La economía real de Mendoza se desangra: menos ventas, pagos diferidos y panaderos que ya no fabrican para el fin de semana
Un relevamiento entre comerciantes, gastronómicos, distribuidores y familias de clase media expone una crisis que ya no distingue entre empresas y hogares. En los nuevos polos de servicios de Maipú, Luján y Godoy Cruz, muchos locales pierden plata todos los meses. En la vitivinicultura, bodegas históricas tambalean. Y el golpe del gas recién está llegando.
El derrumbe se ve con crudeza en las panaderías
Santiago Tagua/MDZLa Marchigiana, uno de los restaurantes más tradicionales de Mendoza, compraba a su principal proveedor 120 kilos de pan por semana. Hoy no llega a pedir 20. El dato no es un caso aislado: es la radiografía de una economía provincial que sufre en silencio, lejos de los índices macroeconómicos, en el mostrador de cada panadería, distribuidora y bodega del Gran Mendoza.
El derrumbe se ve con crudeza en las panaderías, uno de los rubros más sensibles para tener la temperatura de la economía cotidiana. Con los insumos en alza y un consumo que no responde, muchos panaderos directamente decidieron no producir medialunas ni productos de panadería fina para el fin de semana —el momento que antes era el más fuerte de la semana—, simplemente porque no se venden. Fabricar de más significa tirar mercadería y perder plata. Así, la oferta se achica al ritmo de la demanda, y un clásico del sábado y el domingo mendocino empieza a escasear en el mostrador.
Pero la crisis ya no se queda en las empresas. Cruzó la puerta de los hogares y se instaló en el presupuesto familiar de la clase media alta mendocina, que impacta en la actividad general. El esquema general de consumo es: "barrio privado, dos autos, dos hijos en colegio privado, cobertura de salud con una prepaga para toda la familia, servicios, luz, gas, agua, Internet y plataformas de entretenimiento". Esa familia arranca el mes y ya erogó seis o siete millones de pesos solo en costos fijos. Los negocios no generan para cubrir eso. Los salarios tampoco alcanzan. "Se están comiendo los ahorros", se repite en las charlas cotidianas.
Los mendocinos llegan a ese límite por dos caminos distintos pero con el mismo resultado. El comerciante y el empresario PyME ven cómo sus negocios no generan márgenes: el consumo cayó, los costos subieron y subir precios significa vender menos. El asalariado, por su parte, acumula un atraso real frente a la inflación que sus empleadores —ellos mismos en crisis— no pueden compensar. Sea cual sea el origen de los ingresos, la ecuación no cierra. Y cuando los ahorros se agoten, el ajuste será inevitable, con la consecuente pérdida en la calidad de vida. Bajar el colegio, cambiar la prepaga, resignar el uso de vehículos, cambiar los hábitos de consumo. Ese momento ya está llegando para muchas familias.
En los nuevos polos de servicios que crecieron en Maipú, Luján de Cuyo y Godoy Cruz —complejos con gimnasios, restaurantes, panaderías y locales de comida— la imagen es elocuente: mesas vacías al mediodía, turnos noche que no se llenan. Detrás de cada persiana hay un emprendedor que apostó e invirtió su capital en equipar un local, armar un equipo y apostar a una zona en crecimiento. Muchos de esos locales hoy pierden plata todos los meses. No es una racha mala: para muchos, es la norma desde que abrieron.
Cadena rota
En el eslabón agrícola hay muchos ejemplos de la crisis. La empresa Luján Agrícola —proveedor de insumos para el sector vitivinícola y de producción en general— recibe cada vez más cheques a fecha de sus clientes. No porque sea una modalidad elegida, sino porque sencillamente no hay liquidez para pagar al momento. Es una señal de que la cadena está tensa: si alguno de esos clientes no puede honrar el cheque cuando vence, el efecto se propaga hacia arriba en cuestión de semanas. Una crisis que empieza en el viñedo puede terminar golpeando al proveedor de insumos, y de ahí a sus propios proveedores. El riesgo de contagio en cascada es real.
En la vitivinicultura, las consecuencias tienen nombre propio. Achaval Ferrer, una de las bodegas boutique más premiadas del país, atraviesa una crisis que sus allegados califican como terminal: la caída del consumo interno, los costos en dólares y el corte del financiamiento de sus socios internacionales la tienen al límite. Bodegas Bianchi, marca histórica y masiva, suma su nombre a la lista con cadenas de pago bajo tensión. Y Norton, cuyo caso ya era conocido en el sector, se convirtió en símbolo de una industria que enfrenta un dilema inédito: en algunos viñedos, los costos de cosechar superan el valor de la uva. A veces conviene más no cosechar.
El cuadro provincial es coherente con la foto nacional. En un país donde la recaudación cae porque la economía se achicó, en Mendoza el principal tributo atado al consumo —Ingresos Brutos— no logra crecer en términos reales. Sin actividad que lo empuje, el Estado provincial recauda menos, y la falta de motores de reactivación se vuelve un círculo difícil de romper: menos consumo, menos producción, menos recaudación, menos margen para estimular.
A ese cuadro se suma un golpe que todavía no se sintió del todo. El gobierno nacional eliminó el subsidio al gas para zonas frías como Mendoza. El nuevo esquema implica que el subsidio representa apenas el 30–35% de la boleta total —el resto es transporte, distribución e impuestos que el usuario paga íntegros—. El impacto real llegará en las próximas semanas, en pleno invierno. Para una familia de clase media que ya está al límite, puede ser el empujón definitivo hacia ese ajuste que tanto se quiere evitar.
Alejandro Vigil, uno de los empresarios gastronómicos más reconocidos de Mendoza, publicó entre lágrimas que había podido pagar los sueldos del equipo de sus restaurantes. Lo que para cualquier negocio debería ser un hecho rutinario se convirtió en un momento de alivio y emoción genuina. Pocas imágenes resumen mejor el estado de la economía mendocina en este invierno de 2026.
Emprender, a pesar de todo
Y sin embargo, Mendoza no se detiene. Sobre la nueva Panamericana se levanta El Esquiador, un strip mall premium con una inversión estimada en 4,5 millones de dólares: canchas de pádel abiertas y techadas, gimnasio, gastronomía y locales de diseño. Movimiento de suelo, infraestructura de primer nivel, una apuesta de largo plazo.
Es la otra cara de la provincia: la del sector privado que, en medio de la tormenta, sigue poniendo el hombro, invierte y construye. Porque Mendoza, incluso en sus momentos más difíciles, no deja de apostar. El invierno, con el tarifazo del gas encima, recién está empezando —pero la provincia ya demostró muchas veces que sabe levantarse.