Presenta:

La negación de Cristina Fernández de Kirchner y la crisis de la segunda generación de la oposición

Cristina dejó momentáneamente la política epistolar para dar órdenes en directo. Obvian la realidad y disimulan los dos años de mal gobierno. La oposición tiene el complejo de la segunda generación y pone en riesgo su efímera riqueza política.
Foto: Telam
Foto: Telam

Cristina Fernández de Kirchner dejó momentáneamente el vínculo epistolar que tiene con el discurso público y su Gobierno y esta vez trazó directivas en vivo. Al presidente Alberto Fernández, a la oposición y a la misma sociedad; todo con una reconstrucción histórica sui generis y con una negación de los errores propios que decepciona a quien pueda tener alguna esperanza de reconstrucción. La vicepresidenta hizo una burda interpretación de lo que fue el camino de la recuperación democrática argentina, obvió de manera aún más cínica el drama social que ya vivía Argentina en 2015, cuando ella dejó del poder, y trazó directrices condicionantes a “su” presidente.

La oposición tiene una crisis tan banal como preocupante. Juntos por el Cambio vive el complejo de la segunda generación: Horacio Rodríguez Larreta, Alfredo Cornejo, Patricia Bullrich, Martín Lousteau (y las firmas siguen) arriesgan el capital heredado de los fundadores; Ernesto Sanz, Mauricio Macri y Lilita Carrió. La falta de liderazgos, la inexperiencia con el poder y las ambiciones hasta económicas de algunos sectores radicales y del Pro pusieron en ridículo a esa alianza a pocos días de haber logrado un éxito electoral impensado en 2019.

Con todo, la política argentina está secuestrada por las carencias en la gestión propia, las pobres ambiciones personales y el increíble yerro en la lectura del momento histórico que vive el país.

Épica de la negación

La épica discursiva que construyó el kirchnerismo en sus primeros 12 años de gobierno chocan con la realidad. Por eso el discurso de Cristina quedó pasado de moda. Ya no hay dudas que algunos de esos pilares eran de barro. “Duplicamos la clase media”; dijo Cristina y mencionó el período 2002 – 2012. Obvió que gobernó hasta 2015. Pero además los datos abundan para ilustrar que en realidad fue la época de las oportunidades perdidas. Con recursos disponibles de sobra, no se generó desarrollo, sino que se sembró dependencia interna.

Hubo aumento del consumo en base a la presión sobre la demanda agregada, pero no cambios estructurales en la matriz productiva, laboral, social y educativa. Por eso, ante un estornudo económico la pobreza sigue creciendo. La inflación, la pobreza, la marginación crecieron. Pero el negacionismo del Gobierno fue más fuerte y hasta 2015 se eligió no medir. Sin embargo, más de un tercio de la población y estaba marginada de la formalidad laboral, el sistema productivo y las oportunidades de crecer.

El acto de ayer sirvió como camuflaje. Se cumplían 38 años del retorno de la democracia, pero también dos años de gestión de Alberto Fernández; una pésima gestión según se puede citar de las propias palabras de referentes del Frente de Todos. Los militantes que casi colmaron la Plaza de Mayo al grito de “vamos a volver” olvidaron que ya volvieron en 2019, y que los argentinos estaban peor. Sería un acto de redundancia recordar los ridículos eslóganes de Alberto diciendo que llenaría la heladera de los argentinos, que aumentaría a los jubilados y que gobernaría él. Hoy a nadie la alcanza, los jubilados perdieron y su autoridad está en duda.

 

Riqueza desperdiciada

La pelea del radicalismo ocurre en un escenario y por cargos intrascendente para la comunidad. Patricia Bullrich puso en caja a los radicales al recordarles lo intrascendente de ser autoridad partidaria. Claro, obvia la presidenta del Pro el amor que tienen los radicales por la chapa, los cargos y el dinero que se maneja desde esos burocráticos cargos legislativos que les nubla la vista.

El acuerdo logrado por Carrió, Macri y Sanz en Gualeguaychú representó el clímax de una estrategia de poder que, aunque puede ser cuestionada, tuvo un bien superior: generar al menos una alternativa para que haya alternancia en el Gobierno y que no se diluyan los partidos. La experiencia en el gobierno fue mala; pero parecía que Juntos por el Cambio había madurado: se mantuvieron unidos tras la derrota y generaron un proyecto opositor para equilibrar el Congreso.

Pero ahora la “segunda generación” tiene problemas y no sabe administrar esa riqueza. El problema es que es un capital volátil. Por eso los referentes buscan camuflar de nuevo las diferencias. La mesa de Juntos por el Cambio había empezado a elaborar ideas para programas de gobierno, de manera intersectorial en cuanto a los partidos y pertenencias internas. Las peleas por los cargos interrumpieron ese proceso.

Lo extraño es que no solo la memoria emotiva le juega una mala pasada a los radicales, sino también los actores en juego. Desde Enrique Nosiglia, uno de los monjes negros de la política argentina junto con José Luis Manzano, hasta el semillero político surgido en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA. Nada nuevo.