El imparable avance del cine doblado: ¿la patria cinéfila en peligro de extinción?
Sintetizando en pocas líneas una muy larga historia, se podría decir que desde la llegada del cine sonoro, allá por comienzos de los años '30 del siglo pasado, tanto las salas de los Estados Unidos como las de los países europeos, optaron por proyectar en versión doblada cuanta película foránea aterrizara en sus pantallas. Culturalmente, la explicación que esgrimían referentes políticos de la cultura a un lado y el otro del océano, era la de defender la primacía de su propia lengua, para que los espectadores pudieran escucharla en su forma más depurada cada vez que se sentaban en una butaca. Un argumento un tanto forzado, pero avalado y ejecutado sin mayor resistencia.
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Desde un punto de vista comercial, los funcionarios también sostenían que el mercado del doblaje era también una parte clave de la industria del cine, generando una contundente fuente laboral para actores dedicados a tal trabajo. En muchos países, eso se cumple a rajatabla, y así los films doblados en inglés tienen diferentes versiones en Estados Unidos y en Reino Unido. Lo mismo sucede con las películas dobladas en castellano, donde España tiene su propio sistema de factura, mientras México provee la mayor parte del castellano "neutro" que llega a casi todas las salas de cine de Latinoamérica.
Para el público masivo, tanto en Estados Unidos como en Europa, ir al cine a ver películas dobladas es algo tan habitual como naturalizado. Solamente los cinéfilos prefieren ver films subtitulados, y para ello deben recurrir a las denominadas "Salas de Versión Original", generalmente pequeños circuitos de cine-arte, que solamente existen en las grandes ciudades. En los centros comerciales, salas céntricas o complejos multisalas; las películas solamente se ofrecen con el doblaje perteneciente a cada país o región.
Argentina en cambio, ha ostentado durante más de un siglo un particular fervor cinéfilo. Si bien se dice que el subtitulado es un invento nacional, si nos ajustamos al rigor histórico, Estados Unidos, Alemania, Francia e Italia; también comenzaron a proyectar algunos films con subtiítulos a comienzos de los '30. Recordemos también que frente a la disyuntiva de la diversidad de idiomas, Hollywood llegó a rodar los mismos films en diferentes idiomas, con actores populares de cada rincón del planeta, para así seguir liderando el mercado de exportación a nivel internacional.
A diferencia de lo que pasó en las potencias del norte, en Argentina ninguna gestión gubernamental propuso la excusa de proyectar las películas en castellano, para así preservar nuestra lengua. Nuestro castigado país podrá tener mil falencias, pero aquí diferentes generaciones han escuchado las voces de luminarias como Marlene Dietrich, Greta Garbo, Humphrey Bogart, Sophia Loren, Marlon Brando, Robert De Niro, Al Pacino, Harrison Ford, Julia Roberts y Jennifer Lawrence; sólo por mencionar un puñado de estrellas internacionales de diferentes momentos de la historia del cine. En cambio, en Estados Unidos y Europa jamás existió el registro de la voz de ídolos que no pertenecieran a sus países. No hay memoria colectiva de cómo suenan esas maravillosas e irrepetibles figuras de distintos puntos del mundo.
También es justo remarcar que Argentina nunca fomentó una sólida industria del doblaje, y por esto seguramente en nuestra idiosincrasia se volvió algo absolutamente frecuente ver películas en su versión original. Durante décadas, a todas las salas de cine del país llegaron las latas con las copias subtituladas, exceptuando lógicamente las producciones infantiles, que por motivos de incapacidad de lectura de los más pequeños, tradicionalmente se han exhibido en versión doblada. El resto de las propuestas llegadas desde diferentes latitudes, siempre se ofrecieron en su idioma de procedencia, con subtítulos.
Sin embargo en estos últimos veinte años, el reinado de las películas subtituladas en Argentina ha ingresado en un paulatino proceso de declive. Y así es como no solo títulos para niños comenzaron a ser exhibidos en castellano, sino también comedias, dramas, propuestas de acción o terror.
Exceptuando escasos tanques infantiles que se estrenan con doblajes realizados en Argentina, y que incluyen algunos giros porteños, que a veces resultan difíciles de digerir, el resto del material que se presenta en las salas de cine en castellano, proviene de la usina mexicana; que se ha especializado en la creación de ese dialecto que resulta abarcativo para toda Latinoamérica. A la salida del cine podés escuchar a tu hijo, sobrina o nieto, diciéndote: "Tu eres tan cool". Y así, entre la ilusión de un castellano neutro, con toques de spanglish, va creciendo una generación que alterna el vos, el tu, el che y el cool; en una suerte de fantasía aspiracional de globalización latinoamericana.
Curiosamente en los últimos años, hasta joyitas destinadas al más exigente público cinéfilo, llegan a las salas de cine en Argentina con la mayoría de sus funciones en versión doblada. Todo en contrasentido, ya que esos espectadores son justamente los más interesados en escuchar las voces originales de los protagonistas de tales films.
Al no contar con una histórica tradición de que toda película se proyecte en nuestro país en castellano, y no tener una contundente industria del doblaje que justifique tal propósito, la única explicación posible al hecho de que los cines proyecten cada vez más títulos doblados parece responder al creciente volumen de gente que ya no quiere leer.
En las filas antes de ingresar a las salas de cine, es cada vez más común escuchar espectadores se inclinan por la versión doblada del film que hayan elegido. Si solo se tratara de un asunto vinculado con el progresivo deterioro de la educación en las últimas décadas, supondríamos que el público que abraza el castellano neutro es el joven o adolescente. Pero no es tan así. Cada vez se vuelve más habitual que el segmento que ronda entre los 40 y 60 años, es decir esa platea que creció históricamente con el cine subtitulado, termine hoy también optando por las películas dobladas.
En última instancia, no es cuestión de suprimir la posibilidad de elegir entre una modalidad y otra, sino simplemente de que una marca de nobleza cinéfila, que tal vez en Argentina haya sido más azarosa que voluntaria, persista en el sistema de exhibición masiva de películas en las cadenas comerciales. No solo se trata de que más generaciones accedan a las imborrables voces, tonos e inflexiones de sus estrellas favoritas; sino también de seguir valorando esa enorme capacidad del cine para hacernos viajar a través de de las culturas y lenguas más diversas.