Psicofármacos: esas mágicas pastillitas de colores

Psicofármacos: esas mágicas pastillitas de colores

Ha aumentado significativamente el uso de psicofármacos. ¿Dificultad para enfrentar conflictos? ¿Pensamiento mágico? ¿Placebo? Seguí leyendo y te contamos

“Tomate medio Clonagín y ves la vida de otra forma”, he escuchado, no una, sino varias veces. Y es cierto, todo se enfoca desde otra óptica, pero, ¿qué pasa cuando cesa el efecto de la medicación? Volvemos a encontrarnos con aquello que nos despertó malestar.

“Se ha convertido en algo habitual que en los botiquines de las familias haya psicofármacos”, dice el psicólogo Daniel Vecchio. Pastillitas de colores que nos pintan una realidad alivianada, ablandada, caricatura burlesca de la densa carga de problemas que debemos enfrentar.

Según publicación de la editorial Perfil, un estudio sobre sustancias psicoactivas realizado entre los años 2016 y 2017 por la Secretaría de Políticas Integrales sobre Drogas de la Nación Argentina (Sedronar), arroja datos alarmantes sobre el perfil del consumo en nuestro país: casi 3 millones de Argentinos adquiere psicofármacos con o sin prescripción médica. Entre ellos, la mayor cantidad corresponde al sexo femenino (17,6% frente al 12,8% de los varones). 

Los más elegidos son tranquilizantes, ansiolíticos, hipnóticos y miorrelajantes. El fármaco que se lleva los laureles es el clonazepam (55,6%), seguido por el alprazolam (30,2%) y el diazepam (15,4%), que integran el grupo de las benzodiacepinas (medicamentos que disminuyen la excitación neuronal, con efecto ansiolítico, hipnótico y relajante muscular). 

La mencionada editorial cita que, según datos de la consultora IMS Health, Argentina es uno de los países con mayor consumo de clonazepam en el mundo. 

El uso de medicación es tan viejo como nuestra historia aquí en la Tierra. El opio, la coca, el cannabis, el peyote o la sarpaganda, fueron las primeras drogas usadas por el hombre. Y es que aquellas culturas primitivas concebían al sufrimiento mental como castigo sobrenatural, pérdida del alma o introducción de un espíritu en el cuerpo. Así, las sustancias servían para intentar modificaciones emotivas, en la conducta o en el humor. 

El hombre primitivo concebía al mundo desde un pensamiento mágico, se atribuían causas a situaciones sin que mediara una actividad empírica basada en un pensamiento hipotético deductivo. Es la forma de pensar característica de los niños: si llueve, es porque el cielo se enojó, o porque lloran los ángeles. Siempre el origen de los sucesos está afuera. Por ende, la solución también debería estar allí. 

Y hoy, en nuestra avanzada cultura, muchas veces funcionamos así. Pareciera que buscáramos allá afuera la causa de todos nuestros males, sin mirar hacia adentro y cuestionarnos qué estamos haciendo mal, en qué podemos cambiar, cómo podemos corregir nuestra forma de pararnos ante lo que nos duele. Entonces, las pastillitas de colores aparecen como la panacea. Las tomo, me siento de diez y chau, no me angustio, no me pregunto, no tomo contacto con mi ser interior.

En este punto deberíamos hacer una primera salvedad. En ciertos casos, los psicofármacos son necesarios: enfermedades mentales que tienen base orgánica y que alteran la neurotransmisión, enfermedades que no tienen justificación orgánica pero que generan malestar intenso en el paciente y su grupo familiar, riesgo de vida para sí o para terceros. En estas circunstancias, la medicación ayuda a equilibrar al paciente para poder luego realizar un abordaje psicológico. 

Desde esta perspectiva, la OMS en 1985 recomendó el uso racional de medicación, haciendo hincapié en que cada sujeto debe recibir el medicamento adecuado, en dosis individualizada, durante un período de tiempo suficiente y al mínimo costo para él y para su comunidad. 

Y acá se abre el paréntesis para una segunda observación. Debemos distinguir entre uso y abuso. El uso tiene que ver con la prescripción indicada por el médico, durante el tiempo estipulado y en las dosis previstas. El abuso, por otro lado, se relaciona con un uso problemático y escapa a la cantidad y tiempo contemplados por el profesional. 

¿Qué factores intervienen en el abuso de psicofármacos? Deberíamos separarlos entre sociales e individuales. El aspecto social, a mi entender, tiene que ver con que formamos parte de una cultura del “todo ya”, en los trabajos, en los círculos sociales, no se toleran los tiempos requeridos para una terapia psicológica.  

Por otro lado, la presión actual de ser exitoso lleva a postergarse para continuar incluido en la fatídica danza social. Entonces, todo aquello que entorpezca (aún nuestra relación con nosotros mismos), es sorteado con pasmosa habilidad. Las mágicas pastillitas de colores nos ayudan a seguir en el sistema.

Desde lo individual, el dolor de enfrentar la angustia, la tristeza y la necesidad de cambio, suele ser difícil. El mejor atajo que aparece de esta manera en escena, sería la medicación “salvadora”. El costo que pagamos, además del económico es que no aprendemos a tolerar la frustración ni a resolver problemas. De esta manera, se alimenta una cadena de pensamientos irracionales que sustentan creencias acerca de que no somos capaces de enfrentar conflictos ni de salir de situaciones difíciles. La autoestima se ve terriblemente afectada. Y así, el círculo vicioso se perpetúa. Y así, sentimos que perdemos el control de nuestras vidas. Y así, mágicamente, las pastillitas de colores nos sacan de ese inframundo fantasmagórico. 

Nuestro cerebro, que se guía por la lógica de lo placentero, aprende que esa medicación le da sensación de bienestar, porque activa el sistema de recompensa cerebral. Entonces, cual ratita de laboratorio, buscará esa “salvación” cada vez que haga aparición el displacer. 

El abuso de psicofármacos genera dependencia física y psicológica: según el tipo de droga, pueden ocasionar presión arterial baja, enlentecimiento de la frecuencia cardíaca, dificultades cognitivas (alteración de memoria y atención), temblores, agresividad, irritabilidad, alteración en el deseo sexual, en el sueño y en el apetito. 

Debemos tener en claro que toda sustancia química altera la conexión entre neuronas (sinapsis), que no hay medicamento inocuo y que todos los psicofármacos pueden generar dependencia si no se respeta su prescripción.

Hay conflictos que requieren de “un viaje al interior”, que reclaman atendernos, escucharnos, replantearnos, aprender, hacer duelos, bancarnos la angustia, enfrentar fantasmas, adoptar nuevos puntos de vista. Son procesos y la noción de proceso implica tiempo. Necesariamente. En estos casos, “la pastillita” anestesia, pero no resuelve.

El dolor duele, pero es necesario para cambiar. Tendremos que aprender a apuntar con el dedo hacia nosotros y evitar esperar que la varita mágica nos toque y nos salve.

Lic. Cecilia C. Ortiz / Neuropsicóloga / licceciortizm@gmail.com

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