Quería ser presidenta, estudió arte y es la abanderada del impulso a la minería en Mendoza
Entre las múltiples cajas de embalaje de una mudanza próxima, Jimena Latorre, encuentra una revista con las 100 mejores fotos del triunfo de Raúl Alfonsín. Y un libro de campaña. Se detiene y repasa lo que tiene entre sus manos. Esos textos eran de uno de sus abuelos, el que era socialista en España, llegó a la Argentina y acunó las ideas de la Unión Cívica Radical que fue transmitiendo, como un sello indeleble, a las próximas generaciones. La actual ministra de Energía y Ambiente nació tres años después de aquel histórico retorno de la democracia de 1883, un 6 de agosto de 1986.Quizá porque su nacimiento se produjo bajo el signo Leo, por ser la hija mayor, por el trabajo que hace sobre sí misma en terapia luego de un cáncer que fue público, se muestra firme y convincente. Ambas características se van repartiendo raudamente, como si fueran cartas recién llegadas, entre las palabras que pronuncia y sus propias acciones. Las mismas también le traen consecuencias: el gobernador Alfredo Cornejo la tiene entre sus funcionarias favoritas pero muchos opositores la critican y confrontan con ella. También algunos dirigentes dentro de Cambia Mendoza. No le importa, no busca agradar.
Las calles de la ciudad de San Rafael la vieron llegar el sexto día de agosto que cayó a mitad de semana, miércoles. Su mamá y su papá tuvieron luego dos hijos más: Paula y Gonzalo, con quienes Latorre transcurrió los juegos de la infancia, las idas a la escuela y hoy comparte confidencias, la experiencia de la incondicionalidad, son el mensaje que retorna al instante. También tiene otro hermano, Santiago, quien vive en España. De chica fue al Colegio San Antonio, de adolescente, hizo la secundaria en la Técnica de Mujeres con orientación de arte y diseño. Se le nota, hay algo de búsqueda estética en ella. Cierto orden, una estructura visual en su modo de moverse, de elegir su vestimenta.
Entre los primeros bailes del secundario, los sueños de qué ser cuando una se hará grande, vislumbrarse un futuro, la Jimena quinceañera repetía una frase que dejaba atónita a sus pares. "Quiero ser presidenta", replicaba una y otra vez. Ahora, con 38 años cambió de opinión. Aunque hay noches en las que llega a su casa con el cuerpo tieso- signos del cansancio del día de una ministra que arranca temprano en Casa de Gobierno; hay decisiones que tomar sobre los proyectos mineros que el Gobierno tiene entre sus principales banderas; organizar el equipo de trabajo-( que es una de las actividades que más le gusta en la vida), bajar del cuarto piso del ala Oeste donde se encuentra su oficina e ir a alguna actividad y un teléfono que parece incesante- valora muchísimo las otras horas del reloj. Esas que son para su pareja, la familia, sus amigos, regar su jardín. Espera, como si fuera la sortija de la calesita, cuándo le toca el turno para el riego en su casa en Luján de Cuyo.
Sin embargo, el deseo de ser presidenta, la movió para decidir su carrera universitaria. Pretendía algo que la emparentara con la política, que fuera una ruta hacia allá. Su meta estuvo influenciada por su abuelo, por las mesas familiares donde la política eran parte del sabor de la comida, por saber claramente qué significaba la UCR. Estudió derecho en la sede de la Universidad de Mendoza de San Rafael. Nunca quiso ser parte de un buffet de abogados ni caminar por Tribunales.
Se recibió. Sus padres se separaron. Su mamá se fue al Gran Mendoza. Ella la siguió, su hermana también. Empezó a trabajar, de casualidad, en lo público, durante el gobierno peronista de Francisco Pérez (2011- 2015) con un contrato de locación en la dirección de Medios y Vías de Transporte. Una amigo de su mamá hace el contacto. Envía un currículum. Ingresa al Estado. Pero también a la vez se acerca a una fundación radical: "Fundamentos", del exlegislador e intendente de Godoy Cruz César Biffi y del exministro y exlegislador Enrique Vaquié.
No pasa desapercibida. Jimena Latorre presenta denuncias penales contra el Gobierno del PJ que son públicas. Una por quema de expedientes en Transporte y asesora legalmente a quienes denunciaron al exintendente de Santa Rosa, Sergio Salgado, quien fue preso. Colabora con las acusaciones por haber emitido facturas apócrifas y cheques.
Ya es el año 2015. Gana las elecciones provinciales un frente nuevo, que encabeza el radicalismo: Cambia Mendoza. Alfredo Cornejo se convierte en el nuevo gobernador de la provincia. Con la nueva conformación del Gabinete, Latorre recala en Servicios Públicos, al mando de Sergio Marinelli, sanrafaelino como ella. Se conocen de toda la vida. Pero después Marinelli va a ocupar el cargo de Superintendente de Irrigación, que hoy desempeña. Asume Natalio Mema en su lugar y Latorre es la jefa de Gabinete. Toman decisiones trascendentes, como el Mendotran.
Pero Cornejo le propone otro desafío. Integrar una terna para ser la próxima directora del Ente Provincial Regulador Eléctrico: el EPRE. La vota la Legislatura. Tiene un nuevo trabajo y mucha visibilidad mediática. Ahora sí, es conocida.
