Me jubilé, ¿y ahora qué hago?

Es un capítulo significativo en la vida de los adultos. El tan ansiado momento puede ser vivido como un retiro o como una puerta a nuevos desafíos. ¿Afecta a nuestro cerebro? Seguí leyendo, te cuento. 

cecilia ortiz

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“Los últimos tres años fueron una cuenta regresiva. Lo esperé tanto. Los primeros días de jubilada, fueron lindísimos, por fin me había liberado de los horarios y obligaciones. Pero, a medida que han ido pasando los días, descubro que me sobra tiempo, que me aburro, que, por momentos, extraño la rutina, no sé, no termino de hallarme”.

La jubilación quiebra nuestros hábitos y puede despertar sentimientos de inquietud, preocupación, aburrimiento, ansiedad, depresión, disminución de la autoestima y sensación de inutilidad.

El cambio es tan significativo que se habla del “síndrome de jubilación”, como un conjunto de síntomas que incluyen insomnio, irritabilidad, problemas digestivos, cefaleas, angustia, etc.

Suele ser un momento bisagra en la vida. Porque no sólo es la pérdida de costumbres, sino de un rol, de una identidad: “yo soy secretaria, electricista, bibliotecario”, solemos decir, y eso nos da una posición y un anclaje social: ante los demás yo tengo una característica que me hace diferente y que me coloca en una posición determinada.

Cuando ese rol se abandona, surge una sensación similar a un vacío dentro de la trama social: paso a ser “jubilado”, un número más dentro del resto del ramillete de seres humanos. Y, muchas veces, un grupo denostado, desjerarquizado y hasta ignorado.

En el imaginario social hay una sórdida ecuación: jubilación = improductividad. La dramática imagen del sujeto sentadito en una silla mirando al horizonte con ojos llenos de ayer que ya no genera.

La etapa del retiro laboral implica un duelo importante. Si no se puede transitar el proceso adecuadamente, nos encontraremos con seres melancólicos añorando su etapa dorada de productividad, sin posibilidad alguna de construir algo distinto. Si, desde otro lado, la tormenta de emociones puede sortearse exitosamente, podremos presenciar el pasaje hacia un período lleno de posibilidades.

Me imagino que quien lee estará pensando que en Argentina eso no es fácil. Y tiene razón. En nuestro país, como tantos otros temas, la población de jubilados adolece de muchos beneficios y atenciones. Y, desde ya, esto se sumará a modo de preocupación extra.

Varios autores postulan que la jubilación consta de distintas etapas:

- Prejubilación: Se caracteriza porque uno imagina cómo será y qué hará cuando se jubile

- Jubilación: Puede vivirse con euforia, sensación de liberación, tristeza o añoranza

- Desencanto: La persona descubre que el día a día no era lo que imaginó

- Reorientación: A partir del desencanto, puede planificarse la vida futura de manera más realista, teniendo en cuenta los aspectos económicos y sociales

- Estabilidad: La persona ya ha creado una rutina estable y puede disfrutar de sus actividades

Desde nuestro cerebro, el pasaje a la jubilación implica el tránsito desde la actividad y exigencias cognitivas (atender, recordar, organizar, planificar, decidir, interactuar) hacia una etapa más tranquila, en la que, a veces, escasean los desafíos mentales. La ausencia de estímulos embota a nuestras neuronas.

¿Cómo logramos que este pasaje sea lo más saludable posible, sin exceso de costos afectivos y preservando nuestra actividad neuronal?

En primer lugar, es importante que les diga que hay que hacer un cambio rotundo de paradigma, imponiendo a la jubilación como una etapa de apertura a nuevas posibilidades y aprendizajes, concibiéndola como un período activo.

Después, conviene ponerse a pensar en todas aquellas cosas que uno quiso hacer y por el trabajo no pudo. Lo importante es que esa actividad implique aprender, incorporar datos o destrezas nuevas.

Debemos tener en cuenta que el aprendizaje crea asociaciones que producen cambios en nuestras neuronas y sus contactos con otras neuronas (sinapsis), mientras más sinapsis (conexiones) haya, mejor, más protegido estará nuestro cerebro.

Es significativamente positivo poder armarse un esquema en el que todos los días haya algo para hacer, un “para qué levantarse”. En ese armado no debería faltar la actividad social: reunirse con amigos, visitar seres queridos. Este aspecto también resulta importante para nuestro cerebro.

La actividad física no debe excluirse. Se recomienda media hora por día de movimiento, que puede ser una caminata, de paso, el contacto con la naturaleza es reconfortante y estimula nuestro cerebro.

Es usual que en esta estación de la vida surjan o se aviven conflictos previos personales o de pareja. El escudarse en el “ya es tarde para cambiar” caducó. Nunca es tarde para cerrar procesos, para superar conflictos ni para animarse a vivir conforme intereses y deseos propios. La madurez, la perspectiva que da el tiempo y las ganas de cambiar son motores potentes para decidirse a hacer las cosas “porque sí, porque quiero, porque me hace bien”.

Todo esto, créanlo o no, juega un papel importante en nuestro sistema nervioso central. Las neuronas ante el estrés, la ansiedad y la angustia, trabajan “a media máquina”. Y es precisamente en este momento de la vida que necesitamos un cerebro fuerte, que pueda hacer frente a los embates del deterioro.

Si se pudiera resignificar la jubilación, aprender a jubilarse, prepararse para una etapa importante de la vida, activa, con nuevos retos, se vivirían los entretelones con menos angustia y temores y con la esperanza de saber que lo mejor está por venir.

Lic. Cecilia C. Ortiz / Neuropsicóloga / licceciortizm@gmail.com

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