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Donald Trump vs León XIV: una pelea penosa en la arena de la devastación

Donald Trump y el papa León XIV se encontraron en un desencuentro, que sería hasta gracioso si no hubiera tanta muerte en juego. Jorge Luis Borges echa luz en el asunto.


¿Dónde estará mi vida, la que pudo/ haber sido y no fue, la venturosa/ o la de triste horror, esa otra cosa/ que pudo ser la espada o el escudo”, Jorge Luis Borges.

Poco antes de morir, en 1985, Jorge Luis Borges publicó un pequeño libro de poemas pleno de belleza llamado "Los Conjurados". Fue su último libro, casi un testamento. Ni bien llegó a las librerías, sus amantes corrimos a comprarlo cargados de expectación y nos encontramos con un puñado de poemas más sencillos de lo habitual, más directos y, definitivamente, más valientes.

Cuando alguien decide apostar por ser valiente, naturalmente, se despoja de todo ornamento y dice las cosas sin afán de conseguir admiración o aplauso, sino, tal vez, respeto e emulación. Borges lo logró: se despidió con un libro elemental, poético y político, cargado de sentencias y con posturas audaces en él. Quienes pretenden valentía, no son necesariamente dueños de verdades, sino de invitaciones a la acción. La valentía se completa cuando nacen imitadores. Vamos a un ejemplo.

Entre muchos de sus poemas, en ese libro hay uno llamado “Cristo en la cruz”, en el que nos presenta un Cristo sumamente humano y, justamente por ello, portador de lo divino: no es un Cristo fachero de ojos celestes, melena hippie y cuidada barba a lo Robert Powell, no. Cristo es un judío áspero. Borges asume esa condición humana y va a lo profundo de lo humano: al dolor y el abandono. Al poeta, no le interesa Dios en ese poema, sino un hombre que sufre y desconoce todo aquello que vendrá tras su dolorosa muerte. Entre otras cosas, dice Borges que Cristo no conocerá “el Vaticano que bendice ejércitos”. Y hasta aquí queríamos llegar: hasta el Vaticano que bendice ejércitos.

sacerdote bendice armas

Las religiones bendicen armas y ejércitos del mundo. Foto susurroyresurrección

Lo malo de lo bueno

Donald Trump y el papa León XIV se encontraron en un saludable desencuentro, que sería hasta simpático si no hubiera tanta muerte en juego. El papa dijo que Dios no bendice a “los cristianos que bombardean”, en clara alusión a Trump y dijo, en tanto testaferro divino, que “Dios no bendice los conflictos”. Trump, entonces, bocón por naturaleza, narcisista maligno, contraatacó y reprochó muy duro al papa ser “débil en materia de delincuencia y pésimo en política exterior” y aseguró que no sería papa de no ser por él. Finalmente, León XIV aseguró “no tener miedo” a Trump y que “no soy político, hablo del Evangelio”. Este último dictamen nos devuelve a Borges, ya lo veremos.

Es malo que, en el marco de un mundo con varias guerras activas y muy crueles, líderes tan importantes se picoteen, sin aportar en lo concreto solución alguna, pero también es bueno que confronten, porque resulta evidente que la normal apelación al sentido común que tanto ejercitan los diplomáticos no lleva a ningún sitio: hay problemas en el mundo y hay que confrontar, discutir, gritar y golpear las mesas. A veces, incluso, las verdades salen echándose culpas, perdiéndose el respeto, empujándose y rompiendo los protocolos, que siempre son fijados por los que detentan el poder. Todo protocolo esconde una cobardía. Todo protocolo es político.

No obstante, seremos diplomáticos y supondremos que es malo que Donald Trump descalifique a un líder religioso que dice que se opone a la guerra, pero también lo es que ese líder religioso de una entidad que bendice ejércitos (he aquí a Borges) actúe como si de político no tuviera nada, siendo que la Iglesia católica, con su papa León XIV al frente, es una institución política, eminentemente política, intrínsecamente política. Aquellos que imponen y manejan los discursos sociales, los que legislan sobre lo que decir, pensar y creer, son precisamente los mentores y garantistas de las políticas del mundo. Y en esto el rol de la Iglesia católica es protagónico.

Donald Trump vs León XIV Midjourney IA

Recreación de Donald Trump y un papa como León XIV en un ring de boxeo. Imagen Midjourney IA

Lo bueno de lo malo

Sigamos suponiendo: tanto Donald Trump como León XIV han de considerar, al menos en el ámbito de lo íntimo, que son de las mejores expresiones que sus oficios han provocado: uno preside la mayor potencia mundial y el otro la iglesia de mayor influencia global. Si están al frente, es porque son representativos de las instituciones que dirigen y es dable pensar que ellos piensan que están allí porque son buenos en lo que hacen. Sin embargo, ni ellos como sus predecesores no han logrado cumplir con sus tareas: el mundo vive ciego y malherido, desbordado de indolencia y al borde de un abismo.

Así es: Trump y León son tan buenos en lo suyo que lo malo florece. Demos apenas un lacerante ejemplo: según Unicef, sólo en 2024, murieron casi 5 millones de niñas y niños menores de 5 años, víctimas de conflictos. Esta sola evidencia debiera llenarnos de vergüenza, afán de cambio y sed de justicia. Hemos fracasado y, mientras tanto, Donald Trump y León XIV cargan culpas en el otro. Nosotros, por nuestro lado, no estamos ajenos al fracaso que es el mundo: los y las políticos, religiosos, periodistas, empresarios, científicos, plomeros, abogados, maestras y comerciantes que tenemos son los que nos merecemos tener, los que supimos conseguir, aquellos que parimos a diario con nuestras conductas. El mundo fue y será una porquería y nosotros somos quienes lo administramos.

Jorge Luis Borges supo que, como especie, no perseguimos ningún propósito más allá de persistir y dominar: somos inminente pasto del olvido. No tiene mayor sentido ni hidalguía nuestro paso por el mundo. Al decir del poeta “ya somos el olvido que seremos”. Lo malo de lo bueno es que lo bueno no es valiente, sino resorte del poder reinante. Lo bueno de lo malo es que deja en evidencia que cada uno, desde su minúsculo lugar, podría hacer algo al respecto, pero no lo hace.

He cometido el peor de los pecados/ que un hombre puede cometer. No he sido/ feliz. Que los glaciares del olvido/ me arrastren y me pierdan, despiadados”, escribió Borges y en eso estamos, sin presentar pelea, camino al despeñadero y cantando canciones de amor, como si viviéramos en el paraíso.

Ulises Naranjo.