Rodolfo Suarez, el por entonces intendente de la ciudad de Mendoza, es el elegido para ser el nuevo candidato a gobernador de Cambia Mendoza. Es 2019. Cornejo encabeza la lista de diputados nacionales y la mujer que lo sigue en ese listado que volverá a ganar los comicios es Latorre. Hay campaña al lado del gobernador. Hay caminatas, fotos, publicidad callejera. Llega al Congreso de la Nación. Primero está contenta, fascinada, se imagina una batería de proyectos para presentar. Pero no todo resulta ser en la vida como se pretende desde un inicio.
"Te vas al Congreso, no vas a poder hacer nada desde la banca, te vas a hacer nada", le dice un dirigente. Fiel a su estilo, lo mira con mala cara, se siente ofendida. Con el correr de los meses va descubriendo que no es su lugar. Los proyectos que empieza a presentar, no prosperan. También cae en la cuenta que hay que acordar, discutir, crear consensos. Y que a ella le gustan los blancos o los negros. Le cuesta participar de esas discusiones, de esas negociaciones eternas, le generan tedio las reuniones en las que no se avanza en nada. Sus equipos, como la de cualquier integrante de ambas Cámaras, son cuatro o cinco asesores. Le gusta organizar grupos grandes, no hay mucho que hacer ahí. Tiene 33 años. Se siente frustrada.
Además, inmediatamente arranca la pandemia del coronavirus. Pero en su vida, un año después empieza algo más grave, que no se soluciona con las vacunas, el barbijo, las medidas sanitarias. Ya tiene 35 años. El 14 de marzo de 2021 le dan un diagnóstico que le lee su hermano: el bultito que apareció en su pecho derecho es cáncer de mama. Se queda atónita. Impertérrita. La llama a la Anita- a la por entonces ministra de Salud, Ana María Nadal-. Ahora sí, construye alrededor de la enfermedad, un lugar soleado: equipos: su oncóloga, la persona que le hace las radiografías, la psicóloga, profesionales en quiénes confiar,
Los meses siguientes fueron, como todo cáncer de mama: cirugía, quimioterapia, rayos, quimio hormonal, otra operación más. No deja el Congreso de la Nación. Va y se sienta en su banca. Pelada. Ya no tiene la cabellera rubia debajo de los hombros con la que se la vio en los carteles de campaña. Pero no quiere "dar lástima". No le interesa escuchar "pobre Jimena". Le teme a esos estereotipos, la atormentan, los habla en terapia. "Si vos no te das pena a vos misma, no le vas a dar a los demás", le dice la psicóloga, y a ella le queda grabada como un mantra. A veces percibe su cuerpo totalmente atravesado por las drogas contra el cáncer. Otras siente como si nada estuviera ocurriendo. Sus pares la aplauden de verla ahí. Los medios la entrevistan, quieren saber por qué va a trabajar a pesar de. Ella le pone palabras.
Se termina su mandato. La enfermedad casi que también, Aunque sabe que hay que estar alerta. Continuar los estudios. Es 2023 y Cornejo vuelve a ser gobernador. Ella, la ministra de Energía y Ambiente. Mucha dirigencia radical la felicita. Se lo merece, ha estudiado, está preparada, tiene carácter. La oposición la cuestiona: ¿a quién se le puede ocurrir mezclar Energía con Ambiente? Pero las cosas se complican más. Mendoza necesita sumar a una persona que la represente en el directorio de YPF. "Puedo ir yo", se postula.
Esa decisión trae problemas a ella y al Gobierno. Es abril de 2024. Cuatro dirigentes de la oposición, entre legisladores y exlegisladores, la denuncian por incompatibilidad y conflicto de intereses en su doble rol de funcionaria, ante la Oficina de Ética Pública. .Lo que viene es tormentoso: transciende que cobra 70 millones de pesos por mes. Cobra 8 millones, en verdad, pero ni ella ni el Gobierno salen a aclararlo a tiempo.
Es julio y renuncia a YPF. Sigue siendo ministra, claro está. Pero en la petrolera la reemplaza César Biffi, exintendente de Godoy Cruz y exlegislador. Se termina la discusión. Con el diario del lunes, siente que por ser mujer y ser la que más ganaba de los funcionarios de la provincia, se la apuntó. Cree que no se supo valorar sus intenciones. Que quería defender a la provincia, que era lógico que estuviera ahí Que no entendían que todo lo que pudiera hacer estaba reglado, que no había margen para ese tipo de negociaciones que le apuntaban. Pero ya es tarde. Ya pasó esa etapa. Da vuelta de página.
Como ministra logra la aprobación del distrito minero Malargüe y sus primeros proyectos. Una de las banderas del primer año de gestión del gobernador. Pretende también generar con sus acciones cambios de paradigmas. Que se entienda que es posible que convivan la energía y el ambiente. Que el ambiente atraviesa todo. Piensa en los detalles: en lo que nos pasa a la ciudadanía todos los días cada vez que sin querer, contamina.
Es de noche, está cansada, siente como agujitas en el cuerpo. Pero duerme, descansa. Se levanta. Tiene, valga la redudancia, energía otra vez.