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La batalla por el Estrecho de Ormuz: quiénes son los ganadores y perdedores de la crisis

El cierre del Estrecho de Ormuz golpea a China y fortalece el negocio energético de Estados Unidos en plena crisis global.



Hay una pregunta que casi nadie se hace en medio del ruido mediático: ¿quién gana con el cierre del Estrecho de Ormuz? Porque mientras los titulares gritan catástrofe energética global, hay un país que mira la situación con una calma que muchos confunden con indiferencia.

Ese país es Estados Unidos y su calma tiene una explicación muy concreta: para Washington, este caos tiene ganadores, y varios de ellos tienen su pasaporte.

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El Estrecho de Ormuz, el paso marítimo por donde circula cerca del 20% del petróleo mundial y que hoy está en el centro de la tensión global.

El Estrecho de Ormuz es como un tubo angosto de 55 kilómetros de ancho, por el que pasa casi la quinta parte de todo el petróleo que consume el mundo. Ese pasaje está ubicado entre Irán y Omán, y conecta el Golfo Pérsico con el mar abierto. Por ahí salen los cargamentos de Arabia Saudí, Irak, Kuwait, los Emiratos Árabes y Catar. Si ese tubo se tapa, el mundo empieza a sudar, sin embargo, ese tubo está en este momento, efectivamente cerrado.

Desde el 28 de febrero de 2026, tras los ataques coordinados de Estados Unidos e Israel sobre Irán, la Guardia Revolucionaria Iraní emitió advertencias prohibiendo el paso de buques por el estrecho. El tráfico de barcos cisterna cayó aproximadamente un 70%, con más de 150 embarcaciones ancladas fuera del estrecho esperando que la situación se resuelva.

El mundo grita. Pero Washington observa con una serenidad que vale la pena analizar.

La clave: Estados Unidos ya no depende del estrecho

Aquí está el dato que cambia toda la discusión. El año pasado, Estados Unidos importó aproximadamente 490.000 barriles diarios de petróleo crudo provenientes de países del Golfo Pérsico. Eso representa apenas el 8% del total de sus importaciones. Canadá y México juntos proveen cerca del 70% de lo que el país compra, siendo Canadá solo responsable del 63%.

Dicho en términos simples: si el Estrecho de Ormuz desaparece del mapa mañana, Estados Unidos apenas siente un pequeño rasguño en su suministro directo. El tubo roto no es el suyo.

Entre tanto, según la Agencia de Información Energética de Estados Unidos, los mayores productores de energía del mundo son Estados Unidos con el 22% de la producción global, Arabia Saudita con el 11%, y Rusia con el 11%. El papel de Irán como actor capaz de influir en los mercados globales se redujo considerablemente, mientras que el rol estadounidense creció.

En la crisis del petróleo de 1973, cuando los países árabes impusieron un embargo petrolero a Estados Unidos, Washington no tenía capacidad de producción propia suficiente. Tenía que mendigar petróleo. Hoy produce más que nadie, por lo tanto, La situación se invirtió.

El precio sube: ¿quién cobra?

Aquí viene el punto que más incomoda a los analistas convencionales. Cuando el precio del petróleo sube, como ocurre en estos días, con el barril llegando a superar los 100 dólares; hay empresas que sufren y hay empresas que festejan. Las que compran petróleo padecen, al tiempo que las que lo ofertan pasan por un momento favorable.

Y Estados Unidos, hoy, vende. El propio presidente Trump lo dijo sin rodeos en redes sociales: “Estados Unidos es el mayor productor de petróleo del mundo, por lejos. Cuando los precios del petróleo suben, ganamos mucho dinero.” Un analista de la Universidad de Rice lo confirmó técnicamente, porque las empresas petroleras estadounidenses, sus empleados y los estados donde operan se benefician directamente de precios más altos.

