A quemarropa: misteriosos grafitis en una estación de trenes abandonada
Todos queremos dejar una huella que diga que existimos y cada quien lo hace como puede. En un sitio emblemático, arde la vida en sus muros secretos.
En Estación Guido, hay grafitis en los que arde la vida al estilo arte rupestre. Foto Ulises Naranjo
Arde la vida y no basta con existir sobre el cuero del mundo, cumplir con nuestras funciones biológicas y acumular experiencias: necesitamos, además, decir que existimos, que somos reales, que somos alguien, en medio de este breve carnaval a espaldas del olvido que todo lo devora.
Necesitamos manifestar a quemarropa que estamos vivos y hacerlo con contundencia, sin discreción, porque estamos vivos a duras penas y más temprano que tarde tropezamos con el borde de una fosa o el umbral de un horno a punto ceniza y adiós muchachos, muy rico todo, gracias por tanto y perdón por tan poco.
Desde hace miles de años, los grafitis ocultan esperanza de eternidad y también son formas certeras de mensajería social, política, filosófica y emocional que atraviesan el tiempo. Ya desde las cavernas, hubo tipos que, sin alfabeto a mano, pintaron las siluetas de sus manos soplando pigmentos en la prehistoria y Egipto los inauguró, como inauguró casi todo.
La práctica se ha sostenido con los siglos y, ahora mismo, por ejemplo, sigue habiendo imbéciles que pintan con aerosoles las piedras de la montaña confesando su amor de bachiller o peor: sus preferencias futbolísticas.
Todos queremos dejar una marca de nuestro paso por los días y cada quien lo hace como puede. Por eso, los grafitis también son excelentes ejemplos de mensaje social y termómetros de las pulsiones de los pueblos, especialmente de las más críticas.
Las paredes de los espacios públicos -y también privados- dan cuenta de ello, sobre todo a partir de la Revolución Industrial, que sometió a los trabajadores a procesos de deshumanización y alienación. La ausencia de democracia también se ha reclamado en los muros de las sociedades.
La práctica de mensajería en muros se da con habituales en sitios emblemáticos que se abandonan y repasaremos un caso en particular. Hace unos días, visitamos una estación de trenes abandonada en la montaña mendocina. Se llama Estación Guido y para conocerla hay que caminar diez kilómetros en total. Se trata de una serie de construcciones que pertenecían al Ferrocarril Trasandino, que iba desde Mendoza hasta Los Andes, en Chile.
Como todo sitio abandonado, sus paredes, que son muchas, dan cuentan de una variedad sorprendente de mensajes que mezclan con impunidad el amor, la política, la religión y el esoterismo, el humor, la filosofía y los apetitos sexual y artístico.
El anonimato puede ser condición ideal para las mayores verdades, esas que no nos atrevemos a confesar con nombre y apellido. Desde el anonimato, no hay culpable ni víctima posibles. El Mayo Francés de 1968 nació en las paredes y en las paredes comenzó a morir la dictadura militar argentina que sembró el horror desde 1976. Las tribus urbanas, además, cobran identidad en esos espacios.
De este modo, volviendo a los grafitis de la Estación Guido, allí pueden verse imágenes de misteriosas figuras humanas chamánicas despidiendo energía espiritual o caricaturas de seres urbanos, también de animales que infunden poder, mezcladas con mensajes políticos, confesiones de amor orgulloso, oraciones religiosas, sentencias filosóficas afiladas, adhesiones a bandas de rock, veredictos sexuales inconfesables o simples nombres de personas que pasaron por allí y sintieron necesidad de dejar huella de su aventura. Cada quien saque sus conclusiones al respecto.
Galería de imágenes
Los muros de Estación Guido hablan y aquí, en la siguiente galería de imágenes, mostraremos un resumen de lo mucho allí plasmado, en su variedad y su intensidad, a través de los grafitis.




















