VAR o no VAR, esa es la cuestión
El jueves 7 de julio en nuestro país la cantidad de búsquedas en Google por la polémica que generó la intervención del VAR en el partido que resolvió el cruce entre River y Vélez por los octavos de final de la Copa Conmebol Libertadores fue cinco veces mayor que la vinculada con la supuesta renuncia de Alberto Fernández a la Presidencia de la Nación. El principal argumento crítico que subleva a buena parte de la afición del fútbol argentino es que el árbitro brasileño Roberto Tobar cedió a la presión de la cabina de video asistencia comandada por su compatriota Rafael Traci al anular el gol que el delantero millonario había convertido, aparentemente, con el brazo.
Las discusiones que despertó el fallo controversial también dominaron las tendencias en las redes y el partido arrasó con los ratings de la TV. Todavía el tema acapara los acalorados cruces de los panelistas que desmenuzan los resultados de las competencias futbolísticas. Ante semejante repercusión, un observador ajeno podría concluir que somos un pueblo atento a la justicia y vigilante de la imparcialidad de los fallos. Sin embargo, en otras dimensiones de la vida pública no mostramos la misma tendencia. ¿Es la equidad lo que nos preocupa?
Cuando era un jovencito, en Villa Sarmiento, mi barrio, vivía un tipo que hizo carrera como juez de línea. Era “el famoso” de la localidad. Uno que, si no estaba en la cancha, aparecía en Fútbol de Primera los domingos por la noche. Me gustaba mucho charlar con él y mi viejo. Nos deleitaban sus anécdotas con jugadores y técnicos relevantes. Nos confiaba un dato chequeado con todos sus colegas árbitros: los hinchas argentinos nunca exigíamos justicia, pedíamos favores para los colores que nos identifican.
No caben dudas de que el país atraviesa una crisis inconmensurable que nos tiene caminando por la cornisa. Además, por redacciones y oficinas de producción corrían esa tarde rumores que sostenían que la conferencia de prensa del jueves encabezada por la portavoz de la Casa Rosada tendría un contenido relevante. Se barajaban dos opciones, si no se trataba de la dimisión del presidente Alberto Fernández sería, por lo menos, la salida de Sergio Massa y su espacio político de la coalición gobernante. Aunque las consecuencias de semejante salto son inimaginables, los habitantes de este rincón del mundo, mayoritariamente, buceamos digitalmente en busca de información que apuntale lo que ya decidimos pensar del cabezazo de Matías Suárez.
Hay, por lo menos, un costado más de análisis: un alto porcentaje de los indignados por las (contadas) 43 veces que el gabinete VAR le hizo ver la jugada al pobre referí levanta su voz más por la presión que logró doblegar la voluntad original de la autoridad competente que por el sentido final de la decisión deportiva. Aquel observador ajeno, nuevamente convocado como calibre de nuestros principios, podría interpretar que somos un pueblo respetuoso de los roles y responsabilidades asignadas, uno que exige y valora la firmeza de las convicciones, un colectivo reacio a las influencias externas. ¿Qué podemos decir entonces de la convivencia tolerante con el crónico bochorno institucional que eclosionó ese fin de semana con la renuncia del ministro Martín Guzmán, corolario de un proceso interminable de coacciones sostenidas por los adeptos de Cristina Fernández de Kirchner dentro de la cruenta interna caníbal del Frente de Todos?
No nos faltan razones para despertar indignaciones generales.
El mismo día de la duda sobre la parte del cuerpo que usó el delantero de River para introducir la pelota, se conoció que una dependencia del Consejo de la Magistratura con documentación secreta de jueces y secretarios generales que actúan en la causa Vialidad que tiene como imputados a Cristina Fernández, Julio De Vido y José López -el hombre del convento- entre otros 13 funcionarios kirchneristas, había sido violada. A diferencia del Estadio Monumental, las cámaras afectadas a la seguridad del recinto no funcionaron en el momento de la intrusión. Se trata de la misma causa en la cual la Oficina Anticorrupción decidió renunciar a su rol de querellante después de solicitarlo y reunir 60 cuerpos más 150 cajas de elementos probatorios.
Ese jueves también cayó la sesión del Senado que iba a tratar el proyecto de ampliación de la Corte a unos 25 integrantes, más o menos. La cámara baja tampoco arrima a las preocupaciones de la gente, como podría ser modificar la ley de alquileres, y le dedicó una madrugada al tratamiento del área marina protegida bentónica Agujero Azul. No sabemos muy bien qué significa eso pero el proyecto vino con los clásicos cruces entre Graciela Camaño y Mariana Zuvic, que son como las Karina Mazzocco y Carmen Barbieri del parlamento.
Tener a mano o no elementos probatorios que demuestren la infracción luce decisivo: "Cualquiera puede abrir mi celular, no sé si todos pueden decir lo mismo", advierte la Vicepresidente de la Nación.
La misma Cristina Fernández que, a bordo de la flota presidencial, fue volando hasta El Calafate para inaugurar un cine municipal. El día anterior, su cuñada gobernadora había decidido prolongar el laxo régimen especial de promoción de los alumnos santacruceños que, junto con sus vecinos chubutenses, pelean la punta por ser los estudiantes más afectados del país por el apagón educativo.
Durante la inauguración, y mediante una obra maestra del sarcasmo, Cristina Fernández calificó como de irresponsabilidad política y desestabilización institucional “hacerlo enterar al Presidente de una renuncia por Twitter nada más ni menos que del ministro de Economía, no me parece bien. Me parece un gesto de ingratitud”.
Entre las risas contenidas del auditorio, se preguntó acerca del hombre que tiembla cuando le avisan que ella hizo un posteo: “¿Realmente se merecía eso?”.
La Agencia Federal de Inteligencia compra revistas en el kiosco de 25 de Mayo y Mitre para ver si consigue algo para aportar en el tema del avión de venezolano iraní flojo de papeles. Mientras tanto, los únicos denunciados por el asunto son dos diputados de la oposición.
Todas estas cosas pasan en la Argentina pero nada, nada de esto, merece tanto enojo y búsquedas como el protocolo de funcionamiento del VAR. Algunos ya prevén el horror máximo, ¿qué pasaría si algo de esto sucede en el Mundial? Realmente mete miedo, no quiero ni pensarlo.
Pero, pese a todo, no vendría mal de vez en cuando contar con imágenes de respaldo, un sustento exterior para resolver situaciones conflictivas con nudos difíciles de desatar. El miércoles, poco antes del partido del escándalo, pasé por el supermercado de mi esquina. Me fui más triste después de ver una discusión que nos sintetiza. En la caja estaba la mujer de la pareja que lo regentea. Una joven china que llegó a la Argentina con poco más de 15 años hace menos de diez. En su media lengua trataba de explicarle a un muchacho, muy joven también, por qué no podía venderle una bebida al precio señalado en la pequeña góndola. “¡¿Qué cobrás?!”
*Alejandro Perandones es periodista y analista de comunicación.


