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A otra cosa, mariposa: anoche éramos siete, ya no

Anoche planeábamos un viaje. Esta mañana mi amigo murió sentado en su auto. Entre esas dos escenas cabe toda la fragilidad de la existencia.


Me paro frente a la máquina de café y elijo mocaccino. Pienso entonces que descubrí el mocaccino en una estación de servicio sobre la ruta, creo que en San Carlos, donde viven las mejores personas del mundo y nacen los mejores hongos en el regazo senil de los álamos criollos. Pienso en esas cosas porque no quiero pensar que, unos metros más allá, yace boca arriba y con los ojos cerrados mi amigo Leo, a quien esta mañana le estalló el corazón. Y a otra cosa, mariposa.

La fragilidad que nos constituye tiene múltiples formas de camuflarse. Podemos crear una flor de hierro fundido o esculpir la Piedad en mármol, pero nuestro propio cuero está obligado a desestimar la permanencia. Nuestra casa parece firme, pero firme es un caracol fosilizado. Nuestros músculos parecen fuertes, pero fuertes son las colas de las lagartijas, capaces de volver a crecer. Nuestros ingresos parecen constantes, hasta que un día te toca el timbre un empleado de correos con tu telegrama de despido o tu negocio pasa de moda o simplemente caíste en la mala y te tocó perder. Nuestro corazón late incesante, hasta que un día no late más y te resbalás con una cáscara de banana y caés a una zanja o en las fauces de un horno crematorio y a otra cosa mariposa.

Ayer, vía Whatsapp, Leo reunió a sus seis amigos en Planta 1, Godoy Cruz. Comimos empanadas y pizzas a la romana, con malbec de la casa. Como siempre, dijimos cosas estúpidas, nos reímos del otro, organizamos un viaje y un asado, gastamos a los obstinados, recordamos alguna anécdota y, en la playa de estacionamiento, nos abrazamos y prometimos vernos pronto, sin sospechar que sería demasiado pronto. Leo no terminó de digerir la cena, porque a las pocas horas, ni bien se levantó, la muerte, con la excusa de un paro cardíaco, pasó a buscarlo mientras estaba sentado en su auto y a otra cosa mariposa.

Ahora, la noche siguiente, vuelve a reunirnos. Elijo un mocaccino de la máquina de café y me siento junto a los amigos bajo un silencio sobrecogedor y, como si estuviera planeado, queda una silla vacía. No entendemos nada, no queremos aceptarlo y la energía que ponemos en preguntar qué pasó se traduce en dolor y el dolor inicia la ceremonia llamada duelo. Las despedidas de los seres queridos podrían ser más livianas, pero no lo son, porque con ellos se van pedazos importantes de nosotros. Leo, por ejemplo, se ha llevado recuerdos juveniles en los que lucíamos hermosos y eternos.

Arde la vida ante la presencia de la muerte. Imagen IA

No hay nada de sorpresivo en la muerte, de hecho, es el asunto más difundido de la existencia. Pasa todo el tiempo, ahora mismo en algún lugar, alguien más está muriendo en el asiento de su auto. Por eso, este texto no pretende poner atención especial en la partida de nuestro amigo, dejemos esta tristeza para el ámbito de lo íntimo. Estas palabras buscan delatar lo vulnerable y liviano de nuestra existencia: hoy somos Maradona contra los ingleses o Aquiles antes de la flecha y, mañana, a otra cosa, mariposa.

Estamos de paso, brevísimo lapso y luego ya nadie recuerda que existimos. Vivir es un tarascón absurdo, un salto de pez volador de la nada hacia la nada. Las aguas siguen quietas un instante después. No obstante, aunque el universo no nos perciba, cada uno de nosotros es un pequeño milagro. Nacimos por casualidad, un esperma entre millones que llega a la cima; crecimos por casualidad, esquivando peligros de toda índole y morimos sin casualidad alguna, porque día a día vamos reuniendo excusas, juntando puntos en la promoción para partir. Y a otra cosa, mariposa.

No hay luz al final del túnel. Mi amigo está frío. El mocaccino sabe más rico cuando está bien caliente. Detesto agosto. Dale, comamos un asado, tomemos un vino, hagamos un viaje, riámonos de Janeiro, cantemos una que sepamos todos y durmamos haciendo cucharita. Mañana será otro día y, si es el de la despedida, diremos bueno, muy rico todo, preciosas las cortinas y tus hijos, un amor tu pareja y divertidos los posavasos y los imanes en la heladera, ha sido un gusto, qué lindo estuvo, nos estamos viendo, abrazo de gol. Si lo hubiéramos planeado no salía tan bien.

Ulises Naranjo