A quemarropa: confesiones de un idiota a días del apocalipsis zombi
No saber descansar: una confesión a quemarropa que torna la vida cotidiana en misión y cualquier día tranquilo en una antesala del apocalipsis.
Una confesión a quemarropa, en medio del apocalipsis zombi. Imagen IA
Buen día. Qué gusto. Soy un idiota al cubo, uno muy a tono con esta sociedad de idiotas que no saben detenerse ante las agonías del crepúsculo o los reflejos en los charcos después de las tormentas. Soy un idiota al cubo que no sabe relajarse y siempre está pensando que la semana que viene llegará el apocalipsis zombi o iniciará la tercera guerra mundial o ambas malas películas a la vez.
No soy ejemplo de nada ni sé vivir tranquilo. Bueno, vivo tranquilo, pero no sé vivir desatento, desconozco la idea del descanso. No soy apacible ni moderado. No me gusta perseguir el estado de nirvana. Cuando alguna vez medité o hice yoga, no fue para sentirme bien o en paz tomando té de hierbas y pintando mandalas, sino para sentirme más fuerte, en equilibrio y, así, ser más resolutivo, generoso y agradecido.
Soy muy agradecido, en un mundo en el que muchos de los que reciban algo de vos no sabrán convivir con el don recibido ni con el compromiso moral que se les genera. Hacer grandes cosas por los tuyos está bien, pero con cuidado: un gran favor puede convertir a un miserable en un monstruo. Mirame: arde la vida y ya no espero nada de nadie. Agradezco lo mío haciendo cosas, devolviendo lo que debo, porque no me gusta deber nada.
Dos cosas detesto: las deudas y los jefes. Las deudas porque te atan y los jefes porque ninguno de esos cabrones resulta tan apropiado y exigente como yo conmigo mismito. Soy un buey que solo se calza el arado y abre la tierra, sudoroso. No sé trabajar en equipo, bueno, sí lo sé, siempre y cuando sea yo quien esté al frente del equipo, cosechando victorias a la vez que puteadas por lo bajo. A veces, me ha resultado y así me ha ido también. Ahora, como un guardafaro o un camionero de ruta, trabajo solo.
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No sé aburrirme. Cuando voy a una playa, no me gusta echarme al sol, tomar mates y sostener conversaciones estúpidas o deslizar con desgano contenidos de redes sociales. Prefiero irme a correr o caminar o buscar piedras o permitir que alguna ola me llene de sal y granos de arena o ir de compras a buscar promociones de artículos para el hogar. Hace poco, me compré una gallina de alambre para poner huevos dentro, una cinta adhesiva nivel dios, un destornillador, un cortavientos impermeable, un candado, unas zapatillas para correr por las piedras y un wok de hierro fundido para hacer tremendos guisos.
No sé descansar. Aun en sueños, siento que hay un estado de vigilia que nunca se apaga: sueño con aventuras, con cosas por resolver a través de la acción. Y debo leer borrosas entrelíneas oníricas al amanecer para intuir qué me demanda mi inconsciente, a quemarropa. Tal vez por lo mismo hago cosas innecesarias como fatigar kilómetros por el piedemonte, subir cerros, andar en bicicleta oyendo música por rutas solitarias o leer novelas abstrusas.
Despierto sin alarmas. Empieza el día. Desayuno y junto las partes para armar mi día como un francotirador ensambla su rifle favorito. No sé de dónde viene, pero aspiro a llevar siempre un kit de supervivencia en la mochila. Jamás uso ojotas: siempre estoy preparado para dar socorro; siempre estoy pensando en rescatar a alguien, liberar a la princesa, proteger al indefenso o enfrentar al bicho boss con mi espada japonesa. Y cuando amo, soy un samurái en un bosque sin luna.
Es de noche y hago mi balance. Me arrodillo ante estos versos de Pessoa: “El mundo está hecho para quien nace para conquistarlo / y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón”. Puede que parezca insoportable vivir de esta manera, pero no concibo otra. Tengo bien ganada mi obstinada soledad. Descansarán mis cenizas cuando se enfríen.