Cuando el material de análisis que tenemos frente a nosotros señala que el mundo produce 107 millones de barriles diarios y consume 105 millones, parece que hay superávit. Pero ese superávit está en manos de productores específicos, y el mayor de ellos es Estados Unidos. Cada dólar que sube el barril es un ingreso adicional para el sector energético norteamericano.

¿Y la gasolina cara? Sí, duele, pero no a todos igual

Es cierto que cuando el petróleo sube, la gasolina en los surtidores también sube. Con precios entre 4 y 5 dólares por galón en varias regiones del país, los transportistas de camiones y los consumidores comunes sienten el golpe. No hay que minimizarlo.

Pero incluso aquí el cuadro es más complejo. Los productores petroquímicos estadounidenses, que utilizan como materia prima el gas de esquisto, o shale, es decir, el gas extraído mediante perforación horizontal en rocas, están relativamente aislados del impacto del estrecho. Es probable que ganen participación de mercado si los precios siguen subiendo, porque sus competidores en Asia y Europa reciben golpes más fuertes.

Mientras una fábrica de plásticos en Corea del Sur no puede conseguir la nafta que necesita para funcionar, una planta petroquímica en Texas sigue operando con gas doméstico a precios competitivos. El dolor ajeno se convierte en ventaja competitiva propia.

El gran perdedor: China

Si hay un actor al que este escenario golpea de manera estructural, es China. Entre el 80% y el 89% del crudo y los condensados que transitaban por el Estrecho de Ormuz tenían como destino refinerías asiáticas. China e India juntos reciben más del 40% de ese volumen. Japón y Corea del Sur también muestran alta dependencia: Japón obtiene aproximadamente el 95% de su crudo del Medio Oriente, y Corea del Sur cerca del 75%.

China es el mayor importador de petróleo del mundo, su industria, fábricas y el modelo de crecimiento basado en exportaciones baratas funciona con energía barata. Cuando ese hidrocarburo se encarece abruptamente, el modelo cruje.

Alrededor del 40% de las importaciones de petróleo chinas transitan por el estrecho, y aproximadamente el 30% de sus compras de gas natural licuado provienen de Catar y los Emiratos Árabes, ambos dependientes de esa misma ruta. Para Pekín no hay un botón de emergencia fácil de apretar.

El tablero estratégico más amplio

Existe una dimensión que va más allá del precio del barril. Desde febrero de 2025, el presidente Trump ya había emitido una directiva de seguridad nacional ordenando una campaña de “máxima presión” contra Irán, con el objetivo explícito de llevar las exportaciones de petróleo iraní a cero, incluyendo específicamente las exportaciones de crudo iraní hacia China.

En otras palabras, el escenario actual no es un accidente que le cayó encima a Washington. Es, en parte, el resultado de una política deliberada. El cierre del estrecho perjudica a China, debilita a Irán, y obliga a los países asiáticos a buscar alternativas de suministro. Esto, en muchos casos, lleva en la dirección de los puertos de exportación estadounidenses.

El mapa del dolor no es simétrico

La narrativa dominante presenta el cierre del Estrecho de Ormuz como una crisis universal que afecta a todos por igual. Esta lectura es incorrecta.

Estados Unidos llega a este momento como el mayor productor de energía del planeta, con dependencia mínima del Golfo Pérsico para su propio consumo, con reservas estratégicas que ya comenzaron a liberarse al mercado para estabilizar precios, y con un sector energético privado que factura más por cada barril que sube.

Sus competidores estratégicos, con China en primer lugar, pero también Japón, Corea del Sur e India; llegan a este mismo momento con su cadena de suministro energético severamente comprometida.

El camionero estadounidense que paga más por el gasoil desembolsa, sin saberlo, parte del costo de una reconfiguración geopolítica en la que su país, visto el cuadro completo, no pierde, sino cobra. Que el precio sea justo o no es otra discusión. Pero confundir incomodidad doméstica con debilidad estratégica es un error de análisis.

Las cosas como son

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.