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A quemarropa: las confesiones de otoño que te dicta tu amante Soledad

Yo había caído, pero mi mundo alrededor no lo haría. La tristeza y la sensación de vacío y hasta la mala suerte y el talento, lo sé, se arrodillan ante la disciplina. Agua fresca y disciplina: nada más es necesario.


Finalmente sucede: me olvido de mí, bajo la guardia, me descuido y amenazo mi aislamiento. Cerrada como un puño mi voluntad, igualmente el agua del deseo se cuela subrepticia y despierta sensaciones que parecen de otra vida, una más gozosa, liviana y perdida. No se trata del arribo de una formidable epifanía que todo viene a curarlo, no: a diferencia de la enfermedad, la cura jamás es repentina. Se trata de algo íntimo y cotidiano, casi intrascendente y ocurre así: volviendo a casa a bordo de mi auto y de un estupendo atardecer, de pronto, me escucho cantar una canción que me devuelve la radio, mientras atravieso el Corredor del Oeste y arde la vida.

Hace mucho no me oía cantar. Al darme cuenta, avergonzado, me sanciono: ¿cómo es posible que cante, si la ausencia secó mi lengua con su pincel de arena, su caldo espeso, su ventarrón caliente? Afincado en el oficio de la tribulación, me había vuelto contra mí mismo como un erizo y me había atado como un perro a las cadenas de correr cientos de kilómetros por los cerros para sentir un dolor distinto. Me había dicho tranqui, sos grande, no pasa nada, todo estará bien, ya sabés de qué se trata. Me había calzado un escudo de convincente entereza para lucir ante mis hijos, mis hermanos, mis sobrinas y mis amigos y me había impuesto las rutinas de la limpieza de la casa, los vencimientos y los arreglos hogareños postergados, la terminación de mi novela, la magra caridad de mis gatos y la ternura de escoger en el almacén del Johnny vegetales frescos, frutas y milanesas para las cenas.

Yo había caído, pero mi mundo alrededor no lo haría. La tristeza y la sensación de vacío y hasta la mala suerte y el talento, lo sé, se arrodillan ante la disciplina. Agua fresca y disciplina: nada más es necesario.

De pronto, a pesar del hueco en la frente y el hipopótamo en el pecho, la lengua gana humedad y canto una canción que, como todas, habla de lo perdido, al borde de un atardecer con nubes rojas sobre los cerros. Vuelvo a reconocerme en un instante de goce ciego, aunque todos los goces lo sean. Voy en el auto cantando y, como si fuese un fantasma, me veo desde afuera vociferar espléndido, vano, frágil, angélico y ligero, a quemarropa.

La vida, no hace muchos meses, me hizo dar vuelta la página, empezar de nuevo. Todavía duele despedirse de aquella bella persona que fui, aquello que construí a fuerza de constancia y entusiasmo, mi obra de mí para los míos, el íntimo orgullo con el que me echaba a dormir cada noche, después de dar mi último recorrido de perro minucioso por la casa. Jamás he dejado de ser guardián de mis amores, no voy a cambiar ahora. A pesar de los estallidos y abandonos, hay muros que no ceden, enredaderas y hongos que no mueren, verbos que permanecen erectos y mandatos atávicos que se respetan, porque delatan la sustancia lo divino. Esto también es sustancia de las ausencias.

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Para el autor, arde la vida y la soledad es una de las formas de la compañía; y viceversa. Imagen Midjourney IA

La reinvención, este desalojo, este derrocamiento severo del yo que atravieso, siempre será saludable, pero corro el riesgo de convertirme mañana en alguien más mezquino y egoísta, alguien menos noble y amable. No sé si quiero volver a ser feliz, no pienso en eso: quiero, más bien, perdonarme, bendecirme y desafiarme y construir un barco y remontar el río y después desarmar el barco y con su madera y piedras de colores construir otro nido, siendo consciente de que conozco aquello de lo que soy capaz sin traicionarme. Nada tengo, en principio, que reprochar a mi conducta. He sabido ser muy estúpido en ocasiones, pero jamás cobarde.

Ahora, me miro mirar la ruta y me escucho cantar una canción: “un remolino mezcla los besos y la ausencia, imágenes paganas se desnudan en sueños”. Me evalúo: soy honrado, ingenuo, insumiso, desprevenido, potente, imprudente, crédulo y creído, intrincado, hermoso y estoy herido. Me repito tranqui, sos grande, no pasa nada, todo estará bien, ya sabés de qué se trata.

Manejo mi auto a través del otoño y a mi lado viaja mi hermosa Soledad sin cinturón de seguridad, con el vidrio y el escote bajos, las piernas abiertas y la cabellera al viento, desentendida, petulante y negligente como gata de faraón. Si bien no le atraigo especialmente, me acaricia el cuello y se corrige el pelo y jura que disfruta de mí. Me ruega que cantemos juntos y lo hacemos: “en el espejo, reflejos viajeros, un apagón sentimental. La ruta pasa. Vuelve el deseo y la ansiedad a este cuerpo…”.

Nos llevamos bien mi Soledad y yo, qué va, es una antigua sociedad de responsabilidad limitada. “Imágenes paganas, se desnudan en sueños”, gritamos y la yegua me roba un beso. Detengo el auto en la rotonda y, ahora bajo silencio, sin ceremonias pendientes, caminamos sobre las piedras, entre jarillas y chañares y, ya cerro arriba, apoyamos las cabezas contra las bermejas almohadas del crepúsculo. Qué bonita palabra es bermeja, pero más bonita es crepúsculo; almohada viene del árabe, bonito viene del latín y yo vengo de la perplejidad, del azoro y de lo profundo de la noche, aunque tampoco es para tanto si sabés de qué se trata.

Estoy solo y entero como un cóndor que planea buscando su alimento. Hay muchas maneras de estar solo y a mí me gusta la de estar solo como un cóndor que planea buscando su alimento.

Vuelvo al auto, enciendo el motor y la radio y pienso en la cena para mis hijos. Creo que hay unos bifes de no sé qué en el freezer y siempre hay huevos, lechuga repollada y tomates perita. La clave está en descongelar bien la carne, pero lleva su tiempo, así es con los bifes y las resurrecciones. Subo el volumen y acelero. Hace menos frío que ayer. Mi Soledad me abandona para que siga solo y queda colgando de una nube roja que se apaga como un recuerdo. Mañana correré catorce kilómetros por los cerros; pasado mañana tal vez llueva, tal vez, no, pero igual voy a hacer tremendo guiso en mi wok de hierro fundido. Debería cortarme el pelo, aunque quizás me lo deje crecer. No falta tanto para otro setiembre. El tiempo y los cóndores pasan volando.

Ulises Naranjo