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Sin fábricas, sin gas y casi sin cerveza: la lección industrial que Inglaterra aprendió tarde

El Reino Unido subsidió una planta cerrada para evitar la falta de CO, cerveza y alimentos en plena crisis industrial.

Sin dióxido de carbono no hay cerveza, ni soberanía económica que aguante.

Sin dióxido de carbono no hay cerveza, ni soberanía económica que aguante.

Hay un gas humilde que sostiene la vida moderna, es el dióxido de carbono, el mismo que el mundo entero quiere eliminar de la atmósfera y que, sin embargo, nadie sabe cómo reemplazar dentro de una botella de cerveza. El CO pone las burbujas en la lager y en la gaseosa y también conserva los alimentos envasados, participa en los tratamientos de fertilidad, aturde a los animales en los mataderos y purifica el agua. Es el empleado invisible de la economía pero nadie lo saluda hasta que falta.

Aquí empieza la parte didáctica. El CO industrial no se fabrica a propósito, porque es un subproducto. Nace, sobre todo, de las plantas que producen bioetanol y fertilizantes, siendo el etanol el negocio principal. El gas es como la viruta que cae del torno, esto explica que la oferta de CO no depende de cuánta cerveza quiera tomar la gente sino de cuánto alcohol etílico convenga producir. Si el etanol no rinde, la planta cierra pero con la planta se va el gas. La cerveza queda como rehén de un negocio ajeno.

El Reino Unido aprendió esta lección tres veces en una década. En 2018, en 2021 y otra vez en 2026 el Estado intervino para que el país no se quede sin burbujas. Entre tanto, la última intervención fue la más reveladora. El gobierno pagó £100 millones de libras para reabrir la planta de Ensus, en el noreste de Inglaterra, una fábrica de bioetanol que él mismo dejó morir meses antes.

¿Por qué murió Ensus? Por un acuerdo comercial con Estados Unidos que recortó los aranceles al etanol americano, por lo tanto el importado salía más barato. La planta británica dejó de ser rentable y cerró en septiembre. Por su parte, otra fábrica llamada Vivergo, cerca de Hull, corrió la misma suerte. Londres firmó el acuerdo, miró los números y aceptó el cierre con la serenidad de quien tacha un renglón en una planilla. Nadie pensó en la viruta, es decir, en el gas que sostiene a media economía doméstica.

Después vino la guerra con Irán. El estrecho de Ormuz quedó cerrado y los flujos globales de gas y de fertilizantes se enredaron. De pronto, en Whitehall, alguien hizo la cuenta y concluyó que Gran Bretaña quedaría sin lager justo antes del Mundial de fútbol, el acontecimiento que las propias asociaciones cerveceras anticiparon como el de mayor consumo de espumosa de la historia. El gobierno reaccionó con la velocidad que solo el pánico otorga y reabrió con dinero público la planta que el mercado había enterrado. La asociación de cerveceros y pubs lo dijo sin pudor, sería impensable quedarse sin cerveza durante el Mundial.

Conviene detenerse en la escena porque es perfecta. Un país que fue el taller del mundo, inventó la revolución industrial, y dictó durante dos siglos las reglas del comercio global, paga £100 millones de libras para resucitar una fábrica que mató por descuido, no para asegurar un insumo estratégico militar ni un componente de defensa, sino para que las canillas de los pubs no se sequen durante un torneo de fútbol. Roma repartía pan y circo y Londres reparte pinta y partido. La diferencia es que Roma producía su propio pan.

El episodio ilustra algo más profundo que una anécdota cervecera. Inglaterra funciona hoy como esos comercios con un cartel en la vidriera de liquidación por cierre, todo debe salir. Vendió su acero, agua, puertos, clubes de fútbol y buena parte de su red eléctrica. Cada colocación tuvo una excusa contable impecable. El problema de la contabilidad es que registra el precio de las cosas pero no su función. Una planta de bioetanol vale poco en los libros, pero embotellar tu propia cerveza sin pedir permiso a un estrecho persa vale bastante más, aunque ningún balance lo refleje.

La política industrial británica oscila entonces entre dos estados. Cuando hay calma, el mercado decide y las fábricas cierran porque importar es más barato. Cuando hay crisis, el Estado entra en pánico y paga lo que sea por reabrir lo que cerró, sin estrategia. Es el equivalente nacional de cancelar el seguro del auto para ahorrar y contratarlo de nuevo, carísimo, cuando ya se ve el granizo en el horizonte. El gobierno anunció una consulta para construir una industria de CO resiliente y estudiar subsidios. Es decir, pagará para sostener lo que antes dejó caer, tras un desembolso para reabrirlo de urgencia. Fueron tres movimientos con sus facturas pero ninguna doctrina.

La moraleja excede al Reino Unido pero encuentra en él su ejemplar más puro. Un país que no produce nada esencial descubre tarde que todo es esencial. El gas de las burbujas parecía un detalle trivial de la economía, casi un chiste, hasta que una guerra lejana, un acuerdo comercial mal calculado y un fixture futbolero se alinearon para demostrar lo contrario. Las naciones serias distinguen entre lo que conviene comprar y lo que conviene hacer. Las naciones en liquidación ya no distinguen nada. Solo atienden el mostrador, rematan lo que queda y rezan para que la cerveza alcance hasta la final.

Las cosas como son.

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.