Suiza, el fútbol y Borges: a pesar de todo y aún así
A 40 años de su muerte, visitamos la obra de Jorge Luis Borges, su relación con el fútbol y la elección de Suiza como su último refugio.
Jorge Luis Borges: "El fútbol despierta las peores pasiones. Despierta sobre todo lo que es peor en estos tiempos, que es el nacionalismo referido al deporte, porque la gente cree que va a ver un deporte, pero no es así".
Generada con IAEl libro Borges babilónico. Una enciclopedia no agota —no pretende agotar— la vasta obra del máximo autor argentino; en ella busqué, en vano, una entrada dedicada al fútbol. Por lo demás, incluso con la proliferación de los Borges y…, textos que se proponen vincular la vida y obra borgeanas con las más variadas temáticas, a cual más conjetural que la anterior, aún ha de publicarse el que las relacione con el juego que hoy desvela a todo un país.
Borges y la pasión por el fútbol
Y eso es justamente lo que a Borges no le gustaba del fútbol: que un juego, uno que para él no era especialmente hermoso, despertara una pasión colectiva rayana en lo patriotero. Durante el Mundial de 1978, Borges dictó un ciclo de conferencias sobre la inmortalidad, el tiempo y el cuento policial, entre otros temas de su elección. A pesar de haber declarado con anterioridad que, mientras durara la Copa del Mundo, se iría a cualquier parte donde no se hablara de fútbol, Borges decidió quedarse en la Argentina. El ciclo continuó, y algunas de las conferencias que dictó por entonces incluso se impartieron a la misma hora en que se disputaban los partidos de la Selección argentina. Uno puede encontrar, si las busca, las tremendas frases, que paso a copiar: que el fútbol es popular porque la estupidez es popular; que despierta lo que es peor en estos tiempos, el nacionalismo referido al deporte; que la gente no disfruta del juego porque lo único que le interesa es el resultado final; que hay una idea de supremacía, de poder, en eso de que alguien gane y otro pierda que le parecía esencialmente desagradable; que el fútbol, deporte puramente físico, era uno de los mayores crímenes ingleses, que han llenado el mundo de juegos estúpidos…
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Sin embargo, y —acaso— muy a su pesar, hay cruces entre Borges y el fútbol. De innumerables ejemplos, tomaré uno, acaso el más conmovedor. El 26 de junio de 2016, hace poco más de una década, Argentina perdía por penales frente a Chile la final de la Copa América Centenario tras un áspero 0 a 0. Para mayor inri, Messi erra su penal en la definición. Esta era la tercera final consecutiva que perdía con la Selección argentina —junto con la Copa del Mundo 2014 y la Copa América 2015, sin contar la Copa América 2007—. Al salir del vestuario, visiblemente emocionado, dijo que se había terminado para él la Selección, que lamentablemente lo había buscado mucho, que era lo que más deseaba, pero que no pudo ser; sencillamente no se había dado. Que había hecho todo lo posible, que no era para él. Esto lo dijo Messi a sus 29 años; casi seis años y medio después, Argentina ganaba la interminable final contra Francia en Qatar. Así descubríamos todos juntos, pero sobre todo él, lo que Borges dijo de su lejano antepasado Laprida: la letra que faltaba, la perfecta forma que supo Dios desde el principio. En el caso de Messi, el reconocimiento global y casi unánime como uno de los más grandes futbolistas de todos los tiempos.
El reconocimiento tardío de Borges
Algo no muy distinto le ocurrió a Borges. Hacia finales de 1941, publica la colección de cuentos El jardín de senderos que se bifurcan, compuesta por una obra maestra tras otra —nombraré tres: “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, “Pierre Menard, autor del Quijote”, “El jardín de senderos que se bifurcan”—. Consecuentemente, al año siguiente presenta el libro al Premio Nacional de Literatura, pero ocurre algo extraño: Borges no obtiene el primer premio. De hecho, tampoco obtiene el segundo ni el tercero. En julio del mismo año, se publica un texto sin firma que defiende la decisión del jurado: tildan la obra borgeana de exótica y decadente, indigna —son las palabras exactas— de ser ofrecida al pueblo argentino con el galardón de la mayor recompensa nacional. Todo lo que Borges había tardado años en construir parecía derrumbarse de repente. Deberían pasar casi dos décadas para que su obra fuera reconocida por un jurado internacional, el del Premio Formentor de las Letras, que se lo otorgó junto con Samuel Beckett en 1961 y lo convirtió en una figura de alcance mundial. Luego de este punto de inflexión en su carrera literaria, los reconocimientos globales de su obra no harían sino crecer y multiplicarse con el paso del tiempo. Hoy, a poco más de cuarenta años de su fallecimiento, es considerado con justicia una de las figuras más importantes de la historia de la literatura universal.
Cuarenta años sin Borges.
Borges, que siempre se sintió, como su querido Juan Dahlmann, hondamente argentino, moría el 14 de junio de 1986 en Ginebra. Borges, cuyos años en Europa habían sido ilusorios, cuya joven voz había admitido haber estado y haber de estar siempre en Buenos Aires, era enterrado en Plainpalais. Borges, que solo pidió las dos abstractas fechas y el olvido, tiene no solo la misteriosa lápida plagada de símbolos arcanos, sino también su propio día, el del lector, celebrado cada 24 de agosto en conmemoración de su natalicio.
En Jorge Luis Borges. Un destino literario, Lucas Adur ofrece dos razones fundamentales por las que el autor —sorpresivamente, para muchos— decidió morir lejos de la Argentina. Por un lado, para preservar su intimidad frente a la prensa en los momentos últimos —la cobertura mediática de la muerte de su madre, en 1975, y de la de Ricardo Balbín, en 1981, no le traía sino malos recuerdos y peores presentimientos—. Por el otro, para privilegiar su relación con María Kodama, que parecía funcionar mejor lejos de Buenos Aires. Como indica Adur, la elección concreta de Ginebra como destino final resultaba menos sorprendente: además de ser una de sus patrias, allí había pasado, según confesión del propio Borges, los años más felices de su vida. Como él mismo dijo, había tomado, al igual que cierto personaje de Wells, la determinación de ser un hombre invisible, y exigía que respetaran esa decisión.
Los conjurados, el último libro que Borges publicó en vida —el prólogo, fechado el 9 de enero de 1985, está firmado en Ginebra—, cierra con el poema homónimo dedicado al origen de Suiza. Esto no es casual. Borges, cuya vida y obra estuvieron atravesadas por el escepticismo, decide concluir su labor literaria con un texto de tono esperanzado, marcado por un deseo de tolerancia y concordia universales. Eso era Suiza para Borges: una torre de razón y de firme fe que crecía en el centro de Europa, en las tierras altas de Europa.
Por todo lo dicho, y por tantas otras cosas también, se ha tildado a Borges de extranjerizante y de antiargentino, tanto durante su vida como tras su muerte. También se lo ha considerado —y aún hoy se lo considera— elitista, inaccesible y antipopular. Nada más lejos de la verdad. Borges, bilingüe en español e inglés desde la primera infancia, entendió muy tempranamente que su destino era la lengua castellana. Borges, que pasó su adolescencia y primera juventud en Europa, decide publicar su primer libro —y prácticamente toda su obra— en Buenos Aires, en la Argentina. Borges, que podría haber vivido en cualquier parte del mundo, tuvo su hogar durante casi toda su vida adulta en el ya famoso departamento de la calle Maipú, en la Capital Federal. Es cierto: a Borges le gustaban Dante, Shakespeare, Virgilio, Schopenhauer, Whitman, la Cábala, el Beowulf, la undécima edición de la Enciclopedia Británica, las sagas islandesas, el idioma anglosajón… Pero también le gustaban el tango de la Guardia Vieja, la literatura gauchesca, los arrabales porteños con sus compadritos, el género policial, la literatura de aventuras, el cine de gánsteres y de vaqueros. Pero no el fútbol. ¿O sí?
El fútbol como ficción
En 1967, Borges y Bioy publican Crónicas de Bustos Domecq. Entre dichas crónicas encontramos el brevísimo relato “Esse est percipi”, en el que el empresario deportivo y presidente del club Abasto Juniors, el desinteresado Tulio Savastano, le revela al narrador que el último partido de fútbol se jugó en Buenos Aires el 24 de junio de 1937 y que todos los encuentros posteriores no han sido más que piezas teatrales, a cargo de relatores o de actores con camiseta en el mejor de los casos. Aun la conquista del espacio es parte de una puesta en escena, una coproducción entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Hacia el final del cuento, visiblemente horrorizado, Domecq le pregunta al impasible Savastano, con un hilo de voz: ¿Y si se rompe la ilusión? Este, sin mayor preocupación, le contesta: Qué se va a romper.