No bastan tratamientos o medicación para sobrellevar una enfermedad
Cada 11 de febrero se celebra la Jornada Mundial del Enfermo. Fue instituida por el papa Juan Pablo II en 1992, un año después de haber sido diagnosticado con Parkinson. El sacerdote polaco declaró entonces que el objetivo de este día es “sensibilizar al pueblo de Dios y, por consiguiente, a las varias instituciones sanitarias católicas y a la misma sociedad civil, ante la necesidad de asegurar la mejor asistencia posible a los enfermos”.
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Esta fecha, que coincide con la primera aparición de Nuestra Señora de Lourdes (el 11 de febrero de 1858), ha sido impulsada por Juan Pablo II para tomar conciencia del sufrimiento de quienes tienen distintas enfermedades y así acompañar a estas personas con un espíritu compasivo. Es que no bastan tratamientos, internaciones o medicación para que una persona pueda recuperarse de una problemática puntual o sobrellevar una enfermedad crónica. Desde luego que todo eso es importante, pero hace falta algo más.
En estos dos años de pandemia hemos visto cómo muchas personas han estado aisladas, hemos sido protagonistas de la imposibilidad de tocar a nuestros seres queridos y hemos conocido casos de quienes han muerto en soledad a causa del covid. Estas últimas no han podido despedirse de sus familias ni amistades, y viceversa. La salud no tiene que ver solamente con mantener signos vitales, sino también –y como dice la OMS– con “un estado de completo bienestar físico, mental y social”.
Lo emocional y lo espiritual son clave en quien debe atravesar una enfermedad. A propósito de esto, el papa Francisco mencionó este jueves 10 de febrero la necesidad de realizar una atención integral al enfermo: “Es toda la persona la que necesita cuidados: el cuerpo, la mente, los afectos, la libertad y la voluntad, la vida espiritual… La atención no se puede diseccionar, porque el ser humano no se puede diseccionar”.
Por qué el día mundial del enfermo coincide con la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes
Bajo esta advocación se recuerda la aparición de María a Bernardita Soubirous en 1858, en una gruta de la localidad de Lourdes, en Francia. Con el tiempo, se construyó ahí un santuario, que es visitado por unas 8.000.000 de personas por año para tocar, tomar y bañarse con el agua que brota de la gruta.
Gracias al contacto con dicha agua, se han dado millones de curaciones en quienes peregrinaron al santuario, de las cuales solo unas 70 han sido reconocidas por la Iglesia Católica Romana.
Es el caso, por ejemplo, del italiano Vittorio Micheli, quien visitó Lourdes a los 23 años, el 1.º de junio de 1963, cuando padecía un cáncer de pelvis. Tenía un tumor tan grande que su pierna izquierda terminó paralizada por las complicaciones que le trajo. Fue bañado en las aguas del santuario e inmediatamente disminuyó el tamaño del tumor, lo cual lo liberó del dolor y pudo caminar. En febrero de 1964, dicho tumor había desaparecido por completo y se había recalcificado la unión con la cadera.
También tuvo una curación milagrosa la italiana Delizia Cirolli, quien padecía de Sarcoma de Ewing en su rodilla derecha. Un equipo médico le advirtió acerca del riesgo que podía traer el avance de su enfermedad y le recomendó a su familia amputarle la pierna; pero esta no accedió. Su madre la llevó a Lourdes en 1976, cuando Delizia tenía 12 años. Tras regresar a Italia, el tumor comenzó a reducirse rápidamente, hasta desaparecer por completo. Debido a que su tibia quedó angulada por el tumor, le hicieron una osteotomía (operación correctiva). Luego Delizia pudo caminar con normalidad y de grande estudió Enfermería.
Hay otros milagros de los que fueron protagonistas personas que visitaron Lourdes y no tienen que ver con curaciones “visibles”. Hay quienes declararon que María había sanado sus enfermedades espirituales y experimentaron, por ejemplo, la curación de la ceguera o sordera del corazón, la liberación de la autosuficiencia o del desprecio (propio y hacia otras personas), la capacidad de perdón y de reconciliación.
