El Gobierno cree que el país es solo L-Gante, Hebe y una Corte corrupta
El Gobierno decidió convocar a un grupo de artistas para rememorar el día de la Democracia y los Derechos Humanos de la forma más anómala que se pueda celebrar: símbolos y personas que han hecho mucho para que la democracia sea débil y los derechos humanos pisoteados. Las proyecciones en la pared mostraron la bandera del colectivo LGBT y el aborto legal, dos situaciones que ameritan un profundo debate acerca de cuánta vida y derechos generan cada moción ideológica y en este caso partidaria. Es lo que cree una parte del Frente de Todos, no Argentina.
La interpretación del himno estuvo a cargo, entre otros, de Miss Bolivia y L-Gante, dos artistas populares que cumplen con la anómala coincidencia de tener denuncias vinculadas a la violencia. Miss Bolivia vio como la Justicia desestimó por considerar falsas las acusaciones de violencia sobre su expareja, y L-Gante fue denunciado por su expareja por destrozos, portación arma de guerra, pegarle a un adolescente, entre otros méritos del "artista". En 1992, la histórica canción de Barcelona para dar inicio a la ceremonia global fue entonada por Freddie Mercury y Montserrat Caballé, una de las cantantes líricas más reconocidas por su interpretación de las composiciones belcantistas de la historia moderna. Cada loco con su tema.
"Fuera Corte Corrupta", reza la bandera que expuso el Gobierno durante el himno buscando "cerrar la grieta". A la tensión lógica de los poderes en los que Cristina Kirchner no cree y descalifica vulgarmente cada semana, se proyectó el cartel faltándole el respeto a la Corte Suprema, que lejos de ser perfecta, es independiente y no tiene por qué tolerar embestidas infantiles de un grupo de percibidos artistas nacionales. Es decir, cuando alguien del equipo de cultura eligió las imágenes que representan al país, entonces decidieron que ese insulto al Poder Judicial, sumado al aborto y la violencia de Hebe de Bonafini, podrían ser parte del álbum de figuritas que representan a la Argentina.
Hebe de Bonafini, que hace cuarenta y seis años caminó con razón y coraje la Plaza de Mayo pidiendo la aparición con vida de su hija, pidió con gritos y marchas durante las últimas décadas todo tipo de acción en contra del orden. Tomar el palacio de Tribunales, torturar hijos de opositores, probar pistolas en los hijos del expresidente Macri, denostar a los soldados de Malvinas que dieron la vida en 1982 y al general Roberto Bendini por llamar a "cicatrizar las heridas del pasado" en un acto oficial en julio de 2007. Hebe se mantuvo constante, ponderando la dictadura chavista y cubana, militando los regímenes que fusilaban adolescentes en Táchira y aplaudiendo a Maduro. Fue entonces la cara de Hebe lo que el Gobierno eligió para representar la fecha de la Democracia. Hebe descalificó siempre a todos, yo cubrí los juicios populares de Hebe disfrazada de juez culpando a colegas de la talla de Eduardo van der Kooy mientras adolescentes escupían sus fotos y nos amenazaban por redes sociales. Eso era Hebe y antes de morir descalificó de paso al presidente Alberto Fernández pidiéndole que hable menos.
También estuvieron las infaltables caras del aborto a través del pañuelo verde, como si fuera entonces algo que represente la vida o a la sociedad argentina en su conjunto. Rara condición la nacional, donde en las encuestas se muestra una opinión pública en general adversa al aborto, pero con una clase dirigente que de forma casi totalmente transversal milita el procedimiento como un éxito editorial e incluso directamente como un ícono nacional. Lisérgica forma de entender la vida y la democracia.
La bandera del LGBT, tal vez lo que más atrasa en la progresía nacional, también se lució como ícono, como lo simbólico de Argentina, un país representado por los colores de la diversidad, otra vez, una política transversal de una clase dirigente pro LGTB que no le interesa qué piensan sus votantes. Nación y Ciudad, un sólo corazón, de hecho Juanjo Méndez, exministro de Transporte porteño, mandó a pintar muchos cruces de calle con la bandera gay, suponiendo entonces que eso pudiera generar de alguna forma mayor empatía o interés en el tema, algo que nunca jamás podría pasar. A nadie en términos vagamente generales le importa con quién sueña, duerme, se enamora o simplemente se besa o tiene sexo pasional cada uno. Argentina está habitada, según el último censo cuyas cifras finales desconocemos, por un 99.78% de mujeres y hombres, y un 0.12% de personas que no creen ser ni una ni otra cosa, entonces... ahí estuvo la bandera representando a la Argentina, o tal vez el 0.12% del país.
Así entonces, bajo la coordinación de Gabriela Cerruti, que logró convencer al presidente de que algo sabe de comunicación política, otro lastre más, otro gafe más, otra oportunidad al tacho que ni a los cristinistas les gusta. Otra vez Alberto la tuvo picando en la línea... y dejó que defina otro, que sabe menos que él, pero que comete errores y enmudece automáticamente, en este caso, la siempre errática y explícitamente violenta en sus palabras, Cerrutti, con un error bajo la manga siempre por si acaso hace falta.