecimiento. Nada de lo que planeaba hacer el sábado salió bien, pero todo salió bien, porque fue un sábado ganado al olvido, a la desconfianza, a la incredulidad y al temor. En el fondo de todos los vasos nos espera una sonrisa